Una Familia Prestada
- Автор: Филдинг Лиз
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Una Familia Prestada». Краткое содержание книги:
A Jessie la habían obligado a ocuparse de su sobrino durante una temporada y, como consecuencia, había sido desalojada de su exclusivo apartamento. ¡No le quedaba más remedio que dejar que Patrick pensara que era madre soltera para que no la hiciera marcharse! Luego descubrió por qué él se mostraba tan cauteloso respecto al amor y los bebés; y para entonces, ¿cómo iba a confesarle la verdad?
Jessie suspiró.
– Está bien, si insistes -entró en la habitación, y se detuvo en seco. Había sufrido una verdadera transformación: cortinas verdes en las ventanas y una cama, con la mesita y el tocador a juego de madera provenzal. Las sábanas y la colcha también eran nuevas. Los operarios que habían traído los muebles esperaban su aprobación, así como la señora que parecía haberse encargado de las cortinas y la ropa de cama-. Patrick, no sé qué decir.
– Eso significa que le gusta -dijo el jefe de los operarios, en tono confidencial.
– Prefiero oírselo decir a la señora -afirmó Patrick, señalando la cama.
Jessie probó los muelles.
– Parece que está bien -dijo.
– ¿No crees que deberías echarte para asegurarte?
Sabía que estaba bromeando. Tal vez había sido demasiado dura con él. Decidió seguirle la broma, se quitó los zapatos, y se echó sobre la cama.
– Es fantástica -afirmó, e incluso puso los brazos detrás de la cabeza-. Te invitaría a probarla, pero a lo mejor luego me la quieres cambiar.
– ¿Tan buena es? -primero se sentó en el borde, y después se tumbó al lado de Jessie, que sintió que le daba un vuelco el corazón-. Nos la quedamos -dijo Patrick, y sin moverse firmó la nota que le acercaba el repartidor, y le dio una propina-. Cierren la puerta cuando salgan, por favor.
Ninguno de los dos habló. Minutos después oyeron cerrarse la puerta, y dedujeron que los trabajadores ya se habían marchado. El silencio se volvió a apoderar de la habitación, hasta que Jessie solo llegó a oír su propio pulso martilleándole los oídos. Cuando ya no lo pudo soportar más, dijo:
– No tenías que haberte molestado tanto, Patrick. Para las pocas semanas que me voy a quedar, solo necesitaba una cama…
– Supongo que no pensarías tener la ropa en las maletas.
– Bueno… no.
Continuaron mirando el techo, con la misma atención que si estuvieran contemplando la Capilla Sixtina.
– Si te vas a quedar, debes estar cómoda.
Jessie se preguntó cómo podría haber pensado alguna vez que Graeme era guapo. Comparado con el hombre que tenía a su lado, no valía nada. Apretó la ropa de cama con las manos, para no tocarle la cara, ni morderle los labios, saborearlos, poseerlos…
– Así nunca te vas a librar de mí, ¿sabes?
– ¿Ah, no? Bueno, a lo mejor lo que sucede es que estoy acostumbrándome a tenerte cerca -se puso de lado, y la miró-. Tal vez no quiera librarme de ti.
A Jessie casi se le para el corazón al oírlo.
– Pero, ya sabes que no soy una buena ama de casa. No sé cocinar…
– ¿Ni siquiera freír unas chuletas de ternera? -su voz le produjo el mismo efecto que la seda contra la piel, y Jessie pensó que lo mejor sería que se levantara lo antes posible.
– Eso, precisamente, es lo que me… menos sé ha… hacer -tartamudeó, sin ser capaz de moverse.
– ¿Por qué no sabes cocinar? Te gusta comer, ¿no? -bromeó.
– Sí, pero… cuando se cocina para uno -tomó aliento-, bueno, normalmente para uno, no apetece hacer cosas elaboradas.
– ¿Entonces comíais fuera cuando estabais juntos Graeme y tú? -preguntó sorprendido.
Al darse cuenta de que parecía querer saber todos los detalles escabrosos de su relación, Jessie se sintió decepcionada, y le empezó a costar menos respirar.
– No. Solíamos pedir la comida por teléfono. Yo estaba muy ocupada, y él no sabía… bueno más bien no quería hacer el esfuerzo de cocinar.
– Mi madre siempre dice que no se puede confiar en un hombre que no sabe cuidar de sí mismo -le dijo Patrick-. Nunca se puede estar seguro de por qué está contigo.
– Pues la mía dice que se puede saber cómo es un hombre por el modo en que sabe desenvolverse cuando se te pierde el equipaje, si llueve durante una excursión campestre, o tiene que poner las luces al árbol de Navidad -respondió Jessie-. Por desgracia, no te encuentras con frecuencia con las circunstancias de las luces o el equipaje, y nosotros no salíamos al campo -se volvió hacia él-. La autosuficiencia dice mucho más de una persona. Tu madre es una mujer inteligente.
– Sí, y a ella le encanta decírmelo. La verdad es que siempre pensé que era su estrategia para hacerme cocinar y ser ordenado. ¿Cómo lo conociste?
Jessie se sorprendió de lo poco que le costaba hablar de Graeme. Del poco daño que le hacía ya.
– Llamó a mi puerta para pedirme café, como en ese estúpido anuncio de la tele. Bueno, era actor, o al menos eso decía él. A lo mejor se había presentado a la selección de actores para ese papel. En fin, que me dejé engañar por aquella sonrisa deslumbrante y su mirada de hombre desamparado. Con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que seguramente las había ensayado frente al espejo.
– Entonces, ¿era vecino tuyo? -le preguntó Patrick sorprendido.
Jessie frunció el ceño.
– No. Estaba en casa de unos amigos que compartían piso una planta más arriba de la mía. Dormía en el sofá. De nuevo, con el paso del tiempo he llegado a la conclusión de que lo debía de hacer muy a menudo.
– Ya entiendo.
– Pues, por desgracia, yo, entonces, no entendí nada. Sospecho que sus amigos estaban hartos de tenerlo durmiendo en el salón, y decidieron colocármelo a mí que tenía una cama de matrimonio que no compartía con nadie.
– ¡Qué buena gente!
– Probablemente lo fueran, pero estaban desesperados por deshacerse de aquel huésped molesto -sonrió-. Lo mismo que tú.
– ¡Vaya golpe bajo!
– Tienes razón. Lo siento -instintivamente puso una mano sobre la de Patrick-. Tú no te pareces en nada a ellos. Absolutamente en nada.
– Eres demasiado generosa, por la cuenta que te tiene.
– Sí, debo de serlo, porque me pedía dinero continuamente, y yo se lo daba. Cincuenta libras un día, porque tenía que cortarse el pelo para una selección de actores. Cien otro, para llevar a comer a su agente. No me di cuenta de cuánto dinero le llevaba prestando hasta que no me llegaron los extractos del banco, y parecí recuperar el sentido común. Le propuse que contribuyera con los gastos de la casa, y no le hizo ninguna gracia. Mientras tanto, me hacía creer que me había regalado el anillo de compromiso de su madre, para que pensara que lo nuestro iba en serio, cuando en realidad seguramente había utilizado aquel anillo montones de veces más, y se lo habrían terminado tirando a la cara. Lo que tenía que haber hecho era haberlo metido en el cubo de la basura.
– ¿Y tus vecinos nunca te advirtieron?
– ¿De que hacía con todas lo mismo? ¿Por qué iban a hacerlo? Eran amigos suyos. Por eso no me pude quedar allí luego. Cuando me di cuenta de todo, no podía soportar encontrármelos en el portal. Me sentía estúpida. Por eso decidí mudarme.
– Pero, pensé que te habías mudado porque… -Patrick se encogió de hombros-. Bueno, no importa.
– Tienes razón, ya no importa, porque todo ha terminado. Es algo olvidado.
– Te lo has tomado muy bien. Conozco a gente que ha asesinado por menos.
– Porque eres abogado, y has conocido a gente que después de haber aguantado demasiado, llega un momento en que no puede más. En mi caso solo me dejé tomar el pelo -se estiró-. Tengo que admitir que estuve una temporada con la autoestima por los suelos, y decidida a no volverme a implicar emocionalmente con un hombre en mi vida.
– ¿Pero? -le preguntó con dulzura, acercándose más a ella, sin soltarle la mano.
– ¿Por qué dices «pero»?
– Pensé que lo ibas a decir tú.
– ¿Ah, sí? -tragó saliva-, bueno supongo que hay que salir adelante, continuar viviendo dejando atrás las malas experiencias…
Calló al sentir la mano de Patrick en su mejilla, bajar después hasta sus labios, y acariciárselos con el pulgar, para más tarde enredar los dedos en sus cabellos, y atraer su rostro para, seguramente, darle el tipo de beso que solo podía llevarlos después a otra cosa.