La sombra de la sirena
- Автор: Лэкберг Камилла
- Серия: Patrik Hedstrom (es) #6
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La sombra de la sirena». Краткое содержание книги:
En un primer momento no consiguió emitir más que una especie de graznido, pero después logró emitir una respuesta:
– Es algo que se ha sacado de contexto y ha adquirido unas proporciones descomunales. Siempre hay gente envidiosa, gente con problemas psíquicos y… bueno, no tengo mucho más que decir al respecto. -Estaba tenso de pies a cabeza y se secó las manos en la pernera del pantalón, por debajo de la mesa.
– Bien, pues muchas gracias por venir a hablarnos de esta novela tan elogiada, La sombra de la sirena. -Anders Kraft sostenía el libro ante la cámara y sonreía. Christian sintió un alivio inmenso, pues comprendió que la entrevista había terminado.
– Ha ido bastante bien -dijo Kristin Kaspersen recogiendo sus papeles.
– Desde luego que sí -confirmó Anders poniéndose de pie-. Perdona, tengo que irme al espacio de lotería.
Cuando el hombre de los auriculares lo hubo liberado del micrófono, Christian se levantó. Dio las gracias y salió del estudio en compañía de la presentadora. Aún le temblaban un poco las manos. Subieron la escalera, pasaron por delante de la cafetería y luego bajaron otra vez y salieron al frío invernal. Se sentía aturdido y mareado, no exactamente en condiciones de verse con Gaby en la editorial, tal y como habían acordado.
Fue mirando por la ventanilla mientras el taxi lo llevaba al centro de la ciudad. Sabía que, a partir de aquel momento, había perdido el control por completo.
– Ajá, ¿y cómo resolvemos esto? -preguntó Patrik oteando la capa de hielo.
Torbjörn Ruud parecía tan tranquilo, como de costumbre. Siempre conservaba la calma, por difícil que se les presentara la tarea. En su trabajo en la Científica de Uddevalla estaba acostumbrado a solucionar los problemas más dispares.
– Tendremos que practicar un agujero en el hielo e izarlo con una cuerda.
– ¿Aguantará el hielo vuestro peso?
– Si los hombres llevan el equipo adecuado, no habrá ningún problema. El mayor riesgo es, en mi opinión, que cuando hagamos el agujero, el tipo se suelte y la corriente lo arrastre bajo el hielo.
– ¿Y cómo podemos evitarlo? -quiso saber Patrik.
– Tendremos que hacer un agujero pequeño al principio y luego sujetarlo con ganchos antes de seguir cavando.
– ¿Lo habéis hecho ya en alguna ocasión? -Patrik aún no se sentía del todo tranquilo.
– Pues… -Torbjörn tardó en contestar, como si estuviera reflexionando-. No, me parece que nunca se nos ha presentado el caso de un cadáver congelado bajo el hielo. Supongo que lo recordaría.
– Pues sí -dijo Patrik volviendo de nuevo la vista al lugar en que se suponía que estaba el cadáver-. Bien, haced lo que debáis, entre tanto yo iré a hablar con el testigo. -Patrik se dio cuenta de que Mellberg estaba hablando muy interesado con el protagonista del hallazgo. Nunca era buena idea dejar a Bertil mucho tiempo solo con nadie, ni con los testigos ni con la gente en general.
– Hola, Patrik Hedström -se presentó cuando llegó al lugar donde se encontraban Mellberg y el desconocido.
– Göte Persson -respondió el hombre y le estrechó la mano mientras trataba de controlar a un golden retriever que saltaba agitadísimo.
– Rocky quiere volver al sitio, me ha costado lo mío traerlo a tierra otra vez -explicó Göte tirando un poco de la correa del perro, para marcar quién tenía el mando.
– ¿Lo encontró el perro?
Göte asintió.
– Sí, se adentró en el hielo y se negaba a volver. Se quedó allí parado ladrando. Temía que el hielo se quebrase y que se ahogara, así que me arrastré hasta él. Y cuando lo vi… -El hombre se puso pálido, seguramente al recordar la cara del muerto bajo la superficie escarchada. Sacudió los hombros y el color empezó a volverle a las mejillas-. ¿Tengo que quedarme aquí mucho tiempo? Mi hija va camino de la maternidad. Es mi primer nieto.
Patrik sonrió.
– En ese caso, comprendo que quiera irse. Espera solo unos minutos y le dejaremos ir para que no se pierda nada.
Göte se conformó con aquella respuesta y Patrik continuó haciendo preguntas, aunque pronto comprendió que el testimonio de aquel hombre no les aportaría mucho más. Sencillamente, había tenido la mala suerte de encontrarse en el lugar equivocado y en un mal momento, o quizá en el lugar acertado y en el mejor momento, según el punto de vista. Tras haber tomado nota de su dirección y datos de contacto, Patrik dejó marchar al futuro abuelo que, medio renqueando, se alejó presuroso rumbo al aparcamiento.
Patrik regresó al punto de la orilla que se hallaba más próximo al lugar del hallazgo, donde un hombre trabajaba ya concienzudamente para, a través de un pequeño agujero practicado en el hielo, sujetar el cadáver con una especie de garfio. Por si acaso, se había tumbado boca abajo y se había atado una cuerda alrededor de la cintura. La cuerda llegaba hasta tierra, al igual que la que sujetaba el gancho. Torbjörn no exponía a sus hombres a ningún riesgo.
– En cuanto lo tengamos enganchado, perforaremos hasta conseguir un agujero más grande y lo izaremos. -La voz de Torbjörn le resonó por la izquierda y, como estaba tan concentrado observando el trabajo con el hielo, Patrik se llevó un buen sobresalto.
– ¿Lo arrastraréis a tierra una vez lo tengáis fuera?
– No, podríamos perder huellas que haya en la ropa, así que intentaremos meterlo en la bolsa ahí mismo, en el hielo. Y luego lo arrastramos hasta aquí.
– Pero ¿de verdad que puede quedar algún rastro después de tanto tiempo como ha permanecido en el agua? -preguntó Patrik incrédulo.
– Bueno, no creo, la mayoría habrán desaparecido, pero nunca se sabe. Puede que tenga algo en los bolsillos o en los pliegues de la ropa, y más vale no correr riesgos.
– Sí, en eso tienes razón. -Patrik no creía en la posibilidad de que encontrasen algo. Sabía por experiencia que si el cadáver llevaba un tiempo en el agua no solían quedar muchas huellas.
Se hizo sombra con la mano. El sol estaba un poco más alto y, al reflejarse en el hielo, le lloraban los ojos. Los entornó y vio enseguida que ya habían enganchado el garfio al cadáver, porque estaban practicando un gran agujero en el hielo. Poco a poco fueron izando el cuerpo a través del agujero. Estaban demasiado lejos para que Patrik pudiese verlo con detalle, y la verdad, se alegraba de ello.
Otro hombre se acercaba arrastrándose por el hielo. Cuando el cadáver estuvo fuera del agua, dos pares de manos lo metieron con mucho cuidado en un saco negro de plástico que cerraron cuidadosamente. Un gesto de asentimiento a los hombres que esperaban en tierra y la cuerda se estiró. Palmo a palmo, fueron trasladando el saco a tierra. Patrik retrocedió instintivamente cuando lo tuvo demasiado cerca, pero luego se reprendió mentalmente por ser tan melindroso. Les pidió a los técnicos que abrieran el saco y se obligó a mirar la cara del hombre que habían hallado bajo el hielo. Vio confirmadas sus sospechas. Estaba casi completamente seguro de que se trataba de Magnus Kjellner.
Patrik se sintió vacío por dentro mientras sellaban el saco, lo levantaban y lo llevaban a la planicie que había encima de la playa y que servía de aparcamiento. Diez minutos más tarde, el cadáver ya iba camino del instituto forense de Gotemburgo, donde le practicarían la autopsia. Por un lado, eso quería decir que hallarían respuestas, indicios que seguir. Podrían cerrar el caso. Por otro, tendría que informar a la familia en cuanto le confirmaran la identidad. Y aquella tarea no despertaba en él ningún entusiasmo.
Por fin se terminaron las vacaciones. Su padre había recogido todo el equipaje y lo había metido en el coche y en la caravana. Su madre estaba en cama, como siempre. Se la veía más menuda, más pálida si cabe. Y solo ansiaba volver a casa.
Finalmente, su padre le contó por qué ella se encontraba tan mal. En realidad no estaba enferma, sino que tenía un bebé en la barriga. Un hermanito o una hermanita. Él no comprendía cómo podía uno encontrarse tan mal por esa razón pero, al parecer, sucedía, le dijo su padre.