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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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Cuando hablan en alguna lengua que no comprendo, el padre Tomás resume lo esencial de la película en unas pocas frases muy concisas. Incluso aunque a veces la detiene dos o tres veces para tenerme al tanto de lo que va pasando, no es raro que me sea difícil entender, a partir de sus resúmenes, de qué trata la película; en lo que él incide más es en la creatividad del director. No se preocupa tanto de explicarme el argumento de la película, y prefiere dirigir mi atención a la construcción de algunas escenas, hacer disquisiciones sobre la perspectiva que adopta la cámara en un momento dado, a comentar el escenario y a detener la proyección para indicarme algo peculiar del montaje, que es lo que más le interesa en la realización de las películas.

– La belleza habita en el alma del espectador -dice.

También le interesa la construcción psicológica, pero por regla general va demasiado lejos en sus explicaciones y me es difícil seguirle. Preferentemente me proporciona algunas indicaciones o claves que pueda usar yo mismo para hallar el significado. Y aunque a veces es difícil comprender lo que sucede en la pequeña pantalla, siempre es mejor que pasarme yo solo todas las tardes en mi habitación. El padre Tomás organiza también semanas temáticas, dedicadas a determinados directores, tipos de argumento o actores. Al final charlamos un rato sobre el contenido mientras acabamos los vasos.

La película de esta tarde tiene todo el rato un tono azulado que no destaca mucho en el viejo televisor, aunque el padre Tomás siempre corre las cortinas. La película comienza con un accidente de tráfico en una carretera mojada y acaba con una oda al apóstol Pablo, cantada por una voz de soprano. La muerte está flotando todo el tiempo sobre la vida de la heroína, que al final desea vivir, sin embargo, a pesar de haber perdido todo lo que hacía que vivir la vida valiese la pena. Antes de darme cuenta le he confesado al padre Tomás que estoy preocupado por mis pensamientos sobre la muerte.

– No es que me preocupe la muerte en sí -le digo-, aunque sí estoy preocupado por mis ideas sobre la muerte -se ha puesto en pie y está abriendo las cortinas; fuera, la bóveda celeste es negra.

– ¿Qué quieres decir con eso de que estás todo el tiempo pensando en la muerte?

– De siete a once veces al día, no todos los días es igual. Sobre todo por la mañana temprano, cuando acabo de llegar al jardín, y luego por la noche, cuando estoy en la cama.

Casi estoy esperando que me pregunte cuántas veces pienso sobre el cuerpo y el sexo. En realidad, podría imaginarme hablar de esas cosas con él, pero es preferible comenzar hablando de algo más esencial y más controlable que el sexo. Pero si me preguntara lo mismo que ahora, le diría «igual que sobre la muerte. De siete a once veces al día». Según va avanzando el día, los pensamientos sobre el cuerpo van sustituyendo a los pensamientos sobre la muerte, podría añadir.

Si me hubiera preguntado por las plantas, habría respondido algo parecido. Pienso en las plantas tanto como en el sexo y la muerte. Pero lo que pregunta es:

– ¿Qué edad tienes?

– Veintidós -sólo Dios sabe lo que pasa por la mente de mi interlocutor. Va a por una botella y llena dos vasos con un líquido transparente.

– Aguardiente de pera -explica. Luego continúa-: Son muy pocos los que se toman el tiempo suficiente para pensar en la muerte. Luego están también los que no tienen tiempo para morir. Ese grupo no hace más que crecer. Eres muy maduro, joven.

– Ojalá cuando muera haya acumulado más experiencia y me haya encontrado a mí mismo.

– La gente se pasa la vida buscándose. Nadie logra encontrar la respuesta definitiva. Y lo cierto es que no me da la sensación de que estés en las últimas -sonríe.

– Naturalmente, todos morimos algún día -digo yo-, aunque la mayoría parece morir o demasiado tarde o demasiado pronto, nadie en el momento adecuado.

– Sí, eso es cierto, todos moriremos pero nadie sabe cuándo ni cómo -dice el sacerdote, vaciando su vaso de un solo trago-. Se nos da un tiempo, a algunos les llega el aviso con más antelación que a otros, en el caso de algunos es cosa vista y no vista. Y luego llega un momento en que el tiempo se mide en cuartos de hora, finalmente en minutos. Todos estamos en lo mismo.

Hay una mosca revoloteando por la habitación, la oigo más que la veo. El padre Tomás se levanta, va hacia la ventana abierta y el zumbido desaparece.

– ¿La ha matado?

– No, la he echado -dice mi padre espiritual.

– Y después de morir permanecemos solamente un breve tiempo en la memoria de quienes siguen viviendo -digo.

– Eso no es siempre así, ahí tienes a Goethe.

El padre Tomás vuelve a llenar los vasos.

– Sí, pero los que no son Goethe…

– Salta a la vista que eres un joven muy sensible y lleno de compasión -me da unas palmadas en la espalda, luego deja la botella y se sienta. Está en silencio un breve rato-. ¿No tienes penas de amores?

La pregunta me deja desconcertado.

– No, pero tengo una hija. Es entonces cuando uno sabe que morirá.

– Comprendo.

Vuelve a producirse otro largo silencio en la habitación. No hay forma de saber lo que puede estar pensando el religioso.

– Estoy intentando beber menos -dice al fin-. Pero todavía no he empezado a beber en soledad, de modo que a fin de cuentas no tengo por qué preocuparme.

Se ha puesto de pie, lo que quiere decir que el rato de reunión ha concluido. Tampoco yo soy persona dada a las conversaciones demasiado largas.

– Otra tarde tenemos que ver El séptimo sello -dice-, así podremos seguir hablando de la muerte.

Capítulo 39

Al cabo de dos semanas descubro una pequeña librería en un callejón de la calle mayor, a pocos metros de la hospedería. Estoy pensando más que nada en buscar algo de lectura sobre el peculiar dialecto local, pero también hay tarjetas postales con fotos de la iglesia de piedra, que seguramente le gustarían a Jósef. Miro algunos libros que hay sobre la mesa, abro uno o dos de ellos y hojeo otros tantos. Entonces descubro una cubierta color violeta con una flor pálida, la peculiar forma de la corola recuerda a la rosa de ocho pétalos de mamá. Cuando abro el libro, no tiene ilustraciones en las páginas, solamente texto.

– ¿Jardinería? -pregunto a una chica que está paseando por la librería y mirándome. Podría ser la hija del dueño, que está sentado a la caja, los dos tienen rasgos faciales muy semejantes.

– No, novela -dice, y se ruboriza. Es la primera mujer de mi edad con la que trato personalmente en la aldea.

Claro que he estado planteándome posibles vías de conocer a los lugareños y de aprender este dialecto moribundo, la dificultad radica, naturalmente, en que el trabajo en el jardín lo hago en soledad y en silencio y no me proporciona muchas oportunidades de practicar el idioma.

¿Y si pusiera un anuncio en la librería, diciendo que deseo clases particulares de este idioma en peligro de extinción? Quizá la hija del dueño me informaría al instante, incluso antes de pegar el anuncio, de que ella misma podría encargarse los miércoles después del trabajo.

«Ese día cerramos a las seis en vez de a las ocho.»

Capítulo 40

Aunque yo preferiría trabajar en el jardín todos los días, el padre Tomás insiste en que me tome los domingos libres, así que tengo que encontrar algo que hacer. Ya he cambiado los macizos de rosas para que recuperen su disposición original y he rehecho la distribución de los colores, he podado los setos y arbustos que bordean el antiguo sendero, he limpiado a fondo el estanque del centro del jardín y he atado las rosas trepadoras a las que se les permite seguir existiendo en las paredes del ala norte del monasterio. Después de planificar el trabajo de la semana que viene, leo libros que saco en préstamo de la biblioteca de los monjes. Los domingos, la sesión de cine en la habitación del padre Tomás es muy temprano, así que tengo que pasar solo el resto de la tarde.

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