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El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]

Электронная книга - «El oscuro pasajero [Darkly Dreaming Dexter - es]». Краткое содержание книги:

Dexter Morgan no es precisamente la clase de hombre que presentarías a mamá. Su tendencia al asesinato puede resultar algo desconcertante. Pero en el fondo de su corazón Dexter es el perfecto caballero, una apoyo para su hermana; Deb, miembro de la policía de Miami, y alguien interesado sólo en terminar con gente de verdad se merece su visita especial. Aunque es un hombre atractivo, Dexter se muestra totalmente indiferente, y, con franqueza un poco perplejo, ante las atenciones que le prestan las mujeres.
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Muy bien. Pero no había necesidad de hacerlo sin ropa. Miré a mi alrededor. Un gran montón de planchas de yeso se apilaba en un rincón de la sala, envueltas en film plástico. En un momento me había hecho un delantal y una extraña máscara transparente con el plástico; nariz, boca y ojos rasgaron sendos orificios que me permitían respirar, hablar y ver. La tensé con fuerza, sintiendo cómo transformaba mis rasgos en algo irreconocible. Retorcí los extremos detrás de la cabeza e hice un torpe nudo al plástico. Anonimato perfecto. Podía parecer una bobada, pero me había acostumbrado a cazar llevando una máscara. Y dejando a un lado la compulsión neurótica de hacer las cosas bien, se trataba simplemente de algo menos de lo que preocuparse. Me provocaba una cierta tranquilidad, así que sólo por eso ya era una buena idea. Saqué los guantes de la bolsa y me los puse. Ya estaba listo.

Encontré a Jaworski en el tercer piso, con una montaña de cable eléctrico enrollado a sus pies. Me mantuve en la penumbra de la escalera y le observé mientras tiraba del cable. Retrocedí en el rellano y abrí la bolsa. Con ayuda de la cinta adhesiva colgué las fotos de las niñas que había traído conmigo. Dulces fotos de niñas desaparecidas, en una variedad de posturas encantadoras y sumamente explícitas. Las pegué a los muros de hormigón donde Jaworski tendría que verlas al ir de la puerta a las escaleras.

Volví a mirar a Jaworski. Tiró de otros veinte metros de cable, pero de repente éste se quedó encallado y ya no salió más. Jaworski tiró dos veces, después sacó unas gruesas tijeras del bolsillo trasero y cortó el cable. Recogió el que había a sus pies y se lo enrolló alrededor del antebrazo, hasta formar un anillo tenso. Después se dirigió hacia las escaleras, hacia mí…

Di un paso atrás y aguardé.

Jaworski no pretendía ir con cuidado. No esperaba interrupción alguna, y desde luego no me esperaba a mí. Oí sus pasos y el pequeño zumbido del cable que colgaba tras él. Más cerca…

Cruzó la puerta y pasó ante mí sin advertir mi presencia. Y entonces vio las fotos.

—¡Mierda! —exclamó, como si alguien le hubiera propinado un puñetazo en el estómago. Se quedó mirándolas, boquiabierto, incapaz de moverse, y entonces aparecí por su espalda y le apoyé el cuchillo en la garganta.

—No te muevas ni hagas el menor ruido —dijimos.

—¿Hey, qué es…? —dijo él.

Giré levemente la muñeca y le clavé el cuchillo en el cuello, justo bajo la barbilla. Emitió un gemido al mismo tiempo que un desagradable y pequeño chorro de sangre manaba de la herida. Completamente innecesario. ¿Por qué la gente se empeña en no escuchar?

—Te he dicho que no hagas el menor ruido —le dijimos, y entonces sí que se calló.

Y a partir de ese momento los únicos sonidos fueron el rasgado de la cinta adhesiva, la respiración de Jaworski, y el cloqueo tranquilo del Oscuro Pasajero. Le sellé la boca, utilicé parte del preciado cable de cobre para atarle las muñecas y lo empujé sobre otra pila de planchas de yeso envueltas en plástico. En sólo unos minutos le tenía tumbado sobre la mesa del taller, convenientemente sujeto.

—Charlemos un rato —dijimos, con la voz fría y amable del Oscuro Pasajero.

No sabía si le estaba permitido hablar, y de todos modos la cinta aislante se lo habría puesto difícil, de modo que optó por seguir en silencio.

—Charlemos un rato sobre chicas que se escapan —dijimos, arrancándole la cinta aislante de la boca.

—¡Ayyy! ¿Qué…? ¿A qué te refieres? —dijo, aunque no en un tono demasiado convincente.

—Creo que ya sabes a qué me refiero —le replicamos.

—Pues no…

—Pues sí.

Iba de listo. Se me acababa el tiempo, la noche estaba a punto de terminar. Pero se puso chulo. Me miró a la cara.

—¿De qué vas? ¿Acaso eres poli o algo así? —preguntó.

—No —dijimos, mientras le cortábamos la oreja izquierda. Fue fácil. El cuchillo estaba afilado y por un instante no pudo creer que le estuviera sucediendo: se había quedado sin oreja izquierda de forma permanente, para siempre. Arrojé la oreja sobre su pecho para que lo creyera. Abrió mucho los ojos y llenó los pulmones de aire para soltar un grito, pero le metí una bola de plástico en la boca justo cuando iba a hacerlo.

—De eso nada —dijimos—. Pueden pasar cosas peores.

E iban a pasar, oh, por supuesto que sí, pero no hacía falta que lo supiera todavía.

—¿Las niñas desaparecidas? —preguntamos, con amabilidad, frialdad, y aguardamos sólo un momento, sin dejar de mirarle a los ojos, para asegurarnos de que no iba a chillar. Entonces le quitamos el plástico.

—Por Dios —dijo entre jadeos—. Mi oreja…

—Aún te queda otra —dijimos—. Háblanos de las chicas de esas fotos.

—¿Háblanos? ¿Qué dices, tío? Joder, ¡cómo duele! —gritó.

Hay gente que no lo pilla. Volví a meterle la bola de plástico en la boca y puse manos a la obra.

Casi me dejo llevar; comprensible, dadas las circunstancias. El corazón me latía a cien por hora y tenía que hacer un gran esfuerzo para evitar que me temblara la mano. Pero puse manos a la obra: explorando, buscando algo que siempre estaba más allá de las yemas de mis dedos. Excitante, y tremendamente frustrante. Dentro de mí ascendía el nivel de presión, subiendo por las orejas y pidiendo a gritos que le diera rienda suelta… pero me contuve. Sólo esa creciente presión, y la sensación de que había algo maravilloso más allá de mis sentidos, esperando a que lo encontrara y me sumergiera en ello. Pero no lo encontré, y ninguna de mis antiguas costumbres me proporcionó la menor alegría. ¿Qué podía hacer? Llevado por la confusión abrí una vena y un horrible charco de sangre empapó el plástico que envolvía al bedel. Me detuve durante un instante, buscando una respuesta y sin hallar nada. Aparté la mirada, la posé en la ventana. Me quedé con la vista fija, olvidándome hasta de respirar.

La luna descansaba sobre el agua. Por alguna razón que no alcanzaba a explicar eso me pareció tan adecuado, tan necesario, que por un momento me quedé mirando el agua, contemplando aquel brillo perfecto. Me tambaleé y tropecé con la mesa, y eso me hizo recobrar la conciencia. Pero la luna… ¿o había sido el agua?

Estaba tan cerca… Tan cerca de algo que casi podía olerlo, pero ¿qué era? Me recorrió un escalofrío… y eso también me pareció adecuado, tan adecuado… que se iniciara toda una serie de escalofríos hasta que los dientes castañetearan. ¿Pero por qué? ¿Qué significaba? Había algo allí, algo importante, una pureza y claridad abrumadoras cabalgando sobre la luna y el agua, más allá de la hoja del cuchillo de carnicero, y no podía captarlo.

Devolví la atención al bedel. Me ponía de tan mal humor: el modo en que estaba tumbado, cubierto con señales improvisadas y sangre innecesaria. Pero resultaba difícil mantenerse enojado con aquella hermosa luna de Florida derramándose ante mí, con aquella brisa tropical que avanzaba en el aire, la bella sinfonía nocturna compuesta por la flexible cinta aislante y los jadeos de pánico. Casi me eché a reír. Hay personas que mueren por razones bien extrañas, pero esta horrible cucaracha estaba muriendo por un cable de cobre. Y la expresión de su cara: tan dolida, perpleja y desesperada. De no haberme sentido tan frustrado habría sido hasta divertido.

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