El campo del alfarero
- Автор: Камиллери Андреа
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El campo del alfarero». Краткое содержание книги:
Pese a que los molestos achaques de la edad lo tienen algo embotado, su infalible instinto lo lleva a no ceder las riendas y seguir adelante sin bajar la guardia. O tal vez el mejor estímulo sea la aparición en escena de Dolores Alfano, una mujer atractiva y seductora que denuncia la desaparición de su marido, de quien dejó de tener noticias poco antes de que embarcara hacia Sudamérica. Así, de manera gradual y casi imperceptible, dos casos en apariencia distantes empiezan a mezclarse.
– ¿Montalbano? Soy Macannuco.
– Hola. Dime. ¿Lo has hecho?
– Sí.
– ¿Y qué?
– Primero tengo que preguntarte una cosa.
Por la voz parecía enojado. Igual se le había torcido algo. O había tenido problemas con algún superior.
– Adelante, pregunta.
– ¿Puedes mandarme, en el plazo de una hora, una copia de la orden de registro?
– ¿En una hora? Lo intentaré.
– Hazlo enseguida, te lo ruego.
– ¿Necesitas cubrirte las espaldas?
– Sí. No puedo decirle al ministerio público de aquí, que es muy formalista, que he entrado de manera ilegal en el apartamento de via Gerace.
– Pero ¿por qué tienes que decírselo?
– Porque sí.
Quizá lo había visto alguien mientras derribaba la puerta. ¡Habría tenido gracia que lo detuvieran los carabineros!
– ¿Has ido tú personalmente?
– Pues claro. Sin una orden, a la fuerza tenía que asumir yo la responsabilidad. Mándame la orden y te diré por qué tengo que informar de todo al ministerio público.
– De acuerdo, pero, entretanto, ¿has hecho las fotos? ¿Puedes enviármelas?
– Las fotos son cuatro y las recibirás de un momento a otro. Hasta pronto.
Cuando Fazio se presentó, Montalbano ya había hablado con el ministerio público Tommaseo, le había comentado la desaparición de Alfano, había conseguido la orden de registro y ordenado enviarla por fax a Macannuco.
Fazio parecía desconcertado.
– ¿Qué hay? -le preguntó Montalbano.
– Dottore, hay que ahora hay.
– ¿Puedes hablar claro?
– He puesto los datos de Giovanni Alfano, los que le he pedido a la señora, entre los de las personas desaparecidas ¿Recuerda que le dije que no había nadie con los datos del fiambre encontrado en el critaru?
– Pues sí lo recuerdo.
– Bueno, pues ahora hay uno, y sus datos corresponden a la perfección con los de Alfano. En todo: edad, estatura, probable peso.
Esta vez el que se desconcertó fue Montalbano.
Y mientras se miraban el uno al otro, se abrió la puerta con un golpetazo que sonó como una bomba. Montalbano y Fazio soltaron un juramento al unísono. Catarella se quedó pensativo en el umbral.
– Bueno, ¿por qué no entras?
– Dottori, estaba pensando que quizá mi convenga llamar con el pie, porque la mano se mi escapa siempre.
– No; a ti te conviene usar el sistema que yo te digo: cuando estés delante de la puerta, en vez de llamar con la mano, saca el revólver y dispara al aire. Seguramente harás menos ruido. ¿Qué ocurre?
Catarella se acercó al escritorio y depositó cuatro fotografías encima de él.
– Ahora mismo las acaban de enviar de Tauro Gioiosa, y yo las he imprimido.
Se retiró.
– Mire, dottore, que Catarè la próxima vez se pone a disparar tal como le ha dicho usted -dijo Fazio preocupado-. Y arma la de Dios es Cristo.
– No pienses en eso. Ven tú también a mirar estas fotos.
Fazio se situó a su lado.
La primera fotografía reproducía el dormitorio, y se había tomado de tal manera que se viera entero. A la derecha había una puerta abierta, la del cuarto de baño. Una cama casi tan grande como la que tenían los Alfano en Vigàta, un armario, una cómoda de siete cajones, dos sillas. Todo en perfecto orden, sólo que encima de la cama había unos pantalones arrojados de cualquier manera.
La segunda mostraba una especie de sala de estar con un rincón de cocina provisto de su correspondiente campana. Había una pequeña mesa con cuatro sillas, dos sillones, un televisor, un aparador, un frigorífico. Al lado del fregadero se veían una botella de vino sin tapón, una lata de cerveza y dos vasos.
La tercera mostraba el baño. Pero el encuadre se había hecho de tal manera que aislara el lavabo, la taza del váter y el bidet. Era evidente que allí, después de haber hecho sus necesidades, alguien había olvidado tirar de la cadena, y la taza estaba llena de mierda.
La cuarta era una ampliación de los pantalones encima de la cama.
– Pero ¿la señora no decía que había dejado el apartamento arreglado? -preguntó Fazio.
– Ya. Eso significa que alguien entró allí después de que ella se fuera.
– ¿El marido?
– Podría ser.
– Seguramente en compañía de alguien. Hay dos vasos.
– Ya.
– ¿Usted qué piensa, dottore?
– Ahora mismo no quiero pensar en nada.
– ¿Qué hacemos?
– Enseñarle estas fotos a la señora Dolores inmediatamente. Llámala ahora mismo y pregúntale si viene ella o vamos nosotros.
Dolores los hizo pasar al salón tras recibirlos sin siquiera una sonrisa. Era obvio que estaba nerviosa, y sobre todo que sentía curiosidad por saber qué tenían que decirle. No les preguntó si les apetecía un café o alguna otra cosa. Montalbano se lo jugó a pares y nones. ¿Abordar enseguida el tema o mantenerla en vilo, dado que lo que tenía que decirle no sería ciertamente de su agrado? Mejor no perder el tiempo.
– Señora -empezó-, me parece recordar que esta mañana me ha dicho que es su costumbre, cuando se va de Gioia Tauro, dejarlo todo en orden en el apartamento de via Gerace. ¿Es así?
– Sí.
– Y que no tiene una mujer de la limpieza.
– La limpieza la hago yo sola.
– ¡Por consiguiente, cuando usted se va de Gioia Tauro y cierra la casa, no entra nadie más. ¿Es así?
– Me parece lógico, ¿no?
– Otra cosa, señora. Según usted, ¿su marido podría haber prestado el apartamento a algún amigo que lo necesitara? ¿Quizá a algún compañero de paso para una breve estancia?
– ¿En su ausencia?
– Sí.
– Lo descarto absolutamente.
– ¿Por qué?
– Porque Giovanni es muy celoso. De mí, de sus cosas, de todo lo que le pertenece. Imagínese si va a dejar su apartamento a…
Se calló al ver que Montalbano le hacía señas a Fazio y que éste le entregaba un sobre.
El comisario sacó sólo tres fotografías y las dejó encima de la mesita. La primera era la del dormitorio, que la señora reconoció inmediatamente.
– Pero esto es… ¿Puedo?
– Faltaría más.
Dolores cogió la fotografía y la estudió en silencio, pero de la boca entreabierta le brotó una especie de leve y prolongado lamento. Después, sin soltar la fotografía, cerró los ojos y se apoyó en el respaldo. Se pasó un buen rato así, con el pecho que le subía y bajaba a causa de una afanosa respiración, esperando a que se le pasara el efecto de lo que acababa de ver. A continuación lanzó un profundo suspiro, abrió los ojos, se inclinó de golpe y cogió las otras dos fotos. No necesitó estudiarlas; luego las arrojó sobre la mesita.
Debía de haber palidecido, porque su piel, que era morena por naturaleza, se había vuelto grisácea.
– Alguien… alguien entró después de que… No es posible… yo lo dejé todo ordenado.
Entonces Montalbano sacó del sobre la cuarta fotografía, la de la ampliación de los pantalones, y se la entregó a la señora.
– Ya sé que la mía es una pregunta difícil, pero ¿sería capaz de decirme si estos pantalones son de su marido?
Ella la miró un buen rato. Después volvió a recostarse y cerró los ojos. Pero esta vez del ojo izquierdo le cayó una lágrima. Una sola, tan redonda como una perla. Pero aquella única lágrima fue más trágica, más desesperada, que una cascada de lágrimas. Y después Dolores consiguió decir a media voz:
– Son los que llevaba puestos al salir de casa para ir a embarcarse.