Sentido y Sensibilidad
- Автор: Остин Джейн
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Sentido y Sensibilidad». Краткое содержание книги:
Esta novela examina la estructura social de la época donde el papel de la mujer se limitaba al de mera compañía, por no decir objeto decorativo. Para ellas estaba negada la posibilidad de ejercer una profesión o de poseer bienes. Sólo debían de tener y saber lo necesario. En consecuencia, para muchas su mayor ilusión era encontrar a su príncipe azul, aunque éste no siempre viniera acompañado de dicha.
– Me temo que hay demasiada verdad en eso -dijo Marianne-; pero, ¿por qué hacer alarde de ello?
– Sospecho -dijo Elinor- que para evitar caer en un tipo de afectación, Edward cae aquí en otra. Como cree que tantas personas pretenden mucho mayor admiración por las bellezas de la naturaleza de la que de verdad sienten, y le desagradan tales pretensiones, afecta mayor indiferencia ante el pa isa je y menos discernimiento de los que realmente posee. Es exquisito y quiere tener una afectación sólo de él.
– Es muy cierto -dijo Marianne- que la admiración por los pa isa jes naturales se ha convertido en una simple jerigonza. Todos pretenden admirarse e intentan hacer descripciones con el gusto y la elegancia del primero que definió lo que era la belleza pintoresca. Detesto las jergas de cualquier tipo, y en ocasiones he guardado para mí misma mis sentimientos porque no podía encontrar otro lenguaje para describirlos que no fuera ese que ha sido gastado y manoseado hasta perder todo sentido y significado.
– Estoy convencido -dijo Edward- de que frente a un hermoso panorama realmente sientes todo el placer que dices sentir. Pero, a cambio, tu hermana debe permitirme no sentir más del que declaro. Me gusta una hermosa vista, pero no según los principios de lo pintoresco. No me gustan los árboles contraídos, retorcidos, marchitos. Mi admiración es mucho mayor cuando son altos, rectos y están en flor. No me gustan las cabañas en ruinas, destartaladas. No soy aficionado a las ortigas o a los cardos o a los brezales. Me da mucho más placer una acogedora casa campesina que una atalaya; y un grupo de aldeanos pulcros y felices me agrada mucho más que los mejores bandidos del mundo.
Marianne miró a Edward con ojos llenos de sorpresa, y a su hermana con piedad. Elinor se limitó a reír.
Abandonaron el tema, y Marianne se mantuvo en un pensativo silencio hasta quede súbito un objeto capturó su atención. Estaba sentada junto a Edward, y cuando él tomó la taza de té que le- ofrecía la señora Dashwood, su mano le pasó tan cerca que no pudo dejar de observar, muy visible en uno de sus dedos, un anillo que en el centro llevaba unos cabellos entretejidos.
– Nunca vi que usaras un anillo antes, Edward -exclamó-. ¿Pertenecen a Fanny esos cabellos? Recuerdo que prometió darte algunos. Pero habría pensado que su pelo era más oscuro.
Marianne había manifestado sin mayor reflexión lo que en verdad sentía; pero cuando vio cuánto había turbado a Edward, su propio fastidio ante su falta de consideración fue mayor que la molestia que él sentía. El enrojeció vivamente y, lanzando una rápida mirada a Elinor, replicó:
– Sí, es cabello de mi hermana. El engaste siempre le da un matiz diferente, ya sabes.
La mirada de Elinor se había cruzado con la de él, y también pareció turbarse. De inmediato ella pensó, al igual que Marianne, que el cabello le pertenecía; la única diferencia entre ambas conclusiones era que lo que Marianne creía un regalo dado voluntariamente por su hermana, para Elinor había sido obtenido mediante algún robo o alguna maniobra de la que ella no estaba consciente. Sin embargo, no estaba de humor para considerarlo una afrenta, y mientras cambiaba de conversación pretendiendo así no haber notado lo ocurrido, en su fuero interno resolvió aprovechar de ahí en adelante toda oportunidad que se le presentara para mirar ese cabello y convencerse, más allá de toda duda, de que era del mismo color que el suyo.
La turbación de Edward se alargó durante algún tiempo, y terminó llevándolo a un estado de abstracción aún más pronunciado. Estuvo especialmente serio durante toda la mañana. Marianne se reprochaba de la manera más severa por lo que había dicho; pero se habría perdonado con mucho mayor rapidez si hubiera sabido cuán poco había ofendido a su hermana.
Antes de mediodía recibieron la visita de sir John y la señora Jennings, que habiendo sabido de la visita de un caballero a la cabaña, vinieron a echar una mirada al huésped. Con la ayuda de su suegra, sir John no tardó en descubrir que el nombre de Ferrars comenzaba con F, y esto dejó abierta para el futuro una veta de chanzas contra la recta Elinor que únicamente porque recién conocían a Edward no explotaron de inmediato. En el momento, tan sólo las expresivas miradas que se cruzaron dieron un indicio a Elinor de cuán lejos había llegado su perspicacia, a partir de las indicaciones de Margaret.
Sir John nunca llegaba a casa de las Dashwood sin invitarlas ya fuera a cenar en la finca al día siguiente, o tomar té con ellos esa misma tarde. En la ocasión actual, para distracción de su huésped a cuyo esparcimiento se sentía obligado a contribuir, quiso comprometerlos para ambos.
– Tienen que tomar té con nosotros hoy día -les dijo-, porque estaremos completamente solos; y mañana de todas maneras deben cenar con nosotros, porque seremos un grupo bastante grande.
La señora Jennings reforzó lo imperioso de la situación, diciendo:
– ¿Y cómo saben si no organizan un baile? Y eso sí la tentará a usted, señorita Marianne.
– ¡Un baile! protestó Marianne-. ¡Imposible! ¿Quién va a bailar?
– ¡Quién! Pero, ustedes, y los Carey y los Whitaker, con toda seguridad. ¡Cómo! ¿Acaso creía que nadie puede bailar porque una cierta persona a quien no nombraremos se ha ido?
– Con todo el corazón -exclamó sir John – querría que Willoughby estuviera entre nosotros de nuevo.
Esto, y el rubor de Marianne, despertaron nuevas sospechas en Edward.
– ¿Y quién es Willoughby? -le preguntó en voz baja a la señorita Dashwood, a cuyo lado se encontraba.
Elinor le respondió en pocas palabras. El semblante de Marianne era mucho más comunicativo. Edward vio en él lo suficiente para comprender no sólo el significado de lo que los otros decían, sino también las expresiones de Marianne que antes lo habían confundido; y cuando sus visitantes se hubieron ido, de inmediato se dirigió a ella y, en un susurro, le dijo:
– He estado haciendo conjeturas. ¿Te digo lo que me parece adivinar?
– ¿Qué quieres decir?
– ¿Te lo digo?
– Por supuesto.
– Pues bien, adivino que el señor Willoughby practica la caza.
Marianne se sintió sorprendida y turbada, pero no pudo dejar de sonreír ante tan tranquila sutileza y, tras un momento de silencio, le dijo:
– ¡Ay, Edward! ¿Cómo puedes…? Pero llegará el día, espero… Estoy segura de que te gustará.
– No lo dudo -replicó él, con un cierto asombro ante la intensidad y calor de sus palabras; pues si no hubiera imaginado que se trataba de una broma hecha para diversión de todos sus conocidos, basada nada más que en un algo o una nada entre el señor Willoughby y ella, no habría osado mencionarlo.
CAPITULO XIX
Edward permaneció una semana en la cabaña; la señora Dashwood lo urgió a que se quedara más tiempo, pero como si sólo deseara mortificarse a sí mismo, pareció decidido a partir cuando mejor lo estaba pasando entre sus amigos. Su estado de ánimo en los últimos dos o tres días, aunque todavía bastante inestable, había mejorado mucho; día a día parecía aficionarse más a la casa y a su entorno, nunca hablaba de irse sin acompañar de suspiros sus palabras, afirmaba que disponía de su tiempo por completo, incluso dudaba de hacia dónde se dirigiría cuando se marchara…, pero aun así debía irse. Nunca una semana había pasado tan rápido, apenas podía creer que ya se hubiera ido. Lo dijo una y otra vez; dijo también otras cosas, que indicaban el rumbo de sus sentimientos y se contradecían con sus acciones. Nada le complacía en Norland, detestaba la ciudad, pero o a Norland o a Londres debía ir. Valoraba por sobre todas las cosas la gentileza que había recibido de todas ellas y su mayor dicha era estar en su compañía. Y aun así debía dejarlas a fines de esa semana, a pesar de los deseos de ambas partes y sin ninguna restricción en su tiempo.