El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
– ¿Qué se ha hecho? -le susurré a mi madre.
– Conoció a un hombre malo -dijo mi madre-. Tuvo un hijo al que no quería.
Supe que eso no era cierto, que mi madre inventaba cualquier cosa para advertirme, para ayudarme a evitar algún peligro desconocido. Mi madre veía peligros en todo, incluso en otros chinos. En el barrio donde vivíamos y comprábamos, todo el mundo hablaba cantonés o inglés. Mi madre de Wushi, cerca de Shanghai, y hablaba mandarín y un poco de inglés. Mi padre, que sólo conocía algunas expresiones cantonesas estereotipadas, insistía en que mi madre aprendiera inglés. Con él se comunicaba mediante sus disposiciones de ánimo, gestos, miradas, silencios y, a veces, una combinación de inglés punteado con expresiones de titubeo y frustración en chino: «Shwo buchalai» (No me salen las palabras). Y así mi padre ponía las palabras en su boca.
– Creo que mamá intenta decir que está cansada -susurraba cuando mi madre estaba malhumorada.
– ¡Creo que dice que somos la mejor familia del país! -exclamaba cuando mamá había preparado una comida de fragancia deliciosa.
Pero, cuando estábamos a solas, mi madre me hablaba en chino y decía cosas que mi padre no podía imaginar de ningún modo. Yo entendía las palabras perfectamente, pero no los significados. Un pensamiento llevaba a otro sin conexión.
– No debes ir por aquí y por allá, sino directamente a la escuela y luego a casa -me advirtió cuando decidió que ya era lo bastante mayor para ir sola por la calle.
– ¿Por qué? -le pregunté.
– No puedes entender estas cosas.
– ¿Por qué no?
– Porque aún no te las he explicado.
– ¿Por qué no?
– ¡Aii-ya! ¡Qué preguntas me haces! Porque es demasiado terrible pensar en esas cosas. Un hombre podría raptarte, venderte a otra gente o hacerte un hijo. Entonces tú matarías al bebé, y cuando lo descubrieran en un cubo de basura, ¿qué se podría hacer? Irías a la cárcel y te morirías allí.
Sabía que ésta no era la respuesta verdadera, pero también yo inventaba embustes para evitar que me ocurrieran cosas malas en el futuro. A menudo mentía cuando le traducía los interminables formularios, instrucciones y avisos de la escuela, o las llamadas telefónicas. «Shemma yisz?» (¿Qué significa?), me preguntó cuando el encargado de una tienda le gritó porque abría tarros para oler el contenido. Me sentí tan azorada que le dije que allí no se permitía comprar a los chinos. Cuando enviaron de la escuela un aviso sobre la vacunación contra la polio, le comuniqué el lugar y la hora y añadí que ahora exigían a todos los estudiantes que usaran fiambreras metálicas para el almuerzo, pues habían descubierto que las viejas bolsas de papel podían acarrear gérmenes de la enfermedad.
– Estamos subiendo de categoría -me anunció con orgullo mi padre cuando lo ascendieron a supervisor de ventas de una fábrica textil-. Tu madre está entusiasmada.
Y la subida también fue geográfica: fuimos a vivir al otro lado de la bahía de San Francisco, a un barrio italiano encaramado en una colina de North Beach, donde la calle era tan empinada que tenía que subir la acera inclinándome cuando regresaba a casa al salir de la escuela. Tenía diez años y confiaba en que podríamos dejar atrás, en Oakland, todos los viejos temores.
El edificio tenía tres plantas, con dos pisos en cada una. La fachada había sido restaurada recientemente con una capa de estuco y, en la parte superior, varias escalas metálicas conectadas para escapar en caso de incendio, pero por dentro era una casa antigua, La puerta principal, con sus estrechas hojas de vidrio, daba acceso a un vestíbulo mohoso, en el que se mezclaban los olores de todas las viviendas, los nombres de cuyos inquilinos figuraban en el portero electrónico, aliado de la puerta: Anderson, Giordino, Hayman, Ricci, Sorci y el nuestro, St. Clair. Vivíamos en la planta del medio, empotrados entre los olores de la comida que ascendían y el ruido de las pisadas que bajaban. Mi dormitorio daba a la calle, y por la noche, en la oscuridad, veía mentalmente otra vida, los coches que intentaban subir la cuesta envuelta en la niebla, el sonido de los motores acelerados y el chirrido de las ruedas, gentes ruidosas, felices, que reían, resoplaban y decían jadeantes: «Casi hemos llegado, ¿no?», un perro pachón que se erguía para iniciar sus gañidos, a los que respondían poco después las sirenas de los bomberos y una mujer que siseaba colérica: «¡Sammy! ¡Perro malo! ¡Cállate ahora!» Todos estos sonidos, tan predecibles, me relajaban y no tardaban en quedarme dormida.
Mi madre estaba satisfecha con aquel piso, pero al principio no me daba cuenta. Nada más mudamos estuvo muy ocupada, colocando los muebles, desenvolviendo la vajilla, colgando los cuadros de las paredes. Todo esto le llevó casi una semana, y poco después, cuando ella y yo nos dirigíamos a la parada del autobús, tropezó con un hombre que la puso fuera de sí.
Era un chino de rostro rojizo, que venía tambaleándose por la acera, como si estuviera perdido. Nos vio con sus ojos húmedos y al instante se puso delante de nosotras con los brazos extendidos y gritando: «iTe encontré! ¡Suzie Wong, la chica de mis sueños! ¡Aah!». Con los brazos y la boca abiertos se precipitó hacia nosotras. Mi madre me soltó la mano y se cubrió el cuerpo con los brazos, como si estuviera desnuda, incapaz de hacer otra cosa. En cuanto me soltó, me eché a gritar, al ver que aquel hombre de aspecto peligroso se abalanzaba contra nosotras. Seguí gritando después de que dos hombres que reían cogieran al otro y, sacudiéndole, le dijeran: «Joe, por Dios, basta. Estás asustando a esa pobre niña y su criada».
Hicimos varias cosas durante el resto del día, viajamos en autobús, recorrimos tiendas, compramos víveres para la cena, pero mi madre no dejaba de temblar y me apretaba la mano con tanta fuerza que me hacía daño. En una ocasión me soltó la mano para sacar el monedero del bolso y pagar la compra, y yo empecé a apartarme para mirar los dulces expuestos. Ella volvió a cogerme la mano con tal rapidez que en aquel instante supe cuánto lamentaba no haberme protegido mejor.
En cuanto regresamos a casa, colocó en su sitio latas y verduras. Entonces, como si algo no estuviera del todo bien, quitó las latas de un estante y las puso junto a las latas de otro. A continuación descolgó de la pared ante la puerta un espejo redondo de gran tamaño y lo colgó de una pared al lado del sofá.
– ¿Que estás haciendo? -le pregunté.
Me susurró en chino que «las cosas no estaban bien equilibradas», y pensé que se refería al aspecto que tenían y no a la impresión que daban. Entonces empezó a cambiar de sitio cosas más grandes, el sofá, los sillones, un rollo de papel chino con peces de colores pintados.
– ¿Qué ocurre aquí? -preguntó mi padre al volver del trabajo.
– Está mejorando el aspecto del piso -le dije.
Al día siguiente, cuando regresé de la escuela, vi que había vuelto a cambiado todo y ahora cada cosa ocupaba un lugar diferente. Comprendí que nos enfrentábamos a algún peligro terrible.
– ¿Por qué haces esto? -le pregunté, temerosa de que me diera la respuesta verdadera.
Pero ella no lo hizo, sino que se limitó a susurrar algo absurdo en chino:
– Cuando algo va contra tu naturaleza no estás equilibrado. Esta casa se construyó en una cuesta demasiado empinada, y un mal viento que sopla en lo alto se lleva toda tu fuerza cuesta abajo. Por eso nunca puedes avanzar, siempre estás retrocediendo. -Entonces empezó a señalar las paredes y las puertas del piso-. Mira qué estrecha es esta puerta, como un cuello estrangulado. Y la cocina está frente al lavabo, de modo que toda tu valía se va por el desagüe.
– ¿Pero qué significa eso? -le pregunté-. ¿Qué ocurrirá si no hay equilibrio?
Mi padre me lo explicó más tarde.
– Lo único que ocurre es que tu madre pone en práctica su instinto de anidar, que tienen todas las madres. Ya lo verás cuando seas mayor.
Me intrigó que mi padre no se preocupara nunca. ¿Acaso estaba ciego? ¿Por qué mi madre y yo podíamos ver algo más?
Unos días después comprobé que mi padre había estado en lo cierto. Lo vi al regresar de la escuela, cuando entré en mi dormitorio. Mi madre había vuelto a arreglar la habitación y la cama ya no estaba al lado de la ventana, sino contra una pared, y en el lugar que ocupó la cama… ahora había una cuna usada. Así pues, el peligro secreto era un vientre hinchado, el origen del desequilibrio de mi madre: iba a tener un bebé.