El campo del alfarero
- Автор: Камиллери Андреа
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El campo del alfarero». Краткое содержание книги:
Pese a que los molestos achaques de la edad lo tienen algo embotado, su infalible instinto lo lleva a no ceder las riendas y seguir adelante sin bajar la guardia. O tal vez el mejor estímulo sea la aparición en escena de Dolores Alfano, una mujer atractiva y seductora que denuncia la desaparición de su marido, de quien dejó de tener noticias poco antes de que embarcara hacia Sudamérica. Así, de manera gradual y casi imperceptible, dos casos en apariencia distantes empiezan a mezclarse.
Por suerte, Dolores levantó la cabeza y lo miró a los ojos. Uno habría podido ahogarse en ellos.
– Ayúdame. Sin él yo no… Ayúdame.
Montalbano liberó la mano, le dio la espalda a Dolores y se dirigió al salón, hablando quizá demasiado alto.
– Tú, Fazio, recoge la denuncia, que la señora te dé la lista de los amigos, la dirección de Gioia Tauro y las llaves.
Pero Fazio no contestó: estaba contemplando fascinado la huella que el carmín de Dolores había dejado en la mano del comisario. Los estigmas de san Salvo, por supuesto que no virgen pero seguramente mártir. Montalbano los hizo desaparecer frotándolos con la otra mano.
Volvió Dolores.
– Me despido, señora. Creo que tendremos que vernos de nuevo.
– Lo acompaño.
– Por favor, no se moleste -replicó él, dándose a la fuga.
– ¿Macannuco? Soy Montalbano.
– ¡Montalbano! ¡Me alegro de oírte! ¿Cómo estás?
– No del todo mal. ¿Y tú?
– ¿Recuerdas la tonadilla que cantábamos en el curso? «Tanto si estoy bien como si no, en el culo le daré yo.» La situación no ha cambiado.
– Oye, Macannuco, necesito un gran favor.
– Para ti, éste y otro.
El comisario le explicó lo que necesitaba. Macannuco era el responsable de la comisaría ubicada en el puerto de Gioia Tauro.
– A ver si lo entiendo, Montalbà. ¿Me estás pidiendo que derribe la puerta de un apartamento de via Gerace, quince, que fotografíe el piso y te envíe hoy mismo las fotos vía Internet?
– Exactamente.
– ¿Sin ninguna orden?
– Exactamente.
Fazio se presentó al cabo de menos de media hora.
– ¡Virgen santa, qué mujer!
– ¿Te ha dado todo?
– Sí, señor. Los amigos del marido son sólo tres.
– Oye, cuéntame mejor la historia de Balduccio y de aquellos Alfano que envió a Colombia.
– Dottore, ¿ha observado que la señora habla siempre de un medio pariente y jamás pronuncia el nombre de Balduccio Sinagra?
– Pues sí lo ha hecho, cuando hemos ido al dormitorio a elegir la foto. Y lo ha hecho con absoluta indiferencia, como si no supiera quién es Balduccio. ¿Te parece posible que no lo sepa?
– No. O sea, un día de hace veintitantos años, don Balduccio envía a Colombia a un primo segundo, Filippo Alfano para mantener el contacto con los grandes productores de droga. Filippo Alfano se lleva consigo a la familia, formada por su mujer y su hijo Giovanni, que entonces tiene quince años. Al cabo de un tiempo Filippo Alfano muere de un disparo.
– ¿Que le pegan los de Colombia?
– Uno de Colombia con toda seguridad. Pero también se cuenta otra historia. Cosas que se dicen, comisario, que conste.
– Comprendo, continúa.
– Se cuenta que quien mandó matarlo fue el propio don Balduccio.
– ¿Y eso por qué?
– Bueno, se han dicho muchas cosas. La explicación más aceptada es que Filippo Alfano se aprovechó, amplió el radio de sus actividades, empezó a pensar más en sus propios negocios que en los de don Balduccio a fin de poder sustituirlo.
– Y Balduccio lo impidió. Pero siguió ocupándose de la viuda y el hijo, según lo que nos ha contado la señora Dolores.
– Y eso encaja; forma parte de la mentalidad de don Balduccio.
– ¿El hijo, Giovanni, siempre ha marchado por el buen camino?
– Dottore, ¡a ése siempre lo han estado vigilando los servicios antidroga de por lo menos dos continentes! ¡Con el oficio que tiene! Y nunca se ha descubierto nada en su contra.
– Oye, toma esta fotografía de Giovanni Alfano y haz unas diez copias. Pueden ser útiles. Después, para mañana por la mañana, me convocas a los tres amigos con una hora de diferencia cada uno. Ah, y otra cosa: quiero saber exactamente qué día fue ingresado en la clínica Balduccio Sinagra.
– ¿Interesa?
– Sí y no. Me refiero a ese anónimo que decía que Balduccio había ordenado matar a un correo. Si no me equívoco, Ballerini le dijo a Musante que Balduccio estaba ingresado en coma en Palermo, y, por consiguiente, Musante se convenció de que Balduccio no tenía nada que ver.
– No se equivoca.
– Sólo que la señora Dolores me ha mostrado una fotografía de Balduccio en la que éste estaba muy bien. Me las he ingeniado para ver la fecha que había en el reverso: veintiocho de agosto. O sea, que Balduccio pudo tener perfectamente tiempo de dar la orden de matar a quien le diera la gana antes de que lo ingresaran. ¿Cuadra?
– Cuadra.
Acababa de terminar de comer según todos los mandamientos y se estaba levantando de la mesa cuando Enzo se le acercó.
– Dottore, ¿dónde va a pasar la Navidad y el Año Nuevo?
– ¿Por qué lo preguntas?
– Quería advertirle que, si por casualidad se queda en Vigàta, la trattoria estará cerrada la noche del último día del año. Pero si usía quiere venir a pasar la velada en mi casa, me hará un honor y será un placer.
¡Ya estaba a punto de empezar el latazo de las fiestas! Que él sinceramente no soportaba, no por las fiestas en sí, sino por lo mucho que le tocaba los cojones el ritual de las felicitaciones, los regalos, las comidas, las cenas, las invitaciones y las devoluciones de invitaciones. Y después las tarjetas de felicitación con la esperanza de que el año nuevo fuera mejor que el anterior, vana esperanza, porque cada año nuevo resultaba al final un poco peor que el precedente.
En resumen, la pregunta de Enzo tuvo la bonita consecuencia de bloquearle la digestión, como si acabara de experimentar un acceso de frío. A pesar de que se dio el consabido paseo hasta el faro, nada; se quedó con la tripa pensativa.
Por si fuera poco, le acudieron a la mente las siguientes e inevitables discusiones con Livia -ven tú a Boccadasse; no ven tú a Vigàta-, hasta el agotamiento o la pelea.
– ¡Ah, dottori, dottori! ¡El siñor Giacchetta tilifonió! Pero dice que no tiene importancia la cosa y que por eso no es urgente y que dispués lo vuelve a llamar.
Fabio Giacchetti, el director de banco, el neopapá. ¿Qué tenía que contarle?
– Cuando dé señales de vida, me lo pasas.
– Ah, dottori, por poco se mi olvida. Tilifonió Fazio que dice que li diga que sabe cuándo lo ingresan en la clínica.
– ¡¿A Fazio lo ingresan?! -se alarmó Montalbano.
– No, dottori, no si preocupe, sólo de verbo me equivoqué. Lo pruebo otra vez, pero tenga un poquito de paciencia. Pues Fazio mi dijo que li dijera a usía que ha sabido cuándo a él, que no es él, Fazio, lo ingresaron en la clínica.
Al final lo comprendió: Fazio se había enterado de la fecha del ingreso de Balduccio Sinagra en la clínica.
– ¿Y cuándo fue?
– Dottori, dice que fue el tres de septiembre.
Confirmado. O sea, que don Balduccio había tenido todo el tiempo del mundo para dar todas las órdenes de todos los asesinatos que quisiera. Pero ¿por qué los de Antimafia no habían hecho el mismo razonamiento que él?
¿Por qué habían dado por buena la información de los de Antidroga? ¿Por qué se habían convencido de que la carta anónima no decía la verdad? ¿O quizá habían llevado a cabo las investigaciones pero no querían difundirlas?