El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]
- Автор: Линдсей Джеффри
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: Umbriel
- ISBN: 978-84-95618-83-2
- Переводчик: Toni Hill Gumbao
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:
Pero todo esto no tenía sentido. Él no podía haber previsto que alguien lo perseguiría hasta North Bay Village, ¿o sí? Pero, en este caso, ¿cómo tenía la cabeza lista para ser arrojada? ¿Y por qué depositar luego el resto en el estadio? Parecía una elección muy peculiar. Sí, en él había mucho hielo, y cuanto más frío mejor. Pero ese amplio y estruendoso espacio no era muy apropiado para la intimidad que se suele buscar en esos momentos… de haberlo hecho yo. Se respiraba en él una terrible y abierta desolación que no propiciaba en modo alguno la creatividad genuina. Divertido para verlo, pero no el estudio de un artista real. Un cubo de basura, no un taller de trabajo. No emanaba las sensaciones correctas.
De haberlo hecho yo, claro.
De modo que el estadio era un golpe audaz en territorio inexplorado. Daría pistas a la policía, y los conduciría ciertamente en la dirección errónea. Si es que alguna vez tomaban alguna dirección concreta, lo que al día de hoy se revelaba como altamente improbable.
Y para colmo el espejo: si yo estaba en lo cierto acerca de las razones para elegir el estadio, la adición del espejo no hacía más que confirmarlo. Era un comentario a lo que acababa de suceder, conectada al abandono de la cabeza. Era un enunciado que agrupaba todos los cabos sueltos, envolviéndolos con la misma pulcritud que a las partes del cuerpo, un elegante énfasis de una obra mayor. ¿Cuál sería el enunciado, de haberlo hecho yo?
Te veo.
Bueno. Claro que se trataba de eso, a pesar de resultar una obviedad. Te veo. Sé que andas detrás de mí y te vigilo. Pero sigo manteniéndote a distancia, controlando tus movimientos y decidiendo tu velocidad, mientras contemplo cómo me sigues. Te veo. Sé quién eres y dónde estás, y que lo único que sabes de mí es que estoy vigilándote. Te veo.
Eso sonaba acertado. ¿Por qué, pues, no me hacía sentir mejor?
Es más, ¿hasta qué parte podía contarle a Deborah? Este asunto se estaba convirtiendo en algo tan intensamente personal que resultaba difícil recordar que tenía un lado público, un lado que era importante para mi hermana y para su carrera profesional. No podía decirle —ni a ella ni a nadie— que creía que el asesino estaba intentando comunicarse conmigo, por si yo tenía ingenio suficiente para oírlo y replicar. Pero el resto… ¿Había algo que necesitara decirle, y, por otro lado, quería hacerlo?
Era demasiado. Necesitaba dormir antes de poder resolverlo.
No es que cayera redondo en cuanto me metí en la cama, pero tampoco fue muy distinto. Dejé que el sueño me venciera rápidamente, hundiéndome en la oscuridad. Y obtuve casi dos horas y medio de sueño profundo antes de que me despertara el teléfono.
—Soy yo —dijo una voz al otro extremo de la línea.
—Ya sé que eres tú —dije—. Deborah, ¿no? —Y, por supuesto, lo era.
—He encontrado el camión.
—Bien, felicidades, Deb. Es una gran noticia.
Se produjo un prolongado silencio.
—¿Deb? —dije, por fin—. Es una buena noticia, ¿no?
—No —dijo ella.
—Oh. —Sentía la necesidad de dormir golpeándome la cabeza, como si alguien sacudiera una alfombra de oración antes de que llegaran los fieles, pero traté de concentrarme—. Este, Deb… ¿qué…? ¿Qué ha pasado?
—Lo comprobé todo —dijo ella—. Me aseguré por completo. Fotos, placas de matrícula, todo. Así que, como una buena scout, se lo expliqué todo a LaGuerta.
—¿Y no te creyó? —pregunté, atónito.
—Supongo que sí.
Intenté parpadear, pero los ojos querían cerrarse de modo que me rendí.
—Lo siento mucho Deb, pero uno de los dos no se explica bien. ¿Soy yo?
—Intenté explicárselo —dijo Deborah con una vocecilla débil que me transmitió la idea de estar sumergiéndose en el agua sin salvavidas—. Le conté toda la historia. Fui incluso cortés.
—Muy bien. ¿Y qué te dijo?
—Nada —dijo Deb.
—¿Nada de nada?
—Nada de nada —repitió Deb—. Excepto gracias, con el mismo tono en que se las darías al aparcacoches. Me dedicó esa sonrisa suya tan peculiar y dio media vuelta.
—Bueno, Deb, tampoco puedes esperar que…
—Luego descubrí por qué sonreía así —dijo Deb—. Como si tuviera delante a una retrasada mental y hubiera decidido por fin dónde encerrarme.
—Oh, no —exclamé—. ¿No estarás fuera del caso?
—Todos lo estamos, Dexter —dijo Deb con una voz que revelaba tanto cansancio como el que yo sentía—. LaGuerta ha arrestado a alguien.
De repente el silencio invadió la línea y no pude pensar en nada, pero al menos consiguió despertarme.
—¿Qué?
—LaGuerta ha detenido a un tipo, uno de los trabajadores del estadio. Lo tiene bajo custodia y está convencida de que es el asesino.
—Eso es imposible —dije, aunque sabía que era posible. Maldita puta descerebrada. LaGuerta, no Deb.
—Ya lo sé, Dexter. Pero no intentes decírselo a LaGuerta. Está segura de que ha pillado al asesino.
—¿Hasta qué punto? —pregunté. La cabeza me daba vueltas y sentía ganas de vomitar. No sabría decir por qué.
—Dará una conferencia de prensa dentro de una hora —gruñó Deb—. Para ella no hay duda.
Los golpes en mi cabeza se hicieron demasiado fuertes para oír lo siguiente que dijo Deb. ¿LaGuerta había arrestado a alguien? ¿A quién? ¿A quién podía haberle cargado el muerto? ¿De verdad era capaz de pasar por alto todas las pistas, el aroma, la textura y el sabor de estos asesinatos y arrestar a alguien? Porque nadie capaz de hacer lo que había hecho este asesino —de hecho, ¡lo que seguía haciendo!– podía permitir que una imbécil como LaGuerta lo atrapara. Nunca. Apostaría mi vida en ello.
—No, Deborah —dije—. No es posible. Se ha equivocado de hombre.
Deborah se rió, con esa risa fatigada que dice aquíhayjuegosucio típica de la policía.
—Sí —dijo ella—. Yo lo sé. Tú lo sabes. Pero ella no. ¿Y quieres saber algo gracioso? Él tampoco.
Eso no tenía ningún sentido.
—¿Qué dices, Deb? ¿Quién no lo sabe?
Repitió aquella risita breve y amarga.
—El tipo al que han arrestado. Supongo que debe de estar tan aturdido como LaGuerta, Dex. Porque ha confesado.
—¿Qué?
—Ha confesado, Dexter. El muy capullo ha confesado.
12
Se llamaba Daryll Earl McHale y era lo que se conoce vulgarmente como un perdedor nato. Había pasado doce de sus últimos veinte años como huésped del estado de Florida. El apreciado sargento Doakes había escarbado en los archivos del personal del estadio hasta dar con él. En una comprobación informática de empleados con antecedentes de violencia o condenas en prisión, el nombre de McHale había saltado dos veces a la pantalla.
Daryll Earl era un borracho que maltrataba a su mujer. Por lo que se ve, de vez en cuando también asaltaba alguna gasolinera sólo para entretenerse. Su media de permanencia en cualquier empleo era de un par de meses a lo sumo. Pero entonces, un viernes por la noche cualquiera, engullía unos cuantos lotes de seis botellas de cerveza y empezaba a creerse el Martillo de Dios. Así que salía en el coche hasta dar con una estación de servicio que simplemente le molestara. Entraba empuñando un arma, cogía el dinero y escapaba. Después usaba el botín de 80 o 90 dólares para comprar unos cuantos lotes más, hasta que se sentía tan bien que tenía que zurrar a alguien. Daryll Earl no era un tipo grande: medía un metro sesenta y ocho y era más bien esmirriado. Así que, para no correr riesgos, ese alguien a quien zurrar solía ser su esposa.