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Электронная книга - «Rosa candida». Краткое содержание книги:

El joven Arnljótur decide abandonar su casa, a su hermano gemelo autista, a su padre octogenario y los paisajes crepusculares de montañas de lava cubiertas de líquenes. Su madre acaba de tener un accidente y, al borde de la muerte, aún reúne fuerzas para llamarle y darle unos últimos consejos. Un fuerte lazo les une: el invernadero donde ella cultivaba una extraña variedad de rosa: la rosa cándida, de ocho pétalos y sin espinas. Fue allí donde una noche, imprevisiblemente, Arnljótur amó a Anna, una amiga de un amigo. En un país cercano, en un antiguo monasterio, existe una rosaleda legendaria. De camino hacia ese destino, Arnljótur está, sin saberlo, iniciando un viaje en busca de sí mismo, y del amor perdido.
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– Sí, es cierto -dice el hermano Matías-, la mayoría de las especies siguen en su sitio. Tampoco son sólo las que se ven ahora, pues las rosas florecen en distintas épocas del año; precisamente ahora no hay muchas especies en flor, probablemente no más de setenta.

Nos abrimos paso por los viejos senderos cubiertos de hierbas y arbustos, muy a lo lejos pueden distinguirse los árboles frutales, que parecen estar dispuestos en círculo alrededor del jardín.

– Rosa gallica, Rosa mundi, Rosa centifolia, Rosa hybrida, Rosa multiflora, Rosa candida -enumera el hermano Matías.

Mientras paseo por el jardín con el hermano Matías, empieza a cobrar forma poco a poco en mi mente El Majestuoso Jardín de las Rosas Celestiales, como lo llamaban en los libros antiguos. Habrá que comenzar por desarraigar las malas hierbas y podar las plantas, lo que me podría llevar dos semanas si trabajo en el jardín diez horas diarias, luego habrá que escamondar y replantar. Mentalmente ya tengo elegido un sitio, protegido y soleado, para la nueva especie de rosa que he traído. Quizá al principio no se vea ni florezca enseguida, pero aquí se dan precisamente las condiciones y la luz para una especie nueva y desconocida de rosa que podrá crecer cuando se plante en tierra fértil. No es nada conveniente seguir dejándola al cuidado de los vasos de hospital, no se puede vivir siempre envuelto en algodones. Decido no olvidarme de coger la rosa de ocho pétalos que tengo en el alféizar de la ventana de la hospedería, y una foto del invernadero donde se hallan los orígenes de la rosa.

– No, no conozco esa especie -dice el hermano Matías tras un breve silencio-, creo que ni siquiera la hay en nuestro jardín. Recuerda desde luego a una rara rosa blanca, la Rosa candida, aunque el color es diferente, de lo más infrecuente. ¿Cómo decías que se llamaba?

– Rosa de ocho pétalos. Hay ocho pétalos que crecen juntos, luego otros ocho por encima de ellos, en tres capas, en total veinticuatro pétalos que forman el capullo, que está casi siempre empapado de rocío -le explico-. Es cierto que se asemeja a la Rosa candida, aunque no es blanca. Esta pertenece a alguna cepa, es posible que se trate de la única de su especie en el mundo. Aunque he mirado muchísimos libros sobre rosas, en ninguna parte he encontrado una especie comparable.

– Muy interesante -dice el hermano Matías-, la forma de la corola es de lo más insólita.

– Y luego los tallos, que carecen de espinas.

– De lo más interesante -repite mientras observa atentamente la fotografía-. Unos colores muy peculiares, unos colores realmente infrecuentes. No es rosa ni tampoco violeta. Rojo violáceo, ¿no es eso?

– Sí, justo -digo yo-, rojo violáceo.

– Es un color extrañamente fuerte que se extiende al entorno. A menos que sea cosa de la película, ¿es Kodak? -pregunta el hermano Matías. Camina unos pasos con la fotografía en la mano extendida y la compara con una o dos rosas de tonos rosáceos y rojizos-. Como digo, nunca he visto una coloración comparable. Deberías enseñarle al hermano Zacarías tu flor de ocho pétalos, el pobre tiene ya noventa y tres años y lleva sesenta y dos en el monasterio. Naturalmente, ha perdido visión y nunca sabemos qué es lo que ve, en realidad.

Luego dice que se va a hacer tarde para la sopa, pero de repente recuerda algo, sin que yo haya tenido ocasión de mencionar el olor de mi rosa.

– Hemos encargado unas botas nuevas para ti. No nos parecía apropiado que tuvieras que usar las botas viejas de jardín, que llevaban siete años guardadas, sin que nadie las usara. Han tardado seis semanas en hacerlas llegar hasta aquí: por error las mandaron primero a un convento en Irlanda, donde llueve un montón.

Entra conmigo en una caseta para herramientas que hay en el jardín. Las botas están en el suelo, justo delante de la puerta, son de color azul, relucientes y nuevas, sin duda alguna; exactamente como en el sueño que tuve en el hospital.

– Confío en que te vengan bien. Son del número cuarenta y cuatro, es el que dijiste, ¿no?

También pueden prestarme ropa de trabajo: pantalones, jersey y guantes. Me introduzco en los pantalones, las perneras me llegan por los tobillos, lo mismo sucede con las mangas del jersey; el último que estuvo trabajando en el jardín no era exageradamente alto.

– Claro que han estado sin usarse una buena temporada, como siete años -me explica el hermano Matías-, y naturalmente habrá que lavarlas primero.

En la caseta guardan también los aperos de jardinería. Poseen una colección relativamente buena de herramientas, incluyendo sierras y diversos tipos de tijeras, aunque probablemente llevan muchísimo tiempo sin usarlas. Algunas de las herramientas no las he visto jamás, son distintas a los aperos habituales y no me puedo ni imaginar su función.

– El hermano Zacarías tendría que enseñarte cómo funcionan -dice mi guía.

Finalmente, añade que debo saber que no todos los monjes admiran tanto su rosaleda, algunos de ellos incluso son alérgicos a las plantas y otros enferman porculpa de los bichos que entran por las ventanas desde las rosas trepadoras.

– El hermano Jacobo me pidió que te informara de que no pusieras plantas trepadoras en la pared oriental del edifìcio de dormitorios, cerca de su celda.

Tras compartir la sopa de apio con los monjes, dedico medio día en el jardín a estrenar las nuevas botas, a echar un vistazo por todos lados, a dibujar los macizos de rosas y a organizar el plan de trabajo de los próximos días. Aunque mis ideas sobre mí mismo son todo menos claras y nítidas, soy bastante bueno organizando las cosas con tiempo. También veo la posibilidad de ampliar el huerto de plantas alimenticias. La sopa del mediodía no estaba nada mal, pero se le podían añadir vegetales más variados y hierbas aromáticas de las que crecen por todas partes del jardín, y que pienso colocar en una parcelita especial.

Capítulo 36

Me he convertido en jardinero de los monjes y preveo que tendré trabajo de sobra para los próximos dos o tres meses, y hasta entonces no habrá necesidad de darles más vueltas a mis planes de futuro ni a lo que haré después, si volveré a casa o me quedaré más tiempo aquí. Pero me parece bastante probable que dentro de dos o tres meses no haya conseguido llegar a ninguna conclusión sobre mi vida. Me siento bien en el jardín, es agradable gozar la soledad entre los macizos de flores para reconocer los propios deseos y las propias aspiraciones; silencioso sobre la tierra, ni siquiera tengo que hablar el idioma. También estoy exonerado de todos los rezos, no soy más que un jardinero. Hay que organizado todo de nuevo, elaborar un nuevo plan sobre la base de lo que queda y de lo que pueda encontrar en los libros antiguos.

La primera semana me dedico a limpiar las malas hierbas y a abrir un camino entre los rosales enmarañados, en realidad entre los espinos: así podré conocer el jardín entero. A veces paseo unos momentos descalzo sobre la fresca hierba, pero por regla general llevo puestas las botas azules.

No sé cada cuánto debo informar al padre Tomás, que es mi enlace principal en el monasterio; dice que, por lo que a él respecta, tengo las manos libres y que debo confiar en mis intuiciones y mi conocimiento de las rosas, eso creo que me dijo también. Cuando le explico mis ideas, las mejoras y los cambios que tengo pensados, muestra su acuerdo inclinando la cabeza y el asunto queda resuelto en un instante.

– Estamos muy contentos de tenerte aquí -me dice, y parece contento con todo lo que le propongo, también con la idea de reconstruir el parterre con sus bancos. Como me explicó personalmente, sus intereses están en el cine y la lingüística, mientras que el hermano Matías y casi todos los demás están enfrascados en los libros y lo que les interesa es ordenar debidamente la colección de manuscritos.

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