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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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(Por supuesto, sé que no hay aire en el espacio entre las estrellas. No sean tan estúpidamente literales. Sólo intenten comprender el sentido de lo que estoy queriendo decir)

El Decimoquinto estaba muriéndose, y arrastraba poderosos tornados en su estela. Y luego, cuando el rugir cesara y la mortal quietud se adueñara de todo, habría que nombrar a alguien como Decimosexto y poner el universo en sus manos. Sunteil, Periandros, Naria, ésas eran las elecciones. Los tres lores del Imperio. Bien, no había ninguna sorpresa allí. Los conocía a los tres. Les había visto ascender y les había visto ocupar sus posiciones. Año tras año de sutiles empujes y maniobras hasta que el poder estuvo a su alcance; y ahora sólo quedaba una maniobra más. Y los nervios de todos se crispaban a punto de estallar hasta que todo hubiera acabado.

(Cuánto más fácil hubiera sido para todos, supongo, que hubiéramos establecido desde un principio el Imperio como una monarquía hereditaria. Con el heredero evidente conocido desde mucho antes por todo el mundo. No existiría nada de este horrible temor a un caótico interregno. Mucho tiempo para que los burócratas sobre cuyos hombros descansa realmente todo el sistema pudieran evaluar al nuevo hombre y elaborar cómo mantenerlo bajo control, de modo que todo siguiera fluyendo por los cauces esperados tras el cambio de poder)

(Mucho más fácil, sí. Pero muy estúpido también, y a largo plazo catastrófico. La historia de las monarquías hereditarias nos dice que son lo mismo que tirar los dados…, puedes tener suerte y conseguir cinco u ocho buenas tiradas sucesivas, pero es imposible seguir así siempre, y más pronto o más tarde puedes estar absolutamente seguro de perder. La historia está sembrada de los oxidados restos de las monarquías dinásticas. Es decir, la historia gaje, Desde el principio de los tiempos nosotros los roms hemos tenido el suficiente buen sentido como para confiar sólo en los líderes elegidos)

Entre los contendientes de la inminente disputa por el Imperio, Sunteil era el más de mi agrado. El viejo diablo estaba metido dentro de aquel hombre. Podías ver la malicia en sus ojos: la chispa, el destello. Sunteil era un hombre de Fénix, en Haj Qaldun, el mundo natal de Chorian, un lugar de desiertos de arenas tostadas y perenne calor. Si el calor de Fénix no te vuelve loco, te vuelve listo y brillante. Entre los roms del Reino hay un dicho: «Cuenta tres veces tus dientes cuando beses a alguno de Fénix» Sunteil era de este tipo. Siniestro y tortuoso. Mi tipo de hombre. Casi merecía ser rom.

Julien había elegido alinearse con Periandros. No podía entenderlo. ¡Ese pequeño y opaco contable! No era en absoluto el tipo de persona para Julien. ¿Qué había hecho Periandros para comprarlo…, prometerle que le construiría una nueva Francia para él en alguna parte, y lo sentaría en su trono como rey?

El planeta natal de Periandros era Sidri Akrak, un mundo donde los más hirsutos monstruos con rostros de pesadilla recorren gritando las calles de las ciudades, cosas con colmillos negros y carnosidades rojizas, con protuberantes y feroces ojos del tamaño de platos, con cuernos que se ramifican un centenar de veces y están rematados por terribles tentáculos urticantes. Los visitantes de Sidri Akrak, si no son advertidos, se hunden a veces en terribles colapsos nerviosos antes de transcurrir quince minutos de estancia. Y sin embargo los akrakianos toman a sus monstruosidades como algo simplemente casual, como si no fueran más que perros o gatos. Así es como son: almas de contables. Nada les alcanza. No tienen ni sangre ni testículos ni nada en sus cabezas excepto alguna especie de engranajes cliqueteantes y zumbantes, o así me lo parece al menos. ¡Cómo los desprecio! Y Periandros era un akraki del akrakikan, lo más puro entre lo puro. He conocido robots con más pasión en una simple articulación que él en todo su cuerpo. Sin embargo, había conseguido el favor del Decimoquinto emperador y se había alzado de la oscuridad hasta los pies mismos del trono. Ahora parecía estar en disposición de alcanzarlo. No sé: quizá algo como Periandros sea el tipo de criatura mejor adaptada para reinar en el Imperio Gaje. Ha habido emperadores akraki antes, y no fueron los peores. Supongo que los gaje consiguen el tipo de emperadores que merecen.

Y Naria. El más joven; era al que menos conocía de los tres. Un nativo de Vietoris que exhibía en su piel el más profundo de los tonos púrpura y en su pelo un llameante escarlata que caía hasta sus hombros. Parecía demasiado frío y calculador para mi gusto. No me interpreten mal…, un poco de cálculo está bien; todos somos un poco calculadores; pero la frialdad es otro asunto. Quizá sintiera prejuicios hacia él por el hecho de sus orígenes vietorianos, mi propio mundo natal en cierto modo, aunque nunca fuera para mí un «hogar», sino simplemente el lugar donde nací —en la esclavitud—, y de donde fui arrancado de mi padre y vendido de nuevo antes de que supiera nada de nada. Me resulta difícil pensar en Vietoris o en ninguno de sus habitantes gaje sin estremecerme, aunque todos me dicen que es un mundo gentil y encantador. Lord Naria de Vietoris puede que tenga muchos rasgos amables destellando como tesoros enterrados en algún lugar muy dentro de su alma, pero nunca he visto ninguna prueba de ellos, y le deseaba un absoluto fracaso en la confrontación que se abría ante él.

Sunteil, Periandros, Naria. Si yo regresaba al Imperio, ¿conseguiría influir en la elección? ¿Debía? ¿Podía? Julien de Gramont estaba en lo cierto respecto a que debía interesarme por la lucha que se avecinaba. Quien gobierne el Imperio es un asunto que concierne tanto a los roms como a los gaje: después de todo, compartimos una misma galaxia. Y sólo un estúpido pensaría que es posible separar de alguna forma real los intereses de los roms de los intereses de los gaje; las dos razas son interdependientes, y eso es algo que sabemos demasiado bien. Lo cual fue precisamente el motivo de que fuéramos los roms los que erigiéramos el Imperio.

(¡Intenten hacer que un gaje crea eso! ¿Pero por qué deberíamos intentarlo?)

—Bien, ¿regresarás al fin? —preguntó Julien.

Habíamos comido y comido y luego habíamos comido un poco más, y ahora él había sacado del sobrebolsillo una botella de un espléndido y viejo cotac de reflejos dorados de Galgala que pasaba sin ninguna dificultad. Pero yo había aprendido, cuando apenas era un muchacho que vivía en el elegante palacio de Loiza la Vakako, cómo impedir que mi cerebro fluyera hacia fuera a medida que el alcohol fluía hacia dentro.

A votre santé —exclamé, alzando mi copa hacía él.

Alzó la suya.

—Caballos y riqueza —dijo en buen romani.

Bebimos. Hice seña de que llenara de nuevo las copas.

—Esplendor y gracia —dijo.

—Alegría y perversidad —respondí.

—¡Delicias y exquisiteces!

—¡Diversión y libertinaje!

—¡A tu edad, eres un bribón, Yakoub! —exclamó.

—Oh, no. En el fondo soy una persona muy prosaica. Soy tan insípido como tu Lord Periandros, amigo mío. ¿Debemos tomar otra copa y decir que la fiesta ha terminado?

—¿Por qué no vuelves al Imperio? —preguntó una vez más —. Has estado fuera cinco años. ¿No es suficiente?

—A mí no me lo parece.

—El caos caerá sobre nosotros cuando muera el emperador. ¿Puedes permitir que ocurra eso?

—¿Cómo puedo impedirlo? De todos modos, a veces el caos es algo deseable.

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