El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
– Sólo está cansada -me explicó mientras cenábamos en el restaurante Gold Spike, los dos solos, porque mi madre estaba postrada en la cama como una estatua yacente. Yo sabía que mi padre pensaba en ella por su semblante preocupado y porque miraba su plato como si estuviera lleno de gusanos en vez de espaguetis.
En casa, mi madre lo miraba todo con expresión vacía. Mi padre llegaba del trabajo, me daba unas palmaditas en la cabeza y decía, «¿Cómo está mi chiquilla?», pero siempre su mirada iba más allá de mí, hacia mi madre, y yo sentía enormes temores, no en la cabeza, sino en el estómago. Ya no podía comprender por qué estaba tan asustada, pero así me sentía. Percibía los movimientos más ligeros en nuestra casa silenciosa y, por la noche, oía las ruidosas peleas al otro lado del muro, en mi dormitorio, aquella muchacha a la que apaleaban. En cama, con la manta hasta el cuello, solía preguntarme qué sería peor, si su situación o la mía, y tras pensarlo durante un rato, tras sentir lástima de mí misma, me consolaba un poco pensando que la chica de al lado llevaba una vida más desdichada.
Una noche, después de la cena, sonó el timbre de la puerta, cosa curiosa porque, en general, los visitantes llamaban primero por el portero electrónico.
– Lena, ¿quieres ver quién es? -me dijo mi padre desde la cocina, donde estaba fregando los platos. Mi madre estaba en cama: ahora siempre «descansaba» y era como si hubiese muerto y se hubiera convertido en un fantasma viviente.
Entreabrí la puerta con cautela, y entonces la abrí del todo, sorprendida al ver a la chica de al lado. Me quedé mirándola sin disimular mi asombro, mientras ella me sonreía. Su ropa estaba arrugada, como si acabara de levantarse de la cama y se hubiera acostado vestida.
– ¿Quién es? -preguntó mi padre desde la cocina.
– ¡Es la vecina! -repliqué-. Es…
– Teresa -se apresuró a decir ella.
– ¡Es Teresa! -añadí.
– Invítala a pasar -dijo mi padre casi en el mismo momento en que Teresa se deslizaba por mi lado y entraba en el piso. Sin que yo le dijera nada, se dirigió a mi dormitorio. Cerré la puerta del piso y seguí sus dos trenzas, que rebotaban como látigos que restallaran en la grupa de un caballo.
Se acercó a mi ventana y empezó a abrirla.
– ¿Qué estás haciendo? -le grité.
Mi vecina se sentó en el borde de la ventana, mirando la calle. Entonces volvió la cabeza, me miró y se echó a reír. Me senté en la cama, observándola y esperando a que terminara, notando el aire frío que entraba por la ventana abierta.
– ¿Qué te hace tanta gracia? -le pregunté por fin. Pensé que tal vez se reía de mí y de mi vida. Quizás había escuchado a través de la pared y no había oído nada, salvo el silencio estancado de nuestra casa desdichada.
– ¿De qué te ríes? -insistí.
– Mi madre me ha echado de casa -dijo finalmente. Hablaba en un tono jactancioso y parecía orgullosa de lo que acababa de ocurrirle. Rió un poco más y añadió-: Nos hemos peleado, me ha echado de casa y ha cerrado la puerta por dentro. Cree que voy a esperar ahí fuera hasta que esté lo bastante apenada para pedir disculpas, pero no pienso hacerlo.
– ¿Qué vas a hacer entonces? -le pregunté estupefacta, segura de que esta vez su madre acabaría con ella.
– Voy a usar tu escalera de emergencia para regresar a mi dormitorio -susurró-, y ella tendrá que esperar. Cuando esté preocupada, abrirá la puerta, ¡pero no me encontrará ahí! Estaré en mi habitación, en la cama. -Se rió de nuevo.
– ¿No se pondrá furiosa cuando te descubra?
– Qué va, se alegrará de que no esté muerta ni me haya pasado nada. Bueno, fingirá estar furiosa, pero eso será todo. Siempre estamos haciendo lo mismo.
Entonces se deslizó a través de la ventana y, sin hacer ningún ruido, regresó a su casa.
Me quedé largo rato mirando la ventana abierta y pensando en ella. ¿Cómo podía volver a su casa? ¿No veía lo terrible que era su vida? ¿No se daba cuenta de que aquello no terminaría jamás?
Me tendí en la cama y esperé oír los golpes y los gritos. Era ya tarde y estaba todavía despierta cuando oí el jaleo en el piso de al lado. La señora Sorci gritaba y lloraba. «Pero qué idiota eres. Por poco sufro un ataque cardíaco.» Y Teresa replicaba a gritos: «Podrías haberme matado. Casi me caigo y me rompo el cuello.» Entonces las oí reír y llorar, llorar y reír y gritarse ternezas.
Me quedé pasmada. Casi podía verlas abrazándose y besándose. Lloré de alegría con ellas, porque me había equivocado.
Todavía recuero vivamente la esperanza que latió en mí aquella noche. Me aferré a esa esperanza día tras día, noche tras noche, año tras año. Contemplaba a mi madre tendida en la cama o murmurando para sus adentro mientras permanecía sentada en el sofá. Y, no obstante, sabía que aquello, lo peor de todo, cesaría algún día. Ahora descubría la manera de cambiarlas. Aún oía las feroces peleas de la señora Sorci y Teresa, pero veía algo más.
Veía a una chiquilla que se quejaba de que el dolor de no ser vista era insoportable. Veía a la madre tendida en la cama, con su túnica larga y ondeante. Entonces la muchacha desenvainaba una espada afilada y decía a su madre.
– Ahora debes morir de un millar de tajos. Es la única manera de salvarte.
La madre aceptaba esto y cerraba los ojos. La espada descendía y sajaba adelante y atrás, arriba y abajo, y la madre gritaba, soltaba alaridos de terror y dolor, pero cuando abría los ojos no veía sangre ni su cuerpo descuartizado.
– ¿Te das cuenta ahora? -le preguntaba la niña. La madre asentía.
– Ahora lo comprendo perfectamente. Ya he experimentado lo peor. Después de esto, no hay nada que pueda ser peor.
– Ahora debes volver al otro lado -decía la niña-, y entonces podrás ver por qué estabas equivocada.
Y la muchacha cogía a su madre de la mano y pasaba con ella través del muro.
ROSE HSU JORDAN
Los domingos, cuando mi madre iba a la Primera Iglesia Bautista China, llevaba consigo una pequeña Biblia encuadernada en similicuero, como prueba de su fe. Más adelante, cuando perdió su fe en Dios, esa Biblia acabó sirviendo como cuña bajo la pata demasiado corta de una mesa, lo cual era para mi madre una manera de corregir los desequilibrios de la vida. El libro lleva ahí más de veinte años.
Mi madre finge que la Biblia no está bajo esa pata de la mesa. Cuando alguien le pregunta qué hace ese libro en el suelo, ella alza la voz más de lo necesario para responder: «Ah, ¿ eso? Lo había olvidado». Pero yo sé que lo ve. Mi madre no es la mejor ama de casa del mundo, y después de tantos años esa Biblia sigue siendo de un blanco inmaculado.
Esta noche veo a mi madre llorar bajo la misma mesa de cocina, cosa que hace todas las noches después de cenar. Con mucho cuidado pasa la escoba alrededor de la pata sostenida por la Biblia. Observo sus movimientos, esperando el momento adecuado para hablarle de Ted y de mí, de que vamos a divorciarnos, Cuando se lo diga, sé que replicará: «Eso no puede ser», Y cuando le diga que es cierto, que nuestro matrimonio ha terminado, sé que también dirá: «Entonces debes salvado», Y aunque sé que es inútil -no queda absolutamente nada que salvar- me temo que si le digo eso ella seguirá insistiendo para que lo intente.
No deja de ser irónico ese deseo materno de que procure evitar el divorcio, porque hace diecisiete años, cuando empecé a salir con Ted, se mostró contrariada. Mis hermanas mayores sólo habían salido con muchachos chinos, pertenecientes a la iglesia, antes de contraer matrimonio.
Ted y yo nos conocimos en una clase de política ecológica. Se acercó a mí y me ofreció dos dólares por los apuntes de la última semana. Rechacé el dinero y acepté en cambio una taza de café. Esto sucedía durante el segundo semestre en la Universidad de California en Berkeley, donde me había matriculado en la especialidad de artes liberales, que más tarde cambié por la de bellas artes. Ted estudiaba tercer curso preparatorio para la carrera de medicina, por la que se había interesado, según me dijo, desde que en el transcurso de curso de sus estudios secundarios diseccionó un feto de cerdo.