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El Misterio De La Casa Aranda

Электронная книга - «El Misterio De La Casa Aranda». Краткое содержание книги:

Víctor Ros es un joven comisario dotado de una astucia adquirida tras años de delincuencia en las calles del Madrid de finales del siglo XIX. Tras una estancia en la ciudad de Oviedo, durante la cual desarticulará una célula radical, vuelve a Madrid para convertirse en comisario de una nueva brigada creada para luchar contra el crimen.
De la mano de Alberto Aldanza, un excéntrico dandy que le inicia en los métodos de investigación científica, ha de enfrentarse a dos casos: por un lado una casa que al parecer provoca, en épocas diferentes, que tres mujeres maten o intenten matar a sus maridos tras la lectura de un ejemplar de La Divina Comedia; por otro, los asesinatos de varias prostitutas a las que nadie da importancia pero que Víctor decide investigar.
Víctor recorrerá el Madrid de los salones de la alta sociedad y de las tertulias de los cafés, se impregnará del clima social y político de la época y se convertirá en un experto investigador gracias a las lecciones de Aldanza. Pero las lecciones tendrán un precio y Víctor sólo se dará cuenta de ello cuando logre resolver los dos casos.
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– Y díganme, señores, ¿qué les trae por aquí?

– Un asuntillo sobre el que queremos hacer unas indagaciones. ¿Vendió usted la casa de la calle San Nicolás a don Donato Aranda? -preguntó Blázquez.

– ¿Cuál?

– Lo sabe perfectamente. La que perteneció en su día a don Diego Vicente Reinosa, «el Indiano».

– Ah, el Indiano. La casa embrujada. Ahora lo recuerdo. Sí, la vendí yo.

– ¿Cómo se hizo usted con ella? -indagó Víctor.

– La compré a un industrial de Santander. Quería deshacerse de esa casa al precio que fuera porque su mujer…

– Conocemos la historia -cortó don Alfredo-. Y la compraría usted barata, ¿no?

– Barata no, baratísima. Ya sabe, esas historias de viejas devalúan el precio de una vivienda.

– Ya, y después la vendió a Aranda a un alto precio. Negocio redondo -sentenció Blázquez.

– Pues no. Vinieron a verme dos caballeros preguntando por ella.

– ¿Don Donato y su padre?

– No, no, don Donato Aranda y su suegro, don Augusto. Él regaló la casa a los recién casados.

– ¿Cómo? Don Augusto nos dijo que la había comprado su yerno.

– ¿Su yerno? ¡Qué va! Él la compró, y a muy buen precio. Venía ya con la lección aprendida. Conocía la historia de los asesinatos y me apretó de veras. Él sabía que yo no encontraría otro comprador interesado, y por eso me sacó un precio de ganga.

– ¡Qué raro! A nosotros nos dijo que no sabía nada de la leyenda y que la casa la había comprado el yerno -dijo el inspector Blázquez.

– Pues fue como yo les cuento -contestó el corredor de fincas.

Los dos policías se miraron con asombro.

– Queríamos saber otra cosa -añadió Víctor-. Es sobre la historia previa de la casa. Usted vendió la vivienda hace diez años al santanderino, ¿no?

– En efecto.

– ¿Quién la había heredado?

– Un sobrino de don Diego Vicente, el «Indiano», que vivía en La Rioja. Con el dinero que sacó se fue a las Américas.

– ¿Tenía más familia el Indiano?

– Creo que no.

– Vaya -repuso don Alfredo-. Queríamos contactar con alguien de su familia para tener más datos sobre la historia de don Diego Vicente y sus costumbres.

– Pues lo tienen ustedes bien fácil.

– ¿Cómo?

– Pues claro: el mayordomo de la casa es hijo de una de las doncellas que sirvieron al Indiano y la madre aún vive, o eso creo.

Los dos policías se miraron sorprendidos de nuevo, dieron las gracias a su informador y, tras despedirse, salieron a la calle. Tomaron un coche de alquiler y decidieron ir a buscar al mayordomo de los recién casados, Gregorio.

– Ese hombre sabe más de lo que parece -comentó don Alfredo.

– Me da la sensación de que en este maldito caso, todo el mundo sabe más de lo que dice. Fíjate, Alfredo, no sólo este Gregorio oculta información que podría haber sido valiosa, sino que la mayoría de los implicados se guarda cosas que no dice o, peor aún, tal vez miente. ¿No te parece extraño el comportamiento de la madre de la señora de la casa, doña Ana Escurza, que encargó a la doncella que limpiara las estanterías horas antes de nuestra anunciada visita?

– Pues sí, porque aquel día no tocaba limpieza en la biblioteca.

– Por no hablar de don Augusto, que en nuestra primera entrevista nos dijo no saber nada de aquella maldita leyenda y, en cambio, el tal Martínez nos ha asegurado que bien que la conocía.

– Y muy bien, porque gracias a ello compró la casa a precio de saldo.

– ¡Qué embustero! -gruñó Víctor muy indignado-. A nosotros nos dijo que la casa la compró el yerno y está claro que la adquisición de la vivienda fue cosa suya. ¿Por qué mentiría en una cosa así?

– No lo sé, querido amigo, no lo sé. Que me aspen si entiendo a la gente bien.

El coche llegó a la tétrica casa de la calle de San Nicolás. Les abrió Nuria, la criada, que les indicó al momento que aquel era el día libre de Gregorio por lo que los remitió a casa de la madre del mayordomo, en Alcalá de Henares. Los dos policías pensaron que acudiendo allí podrían matar dos pájaros de un tiro. Era un día muy luminoso, veraniego. El cielo azul intenso sólo aparecía manchado aquí y allá por nubes blancas como el algodón.

Tuvieron que pasar por Sol a dar parte, así que llegaron a su destino con cierta demora, casi a las dos de la tarde. La vivienda de la familia de Gregorio ocupaba una planta baja, a la manera de las típicas casas de pueblo de tantas y tantas localidades españolas.

Llamaron a la puerta y abrió el mismo mayordomo. Llevaba una camisa blanca y un pantalón oscuro. Se puso lívido al ver a los agentes.

– ¿Ustedes? -musitó entre dientes.

– Sí, nosotros -recalcó Víctor muy resuelto.

– Yo no he hecho nada malo -se apresuró a decir el espigado mayordomo.

– Nadie ha dicho que lo hiciera -espetó el inspector Blázquez-. Aquí, mi buen amigo, el subinspector Ros, y un servidor, queremos saber por qué nos ocultó que su madre sirvió en casa de don Diego Vicente Reinosa.

– Nadie me lo preguntó.

– Sí, eso es cierto. Pero ya que sabemos que su madre fue doncella en aquella casa, querríamos hablar con ella.

– Está ya muy mayor, chochea -replicó ásperamente el sirviente.

– ¿Se niega usted a colaborar? -inquirió amenazadoramente Víctor.

– No, no; pasen. Ustedes sabrán lo que hacen -contestó Gregorio haciéndose a un lado.

Los guió a través de un larguísimo pasillo que terminaba en una amplia cocina, que comunicaba con otro cuarto en el que hallaron a la anciana sentada en una mecedora junto a una ventana abierta que daba a un patio interior. Estaba ciega.

– El olor de sus macetas la tranquiliza mucho. Una mujer viene a cuidarla a diario, excepto los días en que libro.

La mujer resultó más lúcida de lo esperado. Vestía de luto y cubría sus hombros con una toquilla. Se alegró de que los policías mostraran tanto interés en hablar con ella pero hizo un gesto de fastidio, torciendo la boca, cuando le preguntaron por su antiguo señor.

– Ya le dije a mi Gregorio que no entrara a servir en esa casa. Allí no ocurre nada bueno.

– ¿Cómo le contrataron a usted? -preguntó don Alfredo al mayordomo.

– A través de don Ramón, el corredor de fincas.

– Y usted contrató al resto del servicio.

– Sí, así fue.

Víctor observaba con atención a la anciana. Estaba deseoso de saber más del indiano y sus circunstancias. Sacó un bloc y un lápiz y comenzó a tomar notas a la vez que entrevistaban a la mujer.

– Doña Remedios, ¿recuerda usted qué edad tenía cuando entró a servir en casa de don Diego Vicente?

– Sí, claro. Quince años. Una mujer del pueblo, la esposa del sereno, me recomendó.

– ¿Y qué tal era su señor?

– Un hombre raro. Y su mujer también. Hay que reconocer que las costumbres en ultramar no son las de aquí, pero tenían horarios muy extraños. Era muy nervioso, aunque bueno y generoso con el servicio. A pesar de sus creencias, se trabajaba bien allí y nunca tuvo una palabra más alta que otra con nosotros.

– ¿Sus creencias?

– Sí, eran un poco extraños. No me malinterpreten, iban a misa los domingos, claro, pero tanto él como su mujer practicaban una especie de magia o brujería, creo que la llaman, en fin, algo que daba grima.

– ¿Magia?

– Sí, mi señora era filipina. Una mujer impresionante, muy guapa; al parecer, su madre era filipina y su padre español, ya saben, era mestiza. Era guapa, ya digo, llamaba la atención, llevaba a los hombres de calle, muy exótica, pero esos ojos rasgados resultaban inquietantes, te miraba y parecía que te echara el mal de ojo o que te leyera el pensamiento. Tenía esas creencias raras de aquellas tierras. Me parece que su madre era como un cura pero en mujer, de esas ceremonias estrambóticas de por allí.

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