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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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Esto no estaba bien, Elemak atacándolo de ese modo, y además frente a Nafai. Oh, y por cierto, aquí vienen Vas y Obring, ellos tienen que ser testigos de esta muestra del absoluto desprecio que Elemak siente por mí.

—¿Conque de pronto los mandriles son animales sagrados? —preguntó Meb.

—No los matas, y no los comes —dijo Elemak.

—¿Por qué no?

—Porque son inofensivos, y comerlos sería como canibalismo.

—Entiendo —dijo Meb—. Eres uno de esos tíos que se creen que los mandriles son mágicos. Todas sus tribus tienen una marmita de oro escondida en alguna parte, y si te portas bien y los alimentas, entonces, después de haberse engullido todos los comestibles de la comarca y destrozado tu casa mientras buscaban más, regresarán a su escondrijo y te traerán la marmita.

—Más de un viajero perdido en el desierto llegó a destino gracias a los mandriles.

—Claro. ¿Eso significa que debemos dejar que todos ellos vivan para siempre? Te contaré un secreto, Elya. Morirán tarde o temprano. ¿Por qué no ahora, para practicar? No estoy diciendo que tengamos que comerlos.

—Y yo estoy diciendo que tú no cazarás más. Dame el pulsador.

—Sensacional —dijo Meb—. ¿Así que debo ser el único hombre sin pulsador?

—Los pulsadores son para cazar. Nafai será un buen cazador, y tú no.

—¿Cómo lo sabes? Es el primer día que lo hacemos en serio.

—Y el último para ti, porque jamás tendrás un pulsador en las manos mientras yo viva.

Para Mebbekew fue como una puñalada en el corazón. Elemak lo despojaba de toda su dignidad, ¿y por qué? Por un estúpido mandril. ¿Cómo podía hacerle esto? Y además frente a Nafai.

—Oh, entiendo. Así es como demuestras tu adoración por el rey Nafai.

Hubo una pausa durante la cual Meb temió haber ido demasiado lejos, y que Elya decidiera matarlo o darle una zurra. Luego Elemak habló.

—Regresa al campamento con la liebre, Nafai. Zdorab querrá guardarla en el refrigerador antes de comenzar el guisado por la mañana.

—Sí —dijo Nafai, deslizándose cuesta abajo hacia el suelo del valle.

—Podéis seguirlo —dijo Elemak a Vas y Obring, que acaban de bajar torpemente por la cuesta, aterrizando sobre las posaderas.

Vas se levantó y se sacudió el polvo.

—No cometas ninguna estupidez, Elya —dijo Vas. Se volvió y bajó por donde había ido Nafai.

Como Meb supuso que las palabras de Vas serían todo el apoyo que conseguiría, decidió aprovecharlas al máximo.

—Cuando regreses al campamento, dile a mi padre que he muerto porque el pequeño accidente de Elya con el pulsador no fue un accidente.

—Sí, díselo —dijo Elemak—. Eso le confirmará lo que Padre sospecha hace tiempo, que Meb está loco de atar.

—No le diré nada, por ahora… a menos que ambos no regreséis al campamento de inmediato —dijo Vas—. Vamos, Obring.

—No soy tu cachorro —dijo Obring.

—Vale, quédate —dijo Vas.

—¿A hacer qué? —preguntó Obring.

—Si tienes que preguntar, será mejor que vengas conmigo —dijo Vas—. No queremos inmiscuirnos en esta pequeña riña familiar.

Meb no quería que se fueran. Quería contar con testigos.

—Elemak es supersticioso —les gritó—. Se cree esas viejas historias que cuentan que si matas un mandril, su tribu viene y secuestra tus hijos. ¡Eiadh debe estar encinta, eso es todo! Regresad aquí e iremos juntos al campamento.

Pero ellos no regresaron.

—Escucha, lo lamento —dijo Meb—. No tienes por qué hacer tanto escándalo. Ni siquiera le acerté al mandril.

Elemak se inclinó hacia él.

—Nunca más empuñarás un pulsador.

—Fue Nafai quien me disparó a mí. Me quitas el arma por dispararle a un mandril, pero Nafai me dispara a mí y él conserva la suya.

—No mates animales que no piensas comer. Es otra ley del desierto. Pero tú sabes por qué te quito el pulsador, y no es por el mandril.

—¿Entonces por qué?

—Te desvivías por matar a Nafai.

—Conque ahora me lees los pensamientos.

—Te leo el cuerpo, y Nafai tampoco es tonto. Él sabe lo que planeabas. ¿No comprendes que en cuanto hubieras intentado mover el pulsador él te habría volado la cabeza?

—No tiene agallas para eso.

—Tal vez no —dijo Elemak—. Y tal vez tú tampoco. Pero no tendrás la oportunidad.

Era lo más estúpido que Meb había oído decir jamás.

—Hace un par de días, en el desierto, trataste de amarrarlo y abandonarlo.

—Hace un par de días creía que podíamos regresar a la civilización —dijo Elemak—. Pero las perspectivas han cambiado. Estamos varados aquí, todos juntos, nos guste o no, y si Eiadh no está encinta pronto lo estará.

—Siempre que averigües cómo se hace.

Notó que se había extralimitado, pues Elemak movió el brazo izquierdo y le asestó un bofetón en la nariz.

—¡Ay! —Mebbekew se cogió la nariz, y las manos se le mancharon de sangre—. ¡Marica, peedar, afeminado!

—Vaya —dijo Elemak—. Veo que el dolor te vuelve elocuente.

—Ahora tengo toda la ropa manchada de sangre.

—Eso te ayudará a mantener la ilusión de que eres viril. Escúchame, y escúchame bien, porque hablo en serio. La próxima vez te romperé la nariz, y la seguiré rompiendo cada vez que te vea conspirar contra alguien. Una vez traté de liberarme de esta lamentable circunstancia, pero no pude, y tú sabes por qué.

—Sí, el Alma Suprema es más hábil que yo con las cuerdas —dijo Meb.

—Conque aquí estamos, y nuestras mujeres tendrán hijos, y esos hijos crecerán. ¿Lo entiendes? Este grupo, estas dieciséis personas, serán el mundo donde crecerán nuestros hijos. Y no será un mundo donde un blandengue como tú asesine a alguien porque no le deja disparar contra un mandril. ¿Me entiendes ?

—Claro. Será un mundo donde machos rudos como tú se divierten golpeando a los demás.

—Nadie te golpeará si te comportas. No habrá muertes, punto. Porque, por muy listo que te creas, estaré allí antes que tú, esperándote, y te haré trizas. ¿Me entiendes, actorzuelo?

—Entiendo que le estás lamiendo el trasero a Nafai —dijo Mebbekew. Casi esperaba que Elemak le pegara de nuevo, pero Elya rió entre dientes.

—Tal vez. Tal vez así sea, por el momento. Pero Nafai también me lame el trasero a mí, por si no lo has notado. Tal vez hasta hagamos las paces. ¿Qué te parece?

Me parece que tienes riñones de camello en vez de sesos, y por esto tu cháchara no es más que orina caliente en el polvo.

—La paz me parece maravillosa, mi querido y amable hermano mayor —dijo Meb.

—Sólo recuerda eso —dijo Elemak—, y yo trataré de hacer que tus afectuosas palabras se vuelvan sinceras.

Rasa les vio llegar. Primero Nafai, con una liebre en el morral, radiante de triunfo, aunque, siendo Nafai, tratando en vano de ocultar su orgullo; luego Obring y Vas, cansados, aburridos, sudorosos y desalentados; y por último Elemak y Mebbekew, taimados y jocosos, como si ellos fueran los que habían cazado la liebre, como si fueran conspiradores a la conquista del universo. Nunca los entenderé, pensó Rasa. No podía haber dos hombres más distintos, Elemak tan fuerte, competente, ambicioso y brutal, Meb tan débil, mentecato, lujurioso y timorato, y sin embargo siempre parecían compartir las bromas, mofándose de todos los demás desde una elevada cima de picardía personal. Nafai podía irritar con su incapacidad para ocultar su deleite en sus logros, pero no hacía sentir sucios y ruines a los demás con sólo estar junto a ellos, como Mebbekew y Elemak. No, soy injusta, se dijo Rasa. Estoy recordando ese alba en el desierto. Estoy recordando el pulsador apuntado contra la cabeza de Nafai. Nunca perdonaré a Elemak. Tendré que vigilarlo cada día del viaje, para velar por mi hijo menor. Es lo único bueno de Mebbekew. Es tan cobarde que no hay que temer nada de él.

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