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El campo del alfarero

Электронная книга - «El campo del alfarero». Краткое содержание книги:

En los pedregosos aledaños de Pizzutello, la lluvia ha devuelto a la luz un cadáver con signos de haber sido ajusticiado por traición. Sin huellas dactilares y con el rostro desfigurado, las características no se corresponden con las de ningún desaparecido. Y cuando Mimì Augello insiste de forma muy extraña en hacerse cargo del caso personalmente, las alarmas de Montalbano se encienden.
Pese a que los molestos achaques de la edad lo tienen algo embotado, su infalible instinto lo lleva a no ceder las riendas y seguir adelante sin bajar la guardia. O tal vez el mejor estímulo sea la aparición en escena de Dolores Alfano, una mujer atractiva y seductora que denuncia la desaparición de su marido, de quien dejó de tener noticias poco antes de que embarcara hacia Sudamérica. Así, de manera gradual y casi imperceptible, dos casos en apariencia distantes empiezan a mezclarse.
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Fazio estaba desprevenido.

– Pero… ¿por qué? ¿No basta con usía?

– ¿No dijiste que ésa es una mujer que muerde? Si estás tú, igual se reprime y no me muerde.

– Como usted mande, dottore. Total, a Morici ya lo he visto.

– ¿Tan temprano?

– Pues sí, dottore. Anoche le dijeron que se fuera una semana a Palermo y entonces él me llamó para adelantar la cita a las siete de esta mañana.

– ¿Qué te ha dicho?

– Pues una cosa muy rara. Que recibieron una indicación que después resultó una pista falsa.

– ¿O sea?

– Que hace un par de meses les llegó una carta anónima.

– ¡Menuda novedad!

– Pero ésa parecía distinta, podía contener un fondo de verdad.

– ¿Qué decía?

– Que don Balduccio Sinagra había mandado asesinar a alguien.

– ¿Don Balduccio? Pero ¡si don Balduccio tiene más de noventa años! ¿No se había retirado de los asuntos de la mafia?

– Dottore, no sé qué decirle, es lo que ponía en la carta. Explicaba que en aquel caso en particular había intervenido don Balduccio porque se sentía personalmente ofendido.

– Comprendo. ¿Y quién lo había ofendido, la persona que él mandó asesinar?

– La carta no indicaba el nombre. Pero decía que se trataba de un correo que, en lugar de entregar la mercancía, la había vendido por su cuenta por asuntos propios.

– ¿Y después?

– Los de Antimafia entraron inmediatamente en acción. Si conseguían una mínima prueba, el caso podía ser muy gordo. No quisieron recurrir a los compañeros de Narcóticos, tal como suele ocurrir en estos casos. De haberlo hecho, habrían ahorrado tiempo.

– ¿Por qué?

– Después de cuatro días de convulsas investigaciones, el dottor Musante se tropezó casualmente con el dottor Ballerini, de Antidroga, y éste, hablando hablando, le dijo que don Balduccio Sinagra estaba ingresado en coma en una clínica de Palermo. Entonces comprendieron que don Balduccio no podía haber dado la orden de matar a nadie. Además, no encontraron nada de nada, ni siquiera el cuerpo del correo.

– ¿Y a qué conclusión llegaron?

– A la de que alguien les había dado por culo, dottore.

– O que alguien había querido hacerle la puñeta a don Balduccio sin saber que estaba en coma.

***

– … y por consiguiente y en resumen, su marido jamás embarcó en el Ruy Barbosa.

La señora Dolores se quedó quieta como una estatua.

Se encontraba ante Montalbano y Fazio, ambos sentados en dos butacas del salón, y estaba a punto de servir el café. Se quedó con el brazo izquierdo en suspenso en el aire -a lo mejor quería apartarse el cabello del rostro-, y el brazo derecho inclinado hacia abajo.

Durante un segundo, el comisario tuvo la impresión de encontrarse delante de una muñeca de azúcar, de esas que parecen una bailarina, casi siempre bailarinas españolas. Hasta el perfume de canela, que de pronto se intensificó, acentuó aquella impresión. Sintió unas ganas terribles de sacar la lengua y lamerle el cuello para saborear su piel, que seguramente sería dulce.

Después la señora cobró vida nuevamente. No dijo nada, pero reanudó los movimientos que había empezado. Se apartó el cabello de los ojos, se inclinó para verter con mano firme el café en las dos tacitas y se sentó en el sofá.

Montalbano la miraba: no había perdido el color, no mostraba ni sorpresa ni nerviosismo, sólo una arruga recta y profunda que le cruzaba horizontalmente la frente. Para hablar, esperó a que ambos se terminaran el café.

– No es una broma, ¿verdad?

Ningún tono dramático, ninguna voz quebrada por un llanto inminente: sólo una pregunta clara y sencilla.

– Por desgracia, no -contestó Montalbano.

– ¿Qué cree que puede haberle pasado? -preguntó ella con el mismo tono, como si hablara de alguien con quien no guardara la menor relación.

Dolores era una mujer hecha de mármol o acero, ¡y un cuerno una muñeca de azúcar! Pero una mujer contradictoria: capaz de dominarse tal como estaba haciendo ahora, o bien de ceder a gestos pasionales como el de arañarle los brazos al comisario.

– Mire, la hipótesis más razonable es que se trata de una desaparición voluntaria.

– ¿Por qué?

– Porque el señor Camera me ha dicho que su marido, unos días después del fallido embarque, le mandó una nota para informarle que había encontrado un trabajo mejor.

– Podría ser falsa, como la postal que yo recibí el otro día -replicó Dolores.

Inteligente, había que reconocerlo, con una cabeza que le funcionaba a pesar del golpe que acababa de recibir.

– Precisamente por eso quisiera ver esa nota, siempre y cuando Camera la haya conservado.

– ¿Y por qué no lo hace?

– Para actuar, necesito de usted una denuncia formal de desaparición.

– De acuerdo, la haré. ¿Tengo que acudir a comisaría?

– No hace falta. Fazio recogerá aquí mismo su denuncia cuando yo me haya ido. Pero quisiera pedirle otra cosa.

– Yo también a usted.

– Pues entonces diga usted primero.

– Por favor, si tiene que hacerme otras preguntas, siéntese aquí a mi lado en el sofá. Yo no puedo…

Por una fracción de segundo, los ojos de Fazio y el comisario se cruzaron. Después Montalbano obedeció.

– ¿Así está mejor?

– Sí, gracias.

– ¿Tiene una fotografía reciente de su marido?

– Todas las que quiera. Algunas las hicimos pocos días antes de que él se fuera; yo lo acompañé a despedirse de un medio pariente suyo…

– Muy bien, después me las enseña. Elegiré una. Tengo que volver a hacerle una pregunta que ya le hice ayer y que sin duda le resultará desagradable, pero…

Dolores levantó una mano y luego la posó sobre la rodilla del comisario. Ardía y temblaba ligerísimamente. Era evidente que estaba empezando a comprender el verdadero significado de la triste noticia. Y le costaba más controlarse.

– De la carta que usted tuvo la amabilidad de permitirme leer se deducía claramente que la relación entre usted y su marido era, ¿cómo diría?, muy intensa, ¿no?

Fazio se inclinó de repente para mirar la libreta que sostenía sobre una pierna y en la cual fingía tomar notas.

– Sí, mucho -dijo Dolores.

– Bien. Durante la última visita de su marido… piénselo bien, señora… esa, digamos, intensidad ¿había disminuido un poquito? ¿Hubo un enfriamiento, por pequeño que fuera, que pudiese…? En resumen, ¿cambió algo con respecto a las otras veces que…?

Ella le apretó con fuerza la rodilla. Y el calor de su mano salió disparado como una flecha y subió por el muslo lo justo hasta alcanzar un punto crucial de la anatomía del comisario, que a duras penas consiguió dominar un sobresalto.

– Sí, cambió algo -contestó ella, con voz tan baja que Fazio se inclinó para oírla.

– Pero ayer usted me dijo lo contrario -señaló el comisario.

– Bueno… Giovanni sí había cambiado… aunque, por otra parte, ésa no es la palabra adecuada, no en el sentido que usted piensa…

– Pues entonces, ¿cómo? -Pero ¿por qué no le quitaba aquella bendita mano de la rodilla?

– Pues mire, se había vuelto como… como un muerto de hambre. Nunca tenía bastante. Dos o tres veces, cuando acabábamos de comer, ni siquiera me daba tiempo de llegar al dormitorio… Y me pedía que hiciera cosas que antes no…

Como si se hubiera vuelto repentinamente miope, Fazio se acercó la libreta a los ojos para ocultar el rubor de su rostro. En cambio, la palma de la mano de Dolores había empezado a sudar ante el recuerdo de las hazañas conyugales, y Montalbano percibió la humedad a través de los pantalones.

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