El club De la buena Estrella
- Автор: Tan Amy
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El club De la buena Estrella». Краткое содержание книги:
El sol se había movido y ahora se cernía sobre el otro lado del muro de la cala. Todo estaba en su lugar. Mi madre se afanaba para impedir que cayera arena en la manta, eliminaba la arena de los zapatos y volvía a colocarlos en los ángulos de la manta. Mi padre seguía en el extremo del arrecife, lanzaba pacientemente el anzuelo y esperaba que el nengkan se manifestara en forma de pescado. Veía unas figurillas a lo lejos, en la playa, y sabía que eran mis hermanas por las cabezas morenas y los pantalones amarillos. Los gritos de mis hermanos se mezclaban con los de las gaviotas. Bing había encontrado una botella de gaseosa vacía y la usaba para cavar en la arena cerca del oscuro muro de la cala. Yo estaba sentada en la arena, donde terminaban las sombras y empezaba la parte soleada.
Bing golpeaba la roca con la botella de gaseosa.
– No lo hagas tan fuerte -le grité-. Abrirás un agujero en la pared, te caerás en él e irás a parar a China.
Me reí cuando él me miró como si pensara que era cierto. Se levantó y echó a andar hacia el agua. Puso el pie en el arrecife, tanteando, y le advertí:
– Bing.
– Voy a ver a papá -protestó él.
– Entonces no te separes de la pared, apártate del agua. Cuidado con los peces malos.
Le observé mientras avanzaba por el arrecife, casi pegado a la rocosa pared de la cala. Todavía le veo, tan claramente que casi tengo la sensación de que puedo hacer que se quede ahí para siempre.
Le veo de pie al lado del muro, a salvo, llamando a mi padre, el cual le mira por encima del hombro. ¡Cuánto me alegra que mi padre vaya a vigilarle un rato! Bing empieza a andar y entonces algo tira del sedal de mi padre y él lo enrolla tan rápido como puede.
Oigo gritos. Alguien ha tirado arena a la cara de Luke y éste ha emergido de su tumba de arena y se ha arrojado sobre Mark, al que ahora está vapuleando. Mi madre me pide a gritos que los detenga. En cuanto he separado a Luke y Mark, alzo la vista y veo que Bing avanza solo hacia el borde del arrecife. En la confusión de la pelea, nadie se percata. Soy la única que ve lo que Bing está haciendo.
El pequeño da uno, dos, tres pasos. Su cuerpecillo se mueve con mucha rapidez, como si hubiera visto algo maravilloso al borde del agua, y pienso: Se va a caer. Lo estoy esperando, y en el mismo momento en que lo pienso, sus pies ya están en el aire, en un instante de equilibrio, antes de caer al agua y desaparecer sin dejar siquiera una onda en la superficie.
Me arrodillé, mirando el lugar donde había desaparecido, sin moverme, sin decir nada. Lo que acababa de ocurrir no tenía sentido. Me pregunté si debería correr al agua e intentar sacarle. ¿Debería gritar a mi padre? ¿Podría incorporarme con suficiente rapidez? ¿Podía hacer que todo retrocediera y prohibirle a Bing que fuera a reunirse con mi padre en el arrecife?
Entonces regresaron mis hermanas y una de ellas preguntó dónde estaba Bing. Se hizo el silencio durante unos segundos y luego hubo gritos y revuelo de arena cuando todos pasaron por mi lado hacia el borde del agua. Me quedé allí, incapaz de moverme, mientras mis hermanos apartaban frenéticamente maderas de deriva para ver qué había detrás. Mis padres intentaban separar las olas con las manos.
Estuvimos allí muchas horas. Recuerdo las embarcaciones de búsqueda, la puesta de sol y la oscuridad. Jamás había visto una puesta de sol como aquélla: una brillante llama anaranjada que rozaba el borde del agua y luego se abría en abanico, calentando el mar. Cuando oscureció, se encendieron los fanales amarillos de las barcas y mi madre se arrojó al agua. No había nadado en toda su vida, pero la fe en su nengkan la convenció de que podía hacer lo mismo que hacían aquellos norteamericanos. Podía encontrar a Bing.
Cuando los hombres de la partida de rescate la sacaron finalmente del agua, seguía con su nengkan intacto. El agua fría empapaba su pelo y sus ropas, pero permaneció en pie, serena y majestuosa como una reina de las sirenas que acabara de salir del mar. La policía suspendió la búsqueda, nos acompañaron al coche y nos enviaron a llorar a casa.
Había supuesto que mis padres y hermanos me matarían a azotes. Sabía que era culpable, porque no había vigilado al pequeño como era debido, y, no obstante, le había visto. Pero nos sentamos en la sala a oscuras y les oí, uno tras otro, susurrando sus pesares.
– He sido un egoísta al empeñarme en pescar -dijo mi padre.
– No deberíamos haber ido a pasear -observó Janice, mientras Ruth se sonaba una vez más.
– ¿Por qué me echaste arena a los ojos? -gimió Luke-. ¿Por qué me obligaste a pelear?
Y mi madre, dirigiéndose a mí, admitió en voz baja:
– Te pedí que los separases, que dejaras de vigilar al pequeño.
Si hubiera tenido tiempo para experimentar una sensación de alivio, se habría evaporado en seguida, porque mi madre también me dijo:
– Mañana a primera hora debemos volver ahí y encontrarle, tú y yo.
Todos tenían la vista baja, pero entendí que aquél era mi castigo: salir con mi madre, regresar a la playa y ayudarla a encontrar el cuerpo de Bing.
No estaba en absoluto preparada para lo que mi madre hizo al día siguiente. Cuando me desperté aún no había amanecido, pero ella ya estaba vestida. Sobre la mesa de la cocina había un termo, una taza de té, la Biblia encuadernada en similicuero blanco y las llaves del coche.
– ¿Ya está listo papá? -le pregunté.
– Papá no viene -replicó.
– Entonces, ¿cómo vamos a llegar allí? ¿Quién nos llevará?
Ella cogió las llaves del coche y la seguí afuera. Subimos al vehículo y, mientras nos dirigíamos a la playa, no dejé de preguntarme cómo había aprendido a conducir de la noche a la mañana. No utilizó la guía de carreteras. Condujo con suavidad, giró más abajo de Geary y entró en la gran autopista, sin olvidar en ningún momento la señalización correcta, cogió la carretera costera y tomó con pericia las curvas cerradas que con frecuencia dejaban a los conductores inexpertos en la cuneta o los hacían saltar por los precipicios.
Cuando llegamos a la playa, sin pérdida de tiempo mi madre recorrió el sendero de tierra y avanzó hasta el extremo del arrecife, donde yo había visto desaparecer a Bing. Llevaba en la mano la Biblia blanca. Allí, ante el agua, llamó a Dios y las gaviotas transportaron su vocecilla al cielo. Empezó diciendo «Dios mío querido» y terminó con «amén», y entre la primera expresión y la última habló en chino.
– Siempre he creído en tus bendiciones -le dijo a Dios, en el mismo tono de alabanza que usaba para los exagerados cumplidos chinos-. Sabíamos que llegarían, no las poníamos en duda. Tus decisiones eran las nuestras. Tú nos recompensabas por nuestra fe.
»A cambio siempre hemos procurado mostrarte nuestro respeto más profundo. Íbamos a tu casa, te dábamos dinero, cantábamos tus himnos. Nos diste más bendiciones, y ahora hemos extraviado una de ellas. Es cierto que hemos sido descuidados. Teníamos tantas cosas buenas que no podíamos pensar constantemente en todas ellas.
»Así, tal vez nos lo has ocultado para darnos una lección, para que tuviéramos más cuidado con tus dones en el futuro. Lo he aprendido, está grabado en mi memoria. Y ahora he venido para recuperar a Bing.
Escuché en silencio a mi madre, horrorizada, y me eché a llorar cuando le oí añadir:
– Perdónanos por sus malos modales. Mi hija, aquí presente, no dejará de darle mejores lecciones de obediencia antes de que el muchacho te visite de nuevo.
Después de la plegaria, su fe era tan grande que le vio, tres veces, saludándola con la mano desde más allá de la primera ola. «Nale!» (¡Allí!). Y permaneció en pie como un centinela, hasta que tres veces le falló la vista y Bing resultó ser una mancha oscura de algas agitadas.
Mi madre no agachó la cabeza. Regresó a la playa y dejó la Biblia. Cogió el termo y la taza y se acercó a la orilla. Entonces me dijo que la noche anterior había recordado su pasado, cuando era una muchacha en China, y he aquí lo que había hallado:
– Recuerdo que un chico perdió una mano a causa de los fuegos artificiales. Vi los jirones de su brazo y sus lágrimas, y entonces oí a su madre afirmar que le crecería otra mano, mejor que la perdida. Aquella madre dijo que pagaría multiplicada por diez una deuda ancestral, que usaría un tratamiento de agua para aplacar la ira de Chu Jung, el dios del fuego, con sus tres ojos. Y, en efecto, a la semana siguiente aquel niño montaba en bicicleta, ¡y cuando pasó ante mis ojos asombrados vi que sujetaba el manillar con las dos manos!