El campo del alfarero
- Автор: Камиллери Андреа
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El campo del alfarero». Краткое содержание книги:
Pese a que los molestos achaques de la edad lo tienen algo embotado, su infalible instinto lo lleva a no ceder las riendas y seguir adelante sin bajar la guardia. O tal vez el mejor estímulo sea la aparición en escena de Dolores Alfano, una mujer atractiva y seductora que denuncia la desaparición de su marido, de quien dejó de tener noticias poco antes de que embarcara hacia Sudamérica. Así, de manera gradual y casi imperceptible, dos casos en apariencia distantes empiezan a mezclarse.
– Quizá si le cuento un detalle podrá comprender mejor hasta qué extremo…
– ¡No! ¡Nada de detalles! -casi gritó Montalbano, levantándose de golpe.
Ya no podía más; aquella mano le estaba haciendo perder el juicio.
Ella lo miró perpleja. ¿Sería posible que no advirtiera el efecto de sus palabras y su contacto en un hombre?
– Muy bien, señora, demos por cerrado este capítulo. ¿Su marido tenía enemigos?
– Comisario, de la vida que llevaba mi marido yo he conocido sólo aquello de lo que él me hablaba o escribía. Jamás me insinuó la existencia de enemigos. Algunas veces me comentaba discusiones con otros oficiales o con hombres de la tripulación, pero eran cosas sin importancia.
– ¿Y aquí en Vigàta?
– A estas alturas, Giovanni tenía muy pocos amigos en Vigàta. Cuando era muy joven se fue con sus padres a Colombia, allí estudió, y después, al morir su padre, contó con la ayuda de un familiar en Vigàta hasta que consiguió su primer embarque. Ha vivido más en el extranjero que aquí.
– ¿Conoce los nombres y direcciones de sus amigos?
– Por supuesto.
– Déselos a Fazio. Cuando murió el padre de Giovanni, ¿ustedes dos ya se conocían?
Ella sonrió al recordarlo, pero apenas.
– Sí, desde hacía tres meses. Él había acudido al consultorio de papá y…
– Bueno, bueno. ¿Cuándo tendría que haber embarcado su marido?
– El cuatro de septiembre.
– ¿Desde dónde?
– Gioia Tauro.
– ¿Cuándo se fue de aquí?
– El día tres por la mañana, a primera hora.
– ¿Cómo?
– En coche.
– Un momento. Eso significa que la noche del tres estaba en Gioia Tauro. Habrá que ver en qué hotel se hospedó. Y qué hizo.
– Comisario, mire que las cosas ocurrieron de otra manera. La mañana del tres yo también salí con él. Cogimos mi coche, llegamos por la tarde y fuimos directamente a su apartamento.
– ¿Su apartamento?
– Sí, hacía dos años que había alquilado una vivienda independiente, con servicios.
– ¿Por qué?
– Mire, a menudo Giovanni no tenía tiempo de venir aquí, pues permanecía en puerto sólo dos o tres días… Entonces me avisaba y yo ya estaba esperándolo allí cuando él desembarcaba.
– Comprendo. Aquella noche del tres, ¿qué hicieron ustedes?
– Cenamos y…
– ¿Fuera? ¿Cenaron en un restaurante?
– No, en casa. Habíamos comprado comida. Y después nos fuimos a la cama temprano. Esta vez se trataba de una larga travesía.
Mejor pasar por alto los detalles nocturnos. ¿Sería posible que, después de varios años de matrimonio, esos dos no hicieran más que pensar en practicar aquello? A lo mejor era un rasgo de los colombianos.
– ¿Recibió llamadas telefónicas?
– Allí no hay teléfono. Pero no lo llamaron ni siquiera al móvil.
– ¿Y a la mañana siguiente?
– Giovanni se fue a las ocho. Yo volví a arreglar la habitación y me fui enseguida. E hice mal.
– ¿Por qué?
– Porque no me di cuenta de lo cansada que estaba. Por la noche no había pegado ojo prácticamente, y por eso desperté al chocar contra el cartel indicador de la salida de Lido di Palmi. Dos señores que circulaban detrás de mí me ayudaron; me dijeron que me había ido directa contra la mediana sin pisar el freno. Evidentemente, me había quedado dormida.
– ¿Se hizo daño?
– No. Fui a un motel de allí cerca mientras me arreglaban el coche. Esperaban poder entregármelo por la tarde, pero no fue posible. Dormí en aquel motel y me fui al día siguiente.
– Dígame, señora, ¿volvió usted después a Gioia Tauro?
Ella lo miró sorprendida.
– No. ¿Para qué habría vuelto?
– O sea, que la habitación tendría que estar todavía tal como usted la dejó la mañana del cuatro de septiembre.
– Pues claro.
– ¿Tiene las llaves?
– Naturalmente.
– ¿Y su marido tiene un duplicado?
– Claro.
– ¿Hay alguna mujer de la limpieza que…?
– No. Yo lo dejo siempre todo arreglado. Y cuando vuelvo, me encargo de que Giovanni lo encuentre todo limpio.
– Dígame la dirección.
– Via Gerace, quince. En la planta baja. Se entra por la parte de atrás, hay una pequeña verja.
– Después dele las llaves del apartamento a Fazio.
– ¿Por qué?
– Señora, no sabemos ni cómo ni por qué ha desaparecido su marido. Si lo hizo voluntariamente, es probable que, después de que usted se fuera a Vigàta, regresara a la vivienda. E incluso si lo obligaron a desaparecer, puede que alguien que lo conozca lo retuviera allí durante algún tiempo contra su voluntad.
– Comprendo.
– Bueno, de momento no tengo nada más.
– ¿No quiere elegir la fotografía de Giovanni?
– Ah, sí, es verdad.
– Acompáñeme al dormitorio; allí tengo las fotos.
Al oír que la mujer pronunciaba «dormitorio», Fazio, llevado por el comisario a aquel encuentro en calidad de perro guardián, se levantó de un brinco.
– ¡Yo voy también! -exclamó, exactamente igual que en la canción de Jannacci.
– No, tú no -dijo Montalbano.
Fazio se sentó preocupado.
– Si hace falta, llame -murmuró.
– ¿Si hace falta para qué? -preguntó Dolores, sorprendida.
– Bueno, en caso de que haya muchas fotos y… -intentó arreglarlo el comisario.
En el dormitorio, el perfume de canela era tan fuerte que provocaba tos.
La cama era una de las más grandes que Montalbano había visto en su vida. Parecía un patio de armas; allí se podían hacer evoluciones, paradas y desfiles. A los pies de la cama había un televisor enorme y decenas de videocasetes. Encima del televisor había una cámara digital.
Montalbano tuvo la certeza de que Dolores y su marido se grababan durante algún ejercicio en el patio de armas y después visionaban la escena para perfeccionarla.
11
Entretanto, Dolores había abierto el último cajón de la cómoda de siete cajones y sacado un sobre de fotografías que extendió encima de la cama.
– Éstas son las últimas, las que hicimos en casa de aquel medio pariente de Giovanni. Elija las que quiera.
Montalbano tomó unas cuantas. Dolores, para mirarlas también, se situó a su lado, tan cerca que su cadera rozaba la del comisario.
Debía de ser un día de finales de agosto con una luz extraordinaria. Dos o tres instantáneas mostraban a Dolores en biquini. El comisario sintió que el punto de contacto entre su cuerpo y el de la mujer empezaba a calentarse. Se apartó un poco, pero ella volvió a acercarse. ¿Lo hacía a propósito o realmente necesitaba siempre contacto físico con un hombre?
– Aquí Giovanni sale francamente bien -comentó Dolores, cogiendo una fotografía.
Era un apuesto hombre de cuarenta y tantos años, alto, moreno, ojos inteligentes, risa franca.
– Sí, me llevo ésta -aprobó el comisario-. Recuerde darle a Fazio los datos de su marido, cuándo nació, dónde…
– De acuerdo.
– Y esta casa tan bonita, ¿de quién es? -preguntó Montalbano, señalando una fotografía en la que se veía a Dolores, Giovanni y otras personas en una gran terraza llena de plantas.
Sabía muy bien de quién era la casa, pero quería oírselo decir a ella.
– Ah, es del medio pariente de mi marido. Se llama Balduccio Sinagra.
En efecto, en la fotografía también figuraba don Balduccio Sentado en una tumbona.
Sonreía. Pero Dolores pronunció aquel nombre casi con indiferencia.
– ¿Ya tiene bastante?
– Sí.
– ¿Me ayuda a volver a colocarlo todo en su sitio?
– Claro.
Dolores tomó el sobre y lo mantuvo abierto. Montalbano introdujo un primer fajo de fotografías. Acababa de meter el segundo y último cuando ella se inclinó ligeramente hacia delante, le asió la mano derecha y le rozó el dorso con los labios. El comisario dio un respingo hacia atrás, pero Dolores logró mantener los labios pegados a su mano. De pronto, Montalbano se sintió privado de todas sus fuerzas, de cualquier posibilidad de resistencia. ¿A cuántos grados había subido la temperatura en la habitación?