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El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]

Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:

Dexter Morgan no es precisamente la clase de hombre que presentarías a mamá. Su tendencia al asesinato puede resultar algo desconcertante. Pero en el fondo de su corazón Dexter es el perfecto caballero, una apoyo para su hermana; Deb, miembro de la policía de Miami, y alguien interesado sólo en terminar con gente de verdad se merece su visita especial. Aunque es un hombre atractivo, Dexter se muestra totalmente indiferente, y, con franqueza un poco perplejo, ante las atenciones que le prestan las mujeres.
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No lo sabía. No sabía nada. Ni siquiera estaba seguro de quién era. ¿Podría ser en verdad Rita?

Otro largo suspiro.

—Lo siento si… —Y una pausa eterna. Dos inspiraciones más. Profundas. Dentro… y fuera. Dentro… y fuera con fuerza—. Por favor, Dexter, llámame. Sólo… —Una larga pausa. Otro suspiro. Y luego colgó.

A lo largo de mi vida había tenido muchas veces la sensación de que me faltaba algo, alguna pieza esencial del puzzle que todo el mundo llevaba consigo inconscientemente. No suele importarme, porque la mayoría de veces resulta ser un rasgo de humanidad increíblemente estúpido, como comprender el vuelo de las moscas o no ir a por todas en la primera cita.

Pero otras veces tengo la sensación de estar perdiéndome una gran reserva de sabiduría, la ciencia que envuelve algún sentido. No poseo eso que los humanos sienten con tanta profundidad que no necesitan hablar de ello y ni siquiera pueden expresar con palabras.

Esta era una de esas ocasiones.

Sabía que debía comprender que Rita estaba transmitiendo en realidad un mensaje muy concreto, que las pausas y las vacilaciones configuraban algo grande y maravilloso que cualquier macho de la especie humana captaría intuitivamente. Pero no tenía la menor idea de qué podía ser, o cómo averiguarlo. ¿Debía contar los suspiros? ¿Medir las pausas y convertir los números en versículos de la Biblia para llegar al código secreto? ¿Qué intentaba decirme? Y, de paso, ¿por qué intentaba decirme algo?

Según mi visión de las cosas, cuando, llevado por un extraño y estúpido impulso, había besado a Rita, había cruzado una línea que ambos habíamos acordado mantener infranqueable. Una vez hecho no había forma de deshacerlo, de volver atrás. A su modo, el beso había sido un acto de asesinato. Y resultaba reconfortante tomárselo así. Había matado nuestra perfecta relación dejando que mi lengua tomara la iniciativa y la tirara por un precipicio. Bum, relación muerta. Ni siquiera había vuelto a pensar en Rita desde ese momento. Había desaparecido, se había esfumado de mi vida como oculta tras una niebla incomprensible.

Y ahora me llamaba y dejaba sus suspiros grabados para que me divirtiera.

¿Por qué? ¿Pretendía castigarme? ¿Insultarme, restregarme mi locura por las narices, obligarme a comprender la inmensidad de mi ofensa?

Todo el asunto comenzó a irritarme más allá de toda medida. Deambulé por mi apartamento. ¿Por qué tenía que dedicarme a pensar en Rita? En ese momento tenía preocupaciones más importantes. Rita no era más que una barba, un disfraz absurdo que me ponía los fines de semana para ocultar que yo era de la clase de personas que hacía cosas parecidas a las que ahora hace este interesante individuo en mi lugar.

¿Eran celos? Claro que ahora estaba inactivo. Acababa de terminar por un tiempo y no tenía ninguna intención de volver a ello en fecha inmediata. Demasiado arriesgado. No había preparado nada.

Y sin embargo…

Volví a la cocina y jugueteé con la cabeza de la Barbie. Tac. Tac, tac. Parecía notar algo. ¿Ganas de jugar? ¿Una inquietud profunda y permanente? No sabría decirlo, y Barbie no me decía nada.

Era demasiado. La confesión obviamente falsa, la violación de mi santa sanctórum… y encima Rita. Demasiado para un solo hombre. Incluso para uno tan sospechoso como yo. Empecé a sentirme inquieto, mareado, confundido, hiperactivo y letárgico al mismo tiempo. Caminé hasta la ventana y miré hacia fuera. Había oscurecido, y a lo lejos, sobre el agua, una luz se elevaba en el cielo y, al verla, una malvada vocecilla se elevó para reunirse con ella desde algún lugar de mi interior.

Luna.

Un susurro en el oído. Ni siquiera un sonido; sólo la leve sensación, casi imaginada, de alguien pronunciando tu nombre, cerca. Muy cerca, aproximándose a ti. Sin palabras, sólo un crujido seco de una novoz, un tono sin tono, un pensamiento expresado en el aire. La cara me ardía, y de repente me oí respirar. La voz volvió, un sonido suave que caía sobre el borde exterior de mi oreja. Me volví, aunque sabía que no había nadie y que no era mi oreja, sino mi querido amigo de dentro, empujado hacia la conciencia por quién sabe qué y por la luna.

Esa luna rolliza, simpática y feliz. Cuántas cosas tenía que decir. Y por mucho que intentara decirle que no era el momento, que era demasiado pronto, que había otras cosas que hacer ahora, cosas importantes, la luna tenía argumentos para eso y más. Y además aunque estuve media hora discutiendo con ella, nunca hubo la menor duda.

Me desesperé, luché con todos los trucos que tenía, y cuando fracasé hice algo que me sorprendió hasta la médula: llamar a Rita.

—Dexter —dijo ella—. Estaba… un poco asustada. Gracias por llamar. Yo sólo…

—Lo sé —dije, aunque lo cierto es que, obviamente, no lo sabía.

—¿Podríamos…? No sé lo que… ¿Podemos vernos luego, sólo para…? Tengo muchas ganas de hablar contigo.

—Por supuesto —le dije, y cuando acordamos encontrarnos más tarde en su casa me pregunté qué tendría ella en mente. ¿Violencia? ¿Lágrimas de reproche? ¿Insultos a voz en grito? Ahí estaba en terreno desconocido: podía ser cualquier cosa.

Y después de colgar, esas especulaciones me sirvieron de maravillosa distracción durante casi media hora antes de que la suave voz interior volviera a deslizarse en mi cerebro, insistiendo con calma en que esa noche debía ser especial.

Algo me empujó hasta la ventana, y ahí estaba de nuevo: la cara inmensa y feliz en el cielo, la luna cloqueando. Corrí la cortina y di media vuelta, recorrí todo el apartamento estancia por estancia, tocando cosas, diciéndome que debía comprobar por enésima vez si faltaba algo, sabiendo que no faltaría nada, y sabiendo también el porqué. Y en esas vueltas por el apartamento cada vez me acercaba más al escritorio del salón donde tengo el ordenador, consciente de lo que quería hacer y sin querer hacerlo, hasta que, por fin, tres cuartos de hora después, el impulso fue ya demasiado fuerte. Estaba demasiado mareado para mantenerme en pie y creí que me limitaría a dejarme caer en la butaca: estaba ahí, a mano. Pero ya que estaba allí, encendí el ordenador, y entonces…

Pero no está terminado, pensé. No estoy listo.

Claro que eso no importaba. Que yo estuviera o no listo no tenía la menor importancia. Porque él sí lo estaba.

14

Estaba casi seguro de que se trataba de él, pero sólo casi, y nunca antes había estado sólo casi seguro. Me sentí débil, embriagado, medio enfermo por una combinación de nerviosismo, incertidumbre y completo error… pero, claro, era el Oscuro Pasajero el que conducía desde el asiento de atrás, y cómo me sintiera yo a estas alturas daba igual porque él se sentía fuerte y frío, ávido y dispuesto. Lo notaba moviéndose en mi interior, deslizándose por los rincones oscuros de mi cerebro de lagarto, unos movimientos que sólo podían terminar de un modo y, siendo así, tenía que ser con éste.

Lo había encontrado unos meses atrás, pero después de un breve período de observación, había decidido que el cura era una apuesta segura y que éste podía esperar un poco más, hasta conseguir cerciorarme al cien por cien.

Qué equivocado había estado. Ahora descubría que no podía esperar más.

Vivía en una callejuela de Coconut Grove. A unas manzanas de su mugrienta casa empezaba un barrio negro de clase baja, con barbacoas e iglesias decrépitas. A un kilómetro en dirección opuesta, los millonarios vivían en inmensas mansiones y construían muros de coral para mantener alejadas a personas como él. Pero Jamie Jaworski estaba justo en el centro, en una casa que compartía con un millón de escarabajos peloteros y con el perro más feo que hubiera visto en mi vida.

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