El Desierto De Hielo
- Автор: Carranza Maite
- Серия: La Guerra de las Brujas #2
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Desierto De Hielo». Краткое содержание книги:
Meritxell era una bruja Omar como yo, como Deméter, como Karen. No era una niña inocente. Había retenido la voluntad de Gunnar con su conjuro. Por eso Gunnar me había rechazado, por eso era prisionero de Meritxell aunque no la quisiese.
Saqué un mechero y quemé el muñeco con rabia.
¿Por qué Deméter me mintió diciéndome que compartiría el piso con dos estudiantes mortales cuando en realidad Meritxell era una bruja Omar? ¿Por qué no pude detectarlo si las brujas Omar nos reconocíamos entre nosotras a través de la mirada y los gestos? ¿Por qué Meritxell no me lo dijo nunca y me hizo creer que no tenía secretos para mí?
Desesperada, hice una última averiguación. Telefoneé a la supuesta dirección en Andorra de Meritxell. Allí no vivía ningún señor Salas ni lo conocían ni conocían a su hija. Colgué y coincidí con Carla, que contemplaba atónita el desastre que yo había provocado en la habitación de Meritxell.
– ¿Qué has hecho? -me reprendió.
– ¿Y tú? ¿Qué has hecho tú? -me revolví-. ¿Con qué padre de Meritxell has hablado?
Carla miró su reloj apurada.
– Ahora no me da tiempo a explicártelo, tengo una reunión.
Pero yo no la dejé marcharse.
– ¿En qué pueblo de Ordino has estado con ella?
Carla echó una rápida ojeada al atame, la vara y el pentáculo y bajó los ojos.
– Pues bien, ya lo sabes. Somos Omar.
No podía creérmelo.
– ¿Tú también?
– ¡Pues claro! Soy la hija de Anna, matriarca del clan de la hormiga. ¿O creías que Deméter te dejaría con una mortal cualquiera?
– ¿Quieres decir que Deméter me envió a vivir contigo y Meritxell para que me vigilarais?
– Más o menos.
– ¿Cómo que más o menos?
Carla se puso repentinamente seria.
– Escúchame, niña mimada: has llevado las cosas demasiado lejos. Deméter decidió que convivir las tres era la mejor solución.
Caí en la cuenta de algunos sucesos que me habían parecido curiosos.
– ¿Fuiste tú quien avisaste a mi madre de mi imprudencia utilizando la magia?
– Claro.
– ¿Y Deméter se puso en contacto contigo para saber si estábamos bien la noche de Imbolc?
Carla asintió.
– Y también fuiste tú quien la avisaste sobre mi disfraz de la dama oscura.
– Ésa fue Meritxell. Estaba muy asustada.
– Fantástico. ¿Y ahora Meritxell está pasando el parte a Deméter sobre mí?
Carla negó.
– He sido yo quien ha pedido a Deméter que se ocupe de Meritxell. Se nos está escapando de las manos.
– No entiendo la relación. ¿Quién cuida a quién? ¿Quién vigila a quién?
Carla comenzó a recoger los objetos personales de Meritxell.
– Tú eres fuerte. Meritxell, débil. Tú eres imprudente y Meritxell temerosa. Tú eres valiente y Meritxell asustadiza. Vuestra combinación ha funcionado. Os habéis ayudado mutuamente.
Comprendí a duras penas.
– ¿Deméter me envió a este piso para que yo protegiese a Meritxell?
Carla matizó mi deducción.
– O para que actuases como escudo de Meritxell. Algo así como un pararrayos.
Me pareció una comparación horrorosa.
– ¿Y tú? ¿Qué pintas tú?
– Yo mando y vigilo.
Me sentí como se deben de sentir los presos que descubren una cámara en su celda. El Gran Hermano controlaba todos mis movimientos.
Carla se encogió de hombros.
– Vosotras os ayudáis y yo mantengo el escudo permanente para que nadie del exterior se interfiera en nuestras vidas.
– ¿Quieres decir que estamos conjuradas las tres? ¿Por eso no os reconocí como Omar?
Carla sonrió.
– Hasta ahora ha funcionado, a pesar de tus impertinencias y tu exceso de sociabilidad. Pero con eso ya contábamos. Lo que no estaba previsto es esa tontería enamoradiza de Meritxell y su anorexia.
Me sentí como una marioneta, un objeto en manos de mi madre, que ya contaba con mis imprudencias y mis actitudes personalistas.
– Nuestra obligación es protegerla -añadió Carla.
– ¿Proteger a Meritxell? ¿De qué?
– Su madre murió violentamente defendiéndola. Es evidente que las Odish la buscaban.
– Entonces, la muerte de la madre de Meritxell era cierta.
No era un gran consuelo, pero la que yo creía mi amiga no había sido una completa mentirosa.
– Está sola, quedó muy afectada, tiene una salud débil y los oráculos vaticinaron que su destino era sumamente crucial para las Omar. Tenemos que preservar su futuro.
Fui entendiendo poco a poco. Meritxell era importante. Era una Omar con un destino brillante, no como yo, que había nacido con la mancha de un destino mezquino y que bien podía servir simplemente de coraza para la gran Meritxell. Mi madre me había utilizado como cebo, como pararrayos, como… sparring.
Y exploté.
– Pues se acabó. ¿Me oyes? Se acabó. Estoy harta de que decidáis quién soy y qué debo hacer. A partir de ahora que cada cual se defienda solo. Que Meritxell se ocupe de sí misma y se apañe con su destino.
Carla se asustó.
– ¿Qué vas a hacer?
Tenía muy claro lo que quería hacer desde que conocí a Gunnar y ahora nada ni nadie se interpondría.
– Desaparecer.
Metí cuatro piezas de ropa en una bolsa, recogí mis documentos y, cuando estaba introduciendo mi atame en la bolsa, un grito me interrumpió.
– ¡No! ¡No lo hagas!
Era Meritxell. Tenía la cara desencajada, los ojos inyectados en sangre y la mano se aferraba como una garra al pomo de la puerta. Lo sabía. Sabía que yo era la amante de Gunnar, sabía que yo había roto definitivamente mi lealtad hacia ella e iba a reunirme con él. Lo sabía. Lo leí en su mirada y supe que me había estado engañando todo ese tiempo.
– ¡No te vayas con él, no puedes hacerme eso!
Carla intervino intentando calmar a Meritxell.
– Tranquilízate, no te conviene…
Pero Meritxell, con una fuerza incomprensible para su fragilidad, se deshizo de Carla.
– ¡Vete!
– Soy responsable de vosotras. No puedo irme y dejarte así.
Meritxell insistió con desespero.
– Déjanos, Carla, déjanos solas. Gunnar es cosa de Selene y mía.
Si bien la dulzura era el signo que caracterizaba a Meritxell, en ese instante su cuerpo estaba poseído por la rabia y en sus gestos percibía una violencia contenida que me asustó.
Conservé mi atame en la mano y Carla nos miró a ambas, sin acabar de decidirse. Ella también notaba la agresividad flotando en el ambiente. Pero yo misma decanté la balanza.
– Es un asunto entre Meritxell y yo.
– Es que…
– Vete a tu reunión. Preferimos estar solas.
Meritxell y yo nos quedamos cara a cara. Ella sujetaba la puerta con las manos crispadas y la mandíbula tensa. Yo, con mi atame en mi mano derecha, a la defensiva, la miraba a los ojos sin atemorizarme, procurando que la culpabilidad no me quitara arrestos. Y en el mismo instante en que se oyó el brusco golpe con el que Carla cerró la puerta del piso, Meritxell enloqueció.
Sin darme tregua, como un tornado, comenzó a lanzarme todos los objetos que encontraba a su paso por la habitación, a desgarrar las cortinas, a vaciar los cajones, a tirar los libros de las estanterías y a arrancar sus páginas. Intenté impedírselo, pero tenía la fuerza de mil brujas y me lanzó de un manotazo contra la pared. Asistí con una cierta impotencia a esa explosión contenida de odio. La comprendí hasta cierto punto, pero no podía dejarme intimidar. Durante demasiado tiempo fui víctima de su supuesta indefensión.