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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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Poco después, Hatsumono y Korin se detuvieron delante de una puerta de madera.

– Vas a subir las escaleras y entregar este kimono a la criada que esté allí -me dijo Hatsumono-. O si Doña Perfecta abre la puerta, se lo das a ella. No digas nada. Limítate a entregarlo. Nosotras te miraremos desde aquí abajo.

Con esto, me puso en las manos el paquete con el kimono, y Korin abrió la puerta. Unos pulidos escalones de madera conducían a la oscuridad. Yo iba temblando de miedo, de tal modo que no pude pasar de la mitad y me detuve. Entonces oí que Korin me susurraba desde abajo:

– Sigue, sigue, pequeña. Nadie te va a comer, a no ser que vuelvas con el paquete todavía en las manos…, en cuyo caso, tal vez, nos lo pensaríamos. ¿No es verdad, Hatsumono?

Hatsumono suspiró y no dijo nada. Korin se esforzaba por verme en aquella oscuridad; pero Hatsumono, que no estaba mucho más arriba que el hombro de Korin, se mordisqueaba las uñas sin prestar ninguna atención. Incluso entonces, muerta de miedo como estaba, no pude dejar de reparar en cuan extraordinariamente bella era. Puede que fuera tan cruel como una araña, pero estaba más encantadora allí mordiéndose las uñas que la mayoría de las geishas posando para una foto. Y el contraste con su amiga Korin era como comparar una piedra del camino con una piedra preciosa. Korin parecía incómoda con aquel peinado y los adornos del cabello, y siempre se estaba tropezando con el kimono. Mientras que Hatsumono llevaba el kimono como una segunda piel.

En el rellano, arriba de las escaleras, me arrodillé en la oscuridad y llamé:

– ¡Por favor! ¿Hay alguien por ahí? -esperé, pero no sucedió nada.

– Más alto -dijo Korin-. No te esperaban.

Así que volví a llamar:

– ¡Por favor!

– Un momento -dijo una voz amortiguada; y enseguida se abrió la puerta. La muchacha arrodillada al otro lado no era mayor que Satsu, pero era muy delgadita y nerviosa como un pájaro. Le entregué el paquete con el kimono. Se quedó muy sorprendida y me lo arrebató de las manos casi desesperada.

– ¿Quién anda ahí, Asami-san? -dijo una voz desde el interior. Se veía una lamparilla de papel encendida sobre un pedestal antiguo, colocado junto a un futón recién abierto. Era el futón de la geisha Mameha; lo sabía por las sábanas impolutas y la elegante colcha de seda, así como la takamakura, «almohada alta», igual que la que usaba Hatsumono. En realidad, no era verdaderamente un almohada, sino una base de madera con una hendidura acolchada en el centro para poner el cuello; era la única manera en que podían dormir las geishas sin echar a perder sus elaborados peinados.

La criada no contestó, pero abrió el paquete haciendo el menor ruido posible, sacó el kimono e intentó ponerlo a la escasa luz que salía del interior. Cuando vio las manchas de tinta, ahogó un grito, tapándose la boca con la mano. Las lágrimas no tardaron en correrle por las mejillas, y entonces se oyó una voz:

– ¡ Asami-san! ¿Quién está ahí?

– ¡Nadie, nadie, señorita! -le contestó la criada. Me dio mucha lástima verla secarse las lágrimas con la manga rápidamente.

Antes de que cerrara la puerta, alcancé a ver a su señorita. Enseguida comprendí por qué Hatsumono llamaba a Mameha «Doña Perfecta». Su cara era un óvalo perfecto, como el de una muñeca, y tan lisa y delicada como la porcelana, incluso sin maquillar. Avanzó hacia la puerta y se asomó al hueco de la escalera intentando ver algo, pero en ese momento la criada cerró la puerta y desapareció de mi vista.

A la mañana siguiente, al volver de la escuela, vi que Mamita, la Abuela y la Tía se habían encerrado en la sala del primer piso. Estaba segura de que estaban hablando del kimono; y, como era de esperar, en el momento en que Hatsumono entró de la calle, una de las criadas fue a decírselo a Mamita, que salió al vestíbulo y la detuvo al pie de la escalera.

– Esta mañana han venido a visitarnos Mameha y su doncella -dijo.

– Ya sé lo que me vas a decir, Mamita. Siento horrores lo del kimono. Intenté detener a Chiyo, pero fue demasiado tarde. ¡Debió de creer que era mío! No comprendo por qué me empezó a odiar nada más llegar aquí… Pensar que ha destrozado un kimono como ése sólo para hacerme daño a mí.

Para entonces, la Tía había salido renqueando al vestíbulo. «Matte mashita!», le gritó. Yo entendí perfectamente sus palabras; significaban «Te estábamos esperando». Pero no tenía ni idea de qué quería decir con ellas. En realidad, era bastante ingenioso, pues eso es lo que grita a veces el público cuando una gran estrella del Kabuki hace su entrada en el escenario.

– ¿Acaso estás sugiriendo que yo tengo algo que ver con ese kimono, Tía? ¿Por qué iba yo a hacer algo así?

– Todo el mundo sabe que odias a Mameha -le respondió la Tía-. Odias a todas a las que les va mejor que a ti.

– ¿Me estás diciendo que debería tenerte mucho cariño sólo porque eres la viva imagen del fracaso?

– Basta ya -dijo Mamita-. Ahora escúchame, Hatsumono. No pensarás que somos lo bastante estúpidas para creernos el cuento. No permitiré este comportamiento en la okiya, ni siquiera en ti. Respeto mucho a Mameha. No quiero oír que vuelve a suceder algo parecido. Y en lo que respecta al kimono, alguien tiene que pagarlo. No sé lo que pasó anoche, pero no hay discusión sobre quién agarraba el pincel. La criada vio que la chica lo tenía en la mano. Así que será la chica la que pague -dijo Mamita, y luego volvió a meterse la pipa en la boca.

Entonces salió la Abuela de la sala y ordenó a una criada que trajera la vara de bambú.

– Chiyo tiene demasiadas deudas -dijo la Tía-. No entiendo por qué tiene que pagar también las de Hatsumono.

– Ya hemos hablado suficiente sobre el asunto -dijo la Abuela-. La chica será azotada y tendrá que devolver el coste del kimono. Y no se hable más. ¿Dónde está la vara de bambú?

– Yo misma la pegaré -dijo la Tía-. No vaya a ser que se te resientan los huesos otra vez, Abuela. Ven conmigo, Chiyo.

La Tía esperó a que la criada trajera la vara y me condujo al patio. Estaba tan enfadada que tenía las aletas de la nariz más grandes de lo normal y los ojos parecían puños de tan salidos como estaban. Desde que había llegado a la okiya había tenido siempre mucho cuidado de no hacer nada que me pudiera costar una paliza. De pronto me entró mucho calor, y se me empezaron a borrar las losas que estaba pisando. Pero en lugar de pegarme, la Tía dejó la vara contra la pared del almacén y luego se acercó a mí y me dijo sin alzar apenas la voz:

– ¿Qué le has hecho a Hatsumono? Está decidida a acabar contigo. Tiene que haber alguna razón, y quiero conocerla.

– Le juro, Tía, que siempre me ha tratado así, desde que llegué. Ni siquiera sé qué le he hecho para que se porte así conmigo.

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