El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
Entonces mi madre bajó el tono de voz, y cuando habló de nuevo lo hizo de un modo precavido y respetuoso.
– Cierta vez uno de nuestros antepasados robó aguo de un pozo sagrado. Ahora el agua trata de robar a su vez. Hemos de atemperar el malhumor del dragón serpenteante que vive en el mar. Tiene sujeto a Bing, y hemos de hacer que afloje su presa dándole otro tesoro que pueda esconder.
Mi madre vertió té endulzado con azúcar en la taza y la arrojó al mar. Entonces abrió el puño. Tenía en la palma un anillo con un zafiro azul pálido, regalo de su madre, que había muerto muchos años antes. Me dijo que la belleza de aquella piedra hacía que las madres la mirasen codiciosas, desatendiendo a los niños a los que vigilaban tan celosamente. Aquello haría que el dragón serpenteante se olvidara de Bing. Arrojó el anillo al agua.
Pero ni siquiera así Bing apareció de inmediato. Durante cosa de una hora no vimos más que algas a la deriva. Entonces mi madre se llevó las manos al pecho y exclamó:
– ¡Ya sé! Es porque estamos mirando en la dirección equivocada.
También yo vi a Bing caminando pesadamente en el extremo de la playa, los zapatos colgando de la mano, la morena cabeza gacha, extenuado. Pude sentir lo mismo que sentía mi madre. Experimentamos un instante de alegría inconmensurable. Y entonces, antes de que pudiéramos levantarnos, las dos le vimos encender un cigarrillo, crecer y convertirse en un desconocido.
– Vámonos, mamá -le dije lo más suavemente posible.
– Está aquí -dijo ella con firmeza, y señaló la pared irregular al otro lado del agua-. Le veo. Está en una cueva, sentado en un escalón por encima del agua. Tiene hambre y un poco de frío, pero ya ha aprendido a no quejarse demasiado.
Entonces se levantó y echó a andar por la arena como si fuese un camino pavimentado. Intenté seguida, caminando con dificultad y tropezando con los blandos montículos. Mi madre subió por el empinado sendero hasta el lugar donde estaba aparcado el coche, y ni siquiera jadeaba cuando sacó del maletero una gran cámara de neumático. Ató a este salvavidas el sedal de la caña de pescar de mi padre. Regresó a la orilla y lanzó la cámara al mar, sujetando el sedal.
– Esto irá al lugar donde está Bing -dijo con vehemencia-. Le hará volver.
Jamás había notado tanto nengkan en la voz de mi madre.
La cámara de neumático pareció corroborar su idea. Fue a la deriva hacia el otro lado de la cala, donde la zarandeó un oleaje más fuerte. El sedal se puso tenso y ella lo aferró, pero no pudo evitar que se rompiera y cayera al agua trazando una espiral.
Ambas nos dirigimos al extremo del arrecife. Ahora la cámara había llegado al otro lado de la cala, y una gran ola la arrojó contra la pared. La cámara hinchada saltó hacia arriba y luego fue absorbida bajo la pared, en una caverna. Poco después se asomó, y a partir de entonces una y otra vez desaparecía, emergía, negra y reluciente, informando fielmente que había visto a Bing e iba a intentar sacado de la cueva. Una y otra vez se sumergió y volvió a salir, vacía pero todavía esperanzada, hasta que, por fin, al cabo de unas doce veces, fue absorbida por la negra cavidad y, cuando salió, estaba desgarrada y desinflada.
Sólo entonces mi madre se dio por vencida. Jamás olvidaré la expresión de su rostro, una expresión de desesperación y horror absolutos, por haber perdido a Bing, por ser tan necia de creer que la fe le serviría para cambiar el destino. Y me sentí furiosa, ciegamente furiosa, porque todo nos había fallado.
Ahora sé que en ningún momento esperé encontrar a Bing, como sé ahora que jamás encontraré la manera de salvar mi matrimonio. Pero mi madre me dice que debo seguir intentándolo.
– ¿Para qué? -replico-. No hay ninguna esperanza. No hay ningún motivo para que siga intentándolo.
– Porque debes hacerla -dice ella-. Ni la esperanza ni la razón tienen nada que ver con esto. Se trata de tu destino. Es tu vida, lo que debes hacer.
– ¿Qué debo hacer entonces?
– Eso tienes que averiguado tú misma -responde mi madre-. Si alguien te lo dice, no lo estás intentando.
Y sale de la cocina, dejándome ahí sola para que reflexione en eso.
Pienso en Bing, en cómo supe que corría peligro y cómo dejé que ocurriera su accidente. Pienso en mi matrimonio, en los signos que percibí. Sí, vi los signos, pero me limité a dejar que las cosas sucedieran. Y pienso en que el destino está formado a medias por las expectativas y a medias por la falta de atención. Pero, de algún modo, cuando pierdes algo que amas, interviene la fe. Tienes que prestar atención a lo que has perdido. Tienes que deshacer la expectativa.
Mi madre sigue prestando atención a lo que perdió. Sé que ve esa Biblia bajo la pata de la mesa. Recuerdo que la vi escribir algo en ella antes de que la hiciera servir como una cuña.
Levanto la mesa y saco la Biblia. La pongo sobre la mesa y paso rápidamente las páginas, porque sé que ahí está lo que busco. En la página anterior al inicio del Nuevo Testamento hay una sección con el rótulo «Fallecimientos», y ahí es donde escribió «Bing Hsu», a lápiz y con trazo ligero, fácilmente borrable.
JING-MEI WOO
Mi madre creía que en los Estados Unidos puedes ser cualquier cosa que te propongas, puedes abrir un restaurante, trabajar para el gobierno y obtener una buena pensión al jubilarte, comprar una casa sin apenas entregar dinero a cuenta, hacerte rico, ser famoso de la noche a la mañana.
– Por supuesto, también puedes ser un prodigio -me dijo cuando tenía nueve años-. Puedes ser la mejoren lo que quieras. ¿Qué sabe tía Lindo? Su hija sólo es la mejor tramposa.
Mi madre cifraba en los Estados Unidos todas sus esperanzas. Llegó a este país en 1949, tras perderlo todo en China, sus padres, su hogar, su primer marido y dos hijas, dos bebés gemelos. Pero jamás miró atrás con pesar. Las cosas mejorarían en muchos aspectos.
No encontramos en seguida la clase de prodigio más adecuada. Al principio mi madre pensó que yo podría ser una Shirley Temple china. Mirábamos viejas películas de Shirley por televisión, como si fuesen material de adiestramiento. Mi madre me tocaba el brazo y decía:
– Ni kan (Fíjate).
Y yo veía a Shirley bailando un zapateado o cantando una canción de marineros o frunciendo los labios hasta formar una O muy redonda mientras decía: «Oh, Dios mío».
– Ni Kan -repetía cuando los ojos de Shirley se inundaban de lágrimas-. Ya sabes cómo hacerlo. ¡Para llorar no se necesita talento!
Poco después de que a mi madre se le ocurriera la idea de que debería imitar a Shirley Temple, me llevó a una escuela de peluquería en el distrito de Mission y me puso en manos de una alumna que apenas podía sostener las tijeras sin que le temblara la mano. En vez de salir de allí con unos rizos grandes y espesos, lo hice con una masa irregular de lanilla negra y crespa. Mi madre me llevó a rastras al baño y trató de alisarme el pelo mojándolo.
– Pareces una china negra -se lamentó, como si yo hubiera hecho aquel desaguisado a propósito.
La instructora de la escuela de peluquería tuvo que podar aquellos húmedos mechones para igualarme de nuevo el cabello.
– Últimamente Peter Pan es muy popular -le aseguró a mi madre.
A hora tenía el pelo corto como el de un chico, con un flequillo ladeado cinco centímetros por encima de las cejas. Ese corte de pelo me gustaba, me estimulaba a esperar ilusionada mi futura fama.
La verdad es que al principio estaba tan excitada como mi madre, tal vez incluso más. Me representaba esa faceta de niña prodigio con muchas imágenes diferentes, que me probaba como prendas de vestir, para ver cuál me sentaba mejor. Unas veces era una refinada bailarina, de pie al lado del telón, en espera de escuchar la música que me haría avanzar deslizándome sobre las puntas de los pies. Otras veces era el Niño Jesús, alzado del pesebre de paja y llorando con sagrada indignación, o era Cenicienta, bajando de la calabaza convertida en carroza con una centelleante música de dibujos animados llenando la atmósfera.