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Электронная книга - «Memorias De Una Geisha». Краткое содержание книги:

En esta maravillosa novela escuchamos las confesiones de Sayuri, una de las más hermosas geishas del Japón de entreguerras, un país en el que aún resonaban los ecos feudales y donde las tradiciones ancestrales empezaban a convivir con los modos occidentales. De la mano de Sayuri entraremos un mundo secreto dominando por las pasiones y sostenido por las apariencias, donde sensualidad y belleza no pueden separarse de la degradación y el sometimiento: un mundo en el que las jóvenes aspirantes a geishas son duramente adiestradas en el arte de la seducción, en el que su virginidad se venderá al mejor postor y donde tendrán que convencerse de que, para ellas, el amor no es más que un espejismo. Apasionante y sorprendente, Memorias de una geisha ha batido récords de permanencia en las listas de superventas de todo el mundo y conquistado a lectores en más de veintiséis idiomas. Su publicación en Suma coincide con el estreno en España de la superproducción basada en esta novela.
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– Pues a mí sí que me apetece -dijo su amiga, pero ya era demasiado tarde-. ¿Por qué has tirado el mío?

– i Venga, calla ya, Korin! -dijo Hatsumono-. Ya has bebido bastante. Mira esto ahora, porque te vas a morir de alegría cuando lo veas -y diciendo esto, Hatsumono desató el cordel de uno de los paquetes y extendió sobre la pasarela un precioso kimono en diferentes tonos de verde, con un estampado de vides con hojas rojas. Era de verdad una gasa de seda maravillosa, aunque de verano y poco apropiada para el otoño. La amiga de Hatsumono, Korin, se quedó tan sorprendida que de tanto que contuvo el aliento, se atragantó con su propia saliva, lo que hizo que las dos volvieran a echarse a reír. Yo decidí que había llegado el momento de desaparecer. Pero Hatsumono dijo:

– No te vayas, Señorita Estúpida -y entonces se volvió a su amiga y le dijo-: Vamos a divertirnos un rato, Korin-san. Adivina de quién es este kimono.

Korin seguía tosiendo, pero cuando pudo hablar dijo:

– ¡Cómo me gustaría que fuera mío!

– Pues no lo es. Pertenece ni más ni menos que a la geisha que las dos más odiamos en el mundo.

– ¡Ay, Hatsumono, eres genial! Pero ¿de dónde has sacado un kimono de Satoka?

– ¡No me refiero a Satoka! ¡Hablo de Doña Perfecta!

– ¿De quién?

– De Doña Yo-soy-la-mejor…, ni más ni menos.

Se produjo un silencio, y entonces dijo Korin:

– ¡Mameha! ¡Es un kimono de Mameha! ¡Cómo es posible que no lo haya reconocido! ¿Cómo te las has arreglado para conseguirlo?

– Hace unos días, me olvidé algo en el Teatro Kaburenjo después del ensayo -dijo Hatsumono-. Y cuando volví a buscarlo, oí unos gemidos que salían de las escaleras del sótano. Así que pensé: «No puede ser. Eso sería demasiado divertido». Y cuando bajé y encendí la luz, adivina a quiénes me encontré tirados en el suelo pegados como dos granos de arroz.

– ¡No puedo creerlo! ¡A Mameha!

– No seas tonta. Mameha es demasiado remilgada para hacer semejante cosa. Era su doncella, con el guarda del teatro. Sabía que haría cualquier cosa con tal de que me callara la boca, así que fui a verla más tarde y le dije que quería el kimono de Mameha. Empezó a llorar cuando se dio cuenta de cuál le estaba diciendo.

– ¿Y qué hay en el otro? -preguntó Korin, señalando el siguiente paquete, todavía sin abrir.

– Éste es uno que le hice comprar a la chica con su dinero y que ahora es mío.

– ¿Con su dinero? -preguntó Korin-. ¿Qué criada posee el dinero suficiente para comprar un kimono?

– Bueno, si no lo ha comprado, como me dijo, no quiero saber de dónde lo ha sacado. En cualquier caso, la Señorita Estúpida va a ir a guardarlo en el almacén.

– Hatsumono-san, a mí no me está permitido entrar en el almacén -dije yo inmediatamente.

– Si quieres saber dónde está tu hermana mayor, no me hagas repetir dos veces las cosas esta noche. Tengo proyectos para ti. Luego me podrás hacer una sola pregunta, y yo te la responderé.

No diré que la creí; pero no cabía duda de que Hatsumono podía hacer mi vida miserable de mil maneras diferentes. No me quedaba más remedio que obedecerla.

Puso el kimono -envuelto en su papel- en mis brazos y me condujo al almacén, al fondo del patio. Abrió la puerta y encendió el interruptor de la luz con un golpe seco. Vi estantes llenos de sábanas y almohadones, así como varios baúles cerrados y unos cuantos futones enrollados. Hatsumono me agarró por el brazo y señaló la escalera de mano apoyada en el muro exterior.

– Los kimonos están ahí arriba -dijo.

Subí hasta arriba y abrí una puerta corredera. El almacén superior no tenía estantes, como abajo. En su lugar, había cajas de laca rojas apiladas junto a las paredes; las pilas llegaban casi hasta el techo. Entre las dos paredes de cajas había un estrecho pasillo, con unos ventanucos cubiertos con esteres en los extremos, para la ventilación. El espacio estaba iluminado con la misma luz desnuda del inferior, pero más fuerte; así que cuando entré, pude leer los caracteres negros escritos en el frente de las cajas. Decían cosas como Kata-Komon, Ro (estampados en gasa de seda) y Kuromontsuki, Awase (vestidos de etiqueta con forro). A decir verdad, por entonces no entendía todos los caracteres, pero me las apañé para encontrar la caja con el nombre de Hatsumono. Me costó bajarla, pero por fin pude añadir el nuevo kimono a los otros que contenía la caja, también envueltos en papel de lino, y volví a ponerla en su sitio. Por curiosidad, abrí otra de las cajas y vi que estaba llena hasta arriba de kimonos, tal vez quince o más, e igual estaban el resto. Al ver el almacén comprendí el miedo al fuego de la Abuela. Aquella colección de kimonos valía tanto como toda la riqueza de Yoroido y Senzuru juntos. Y como supe mucho más tarde, los más caros se almacenaban en otra parte. Sólo se los ponían las aprendizas de geisha; y como Hatsumono ya no podía llevarlos, estaban guardados en una caja fuerte hasta que volvieran a necesitarse.

Para cuando volví al patio, Hatsumono había subido a su habitación a buscar una piedra y una barra de tinta, así como un pincel de caligrafía. Pensé que tal vez quería escribir una nota para meterla dentro del kimono al doblarlo. Había salpicado agua del pozo en la piedra de tinta y ahora, sentada en la pasarela, molía la tinta. Cuando estuvo lo bastante negra, mojó el pincel y lo escurrió contra la piedra, de modo que toda la tinta quedara en el pincel y no goteara. Entonces me lo puso en la mano, sosteniéndola sobre el hermoso kimono y me dijo:

– Practica tu caligrafía, pequeña Chiyo.

Aquel kimono, que pertenecía a una geisha que yo no conocía llamada Mameha, era una obra de arte. Desde el dobladillo hasta la cintura trepaba una vid hecha con hilos lacados, retorcidos juntos como si fueran un cable de poco grosor y finalmente cosidos. Era parte del estampado, pero parecía que, si querías, la podías tomar entre los dedos, y arrancarla del suelo como si fuera una mala hierba. Las hojas ensortijadas en los tallos parecían estarse marchitando y secando con el tiempo de otoño, e incluso amarilleaban en partes.

– No lo puedo hacer, Hatsumono-san -exclamé.

– ¡Qué pena, cariño! -me dijo su amiga-. Porque si se lo haces repetir a Hatsumono, perderás la oportunidad de encontrar a tu hermana.

– Cierra la boca, Korin. Chiyo sabe que tiene que hacer lo que le digo. Escribe algo en la tela, Señorita Estúpida. Lo que sea.

Cuando el pincel tocó el kimono, Korin dejó escapar un chillido de excitación. Una de las criadas mayores se despertó, y se asomó al pasillo en camisón y con un paño en la cabeza. Hatsumono dio una patada en el suelo e hizo un gesto como si estuviera espantando un bicho, lo que bastó para hacerla volver inmediatamente a su futón. A Korin no le gustaron las temblorosas pinceladas que yo había dado en la seda, de modo que Hatsumono me dijo en dónde tenía que marcar la tela y qué tipo de marca tenía que hacer. No tenían ningún sentido; sencillamente Hatsumono estaba intentando ser artística a su manera. Luego volvió a envolver el kimono en el mismo papel y lo ató con su cordel. Ella y Korin volvieron a la entrada a calzarse sus zori de laca. Cuando abrieron la puerta de la calle, Hatsumono me dijo que las siguiera.

– Hatsumono-san, si salgo de la okiya sin permiso, Mamita se enfadará y…

– Yo te doy permiso -me interrumpió Hatsumono-. Tenemos que devolver el kimono, ¿no? Supongo que no querrás hacerme esperar.

Así que no tuve más remedio que calzarme y seguirlas por el callejón hasta una calle que discurría al lado del arroyo Shirakawa. Por aquellos días, las calles y callejones de Gion estaban todavía hermosamente pavimentados de piedra. Caminamos una cuadra más o menos a la luz de la luna, siguiendo los cerezos que se encorvaban sobre las oscuras aguas, y finalmente cruzamos un puentecillo de madera que llevaba a una zona de Gion en la que no había estado nunca. El dique del arroyo era de piedra, y estaba cubierto en su mayor parte de musgo. Las traseras de las casas de té y de las okiyas formaban un muro sobre él. Esteres rojos dividían en franjitas la luz amarilla de las ventanas, recordándome lo que la cocinera había hecho con un rábano en salmuera ese mismo día. Oí las risas de un grupo de hombres y geishas. Algo muy divertido debía de estar sucediendo en una de las casas de té, porque cada oleada de risas sonaba más fuerte que la anterior, hasta que por fin se fueron acallando y dejaron sólo el tañido de un shamisen de otra fiesta. Por el momento, me imaginaba que Gion era probablemente un sitio divertido para algunos. No podía dejar de preguntarme si Satsu se encontraría en alguna de esas juergas, pese a que Awajiumi, el del Registro, me había dicho que no estaba en Gion.

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