El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]
- Автор: Линдсей Джеффри
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Год: Umbriel
- ISBN: 978-84-95618-83-2
- Переводчик: Toni Hill Gumbao
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:
Y, sin embargo, la sensación era muy fuerte. Intenté sacudírmela: era un espejismo, una mala pasada que me jugaban los nervios, una indigestión pasajera. Me incorporé, me estiré, respiré hondo y traté de pensar en cosas agradables. No se me ocurrió ninguna. Sacudí la cabeza y entré en la cocina en busca de un vaso de agua; entonces la vi.
Ahí estaba.
Me quedé plantado frente a la nevera, observando durante no sé cuánto tiempo, mirándola como un imbécil.
Pegada a la nevera, el pelo sujeto a la puerta gracias a uno de mis imanes con frutas tropicales, había la cabeza de una Barbie. No recordaba haberla dejado allí. Ni siquiera recordaba que tuviera una. Y diría que se trata de la clase de cosa de la que uno se acuerda.
Llevé la mano hacia la cabecita de plástico, y ésta se balanceó suavemente chocando contra la puerta con un ligero tac. Se giró un poco, lo justo para que Barbie me mirara con un interés tenso, estilo perruno. Le devolví la mirada.
Sin saber a ciencia cierta qué hacía o por qué, abrí la puerta del congelador. Allí, cuidadosamente dispuesto sobre la bandeja del hielo, estaba el cuerpo de la Barbie. Le habían arrancado las piernas y los brazos, y el cuerpo había sido separado a la altura de la cintura. Las piezas estaban pulcramente colocadas, envueltas y atadas con un lazo de color rosa. Y una de las manitas de Barbie sostenía un pequeño complemento: un espejito de mano Barbie.
Después de un momento eterno cerré la puerta del congelador. Quería tumbarme y apoyar la mejilla contra las frías baldosas del suelo. En su lugar volví a mover la cabeza de la Barbie con el dedo meñique. Ésta repiqueteó contra la puerta. Tac, tac. La moví otra vez. Tac, tac. Bien. Ya tenía un nuevo hobby.
Dejé la muñeca donde estaba y regresé a mi butaca, hundiéndome con fuerza en los cojines y cerrando los ojos. Sabía que debía sentirme disgustado, enfadado, asustado, ultrajado, lleno de paranoica hostilidad y justa ira. Pero no era así. En su lugar me sentía… ¿Cómo? Más que inquieto. Ansioso, tal vez… ¿O era más bien emocionado?
Ya no cabía duda sobre quién había estado en mi apartamento. A menos que me tragara la idea de que algún extraño, por razones desconocidas, había elegido al azar mi apartamento como el lugar ideal para enterrar a una Barbie decapitada.
No. Mi artista favorito me había hecho una visita. Cómo me había encontrado no importaba. Debía de haberle resultado muy sencillo anotar el número de la matrícula la noche de la carretera. Había dispuesto de mucho tiempo para vigilarme cuando se ocultó en la estación de servicio. A partir de ahí cualquiera que tuviera conocimientos de informática podía dar con mi dirección. Y, una vez hallada, le habría sido muy fácil entrar, echar un vistazo y dejar un mensaje.
Y así llegábamos al mensaje: la cabeza separada, las partes del cuerpo colocadas sobre la bandeja del hielo, y, de nuevo, el maldito espejo. Combinado con un desinterés absoluto por el resto de cosas de la casa, todo esto sólo tenía un significado posible.
¿Pero cuál?
¿Qué me estaba diciendo?
Podía haber dejado algo o nada. Podía haber atravesado el corazón de una vaca con un asqueroso cuchillo de carnicero y dejar la masa ensangrentada sobre las baldosas del suelo. Le agradecía que no lo hubiera hecho —menudo asco—, ¿pero por qué una Barbie? Dejando a un lado el hecho evidente de que la muñeca reflejaba el cuerpo de su última víctima, ¿por qué decírmelo así? ¿Era esto más siniestro que cualquier otro mensaje, o menos? ¿Era algo así como: «Te vigilo y te atraparé»?
¿O tal vez me decía: «Hola. ¿Quieres jugar?»
Y quería. Vaya si quería.
Pero, ¿y el espejo? Incluirlo esta vez le confería un significado que iba más allá del camión y la persecución por carretera. Ahora tenía que simbolizar algo más. Y lo único que se me ocurría era:
«Mírate». ¿Qué sentido tenía eso? ¿Por qué debía mirarme en él? No soy lo suficientemente presumido para disfrutar con eso; al menos no en lo que se refiere a mi aspecto físico. ¿Por qué iba a querer mirarme cuando lo que de verdad quería era ver al asesino? El espejo debía tener un significado que se me escapaba.
Pero incluso en esto no podía estar seguro. Era posible que no quisiera decir nada. No quería creerlo de un artista tan elegante, pero tampoco podía descartarlo por completo. Y también podía tratarse de un mensaje privado, desquiciado y siniestro. No había forma de saberlo. Y, al mismo tiempo, tampoco había forma de saber qué debía hacer al respecto. Ni siquiera si debía hacer algo.
Tomé el camino más humano. Es irónico cuando lo piensas: yo, tomando una opción humana. Harry habría estado orgulloso. Humanamente, decidí no hacer nada. Esperaría acontecimientos. No denunciaría lo sucedido. Al fin y al cabo, ¿qué podía denunciar? No faltaba nada. Desde un punto de vista oficial, lo único que podía decir era: «Eh, capitán Matthews, pensé que debía saber que alguien irrumpió en mi apartamento y dejó una muñeca Barbie en el congelador».
Eso le habría sonado a música celestial. Seguro que circularía por todo el departamento. Quizá lo investigara el sargento Doakes en persona, pudiendo revelar así sus dotes ocultas para los interrogatorios en profundidad. Y quizá me llevara de cabeza a la lista de los Mentalmente Incapaces de Trabajar, junto con la pobre Deb, ya que oficialmente el caso estaba cerrado y ni siquiera cuando estaba abierto había tenido algo que ver con muñecas Barbie.
No, la verdad era que no tenía nada que contar, ni cómo contarlo. De modo que, pese al riesgo de otro codazo salvaje, ni siquiera se lo diría a Deborah. Por razones que ni yo mismo podía explicar, ni siquiera a mí mismo, esto tenía un carácter personal. Y manteniéndolo así había más posibilidades de acercarme a mi visitante. Con el fin de llevarlo ante el juez, claro. Por supuesto.
Tomar esa decisión me quitó un gran peso de encima. De hecho, me sentía casi mareado. No tenía la menor idea de qué saldría de aquí, pero estaba listo para enfrentarme a lo que llegara. Esa sensación me duró toda la noche, e incluso todo el día siguiente, en el trabajo, mientras redactaba un informe, consolaba a Deb y le robaba un donut a Vince Masuoka. Permaneció en mí durante el trayecto de regreso a casa a través del tráfico alegremente homicida de la ciudad. Estaba en un estado de preparación zen, listo para la sorpresa.
O eso creía.
Acababa de regresar a mi apartamento, me había acomodado en la butaca para relajarme cuando sonó el teléfono. Lo dejé sonar. Quería respirar durante unos minutos y no se me ocurría nada que no pudiera esperar. Además, el contestador me había costado casi 50 dólares. Que se los ganara.
Dos pitidos. Cerré los ojos. Tomé aire. Relájate, chico. Tres pitidos. Expira el aire. Saltó el contestador, con el mensaje grabado, maravillosamente urbano.
«Hola, ahora no estoy en casa, pero si dejas un mensaje te llamaré en cuanto llegue. Después de la señal, por favor. Gracias.»
Qué maravilla de entonación. ¡Qué ingenio más ácido! Un mensaje verdaderamente genial. Sonaba casi humano. Estaba muy orgulloso. Inspiré aire de nuevo, mientras escuchaba el melódico bip que seguía al mensaje.
—Hola, soy yo.
Una voz de mujer. No era Deborah. Noté un picor en el párpado. ¿Por qué tanta gente empieza sus mensajes con soy yo? Claro que eres tú. Todos lo sabemos. ¿Pero quién coño eres tú? Claro que en mi caso las opciones eran bastante limitadas. Sabía que no se trataba de Deborah. Tampoco parecía LaGuerta, aunque no era imposible. De modo que sólo quedaba…
¿Rita?
—Este… Lo siento, yo… —Un largo suspiro—. Mira, Dexter, lo siento. Creí que me llamarías, pero como no lo has hecho… —Otra prolongada expiración—. Bueno, da igual. Tengo que hablar contigo. Porque me he dado cuenta de que… Oh, Dios. ¿Podrías… llamarme? Si… bueno, ya sabes.