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Muero por dentro [Dying Inside - es]

Электронная книга - «Muero por dentro [Dying Inside - es]». Краткое содержание книги:

Muero por dentro es un clásico de referencia y una de las más inspiradas historias de su autor: en ella aborda un tema tan clásico como es la telepatía de manera sutil, ahondando en el lado oscuro del ser humano, rebosa soledad, devastación interior y sensibilidad.
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1972.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1973.
Nombrado para el premio Locus en 1973.
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—¡Ah, qué hermoso! “Mientras oía caer la nieve con suavidad sobre el universo, su alma desfallecía lentamente. Caía suavemente, como si se tratara del advenimiento de la hora final sobre todos los vivos y los muertos.” Me gusta eso. ¿Qué es David?

—James Joyce —dijo Selig con acritud—. “Los muertos”, de Dublineses. Ayer te pedí que no hicieras eso.

—Envidio la extensión y la profundidad de tu cultura. Me gusta tomar prestadas tus rebuscadas citas.

—¡Magnífico! ¿Es necesario que me las repitas?

Cuando salió se apartó de la ventana. Nyquist hizo un exagerado ademán levantando la palma de las manos con humildad.

—Lo siento. Olvidé que no te gustaba.

—Tú nunca olvidas nada, Tom. Nunca haces nada por accidente. —Sintiéndose culpable por su irritabilidad, agregó—: ¡Dios, me estoy cansando de ver tanta nieve!

—Está nevando por todas partes —dijo Nyquist—. No va a parar nunca. ¿Qué vamos a hacer hoy?

—Supongo que lo mismo que ayer y que anteayer: sentarnos mirar cómo caen los copos de nieve, escuchar música y emborracharnos.

—¿Qué te parece hacer el amor?

—No creo que seas mi tipo —dijo Selig.

Nyquist le lanzó una sonrisa sin sentido.

—Muy gracioso. Quiero decir que busquemos por el edificio a un par de damas desamparadas y las invitemos a una fiestecita. ¿Acaso dudas de que haya dos damas disponibles en este edificio?

—Imagino que podríamos intentarlo —dijo Selig, encogiéndose de hombros—. ¿Queda algo de whisky?

—Voy a buscarlo —dijo Nyquist.

Trajo la botella. Nyquist se movía con una extraña lentitud, como un hombre que avanzaba a través de una densa atmósfera renuente de mercurio o algún otro fluido viscoso. Selig nunca había visto que fuese con prisas. Sin llegar a ser gordo, era pesado, de cuello y espaldas anchas, cabeza cuadrada, pelo rubio muy corto, nariz chata con aletas anchas y sonrisa fácil e inocente. Muy, muy ario: era escandinavo, tal vez sueco, criado en Finlandia y trasladado a los diez años a los Estados Unidos. Aunque apenas perceptible, tenía cierto deje de acento extranjero. A pesar de afirmar que tenía veintiocho años, a Selig, que acababa de cumplir veintitrés, le parecía algo mayor.

Era febrero de 1958, una época en la que Selig aún tenía la ilusión de que algún día llegaría a triunfar en el mundo de los adultos. Eisenhower era presidente, la bolsa de valores se había ido al diablo. Aunque se acababan de poner en órbita los primeros satélites espaciales norteamericanos, la depresión emocional post-Sputnik estaba afectando a todos. Las camisas de yute eran el último grito en moda femenina. Selig estaba viviendo en Brooklyn Heights, en la calle Pierrepont, y varias veces por semana iba a una oficina de la Quinta Avenida que era propiedad de una editorial para la que realizaba correcciones a 3 dólares la hora. Nyquist vivía en el mismo edificio, cuatro pisos más arriba.

Nyquist era la única persona que Selig conocía que tuviera el poder. Y no solamente eso, el hecho de tenerlo no le había trastornado en absoluto. Nyquist usaba su poder de un modo tan simple y natural como lo hacía con sus ojos o sus piernas, para su propio provecho, sin excusas y sin culpas. Posiblemente se trataba de la persona menos neurótica que jamás había conocido Selig. Su trabajo consistía en explotar a la gente, obtenía sus ingresos invadiendo la mente de otros; pero, al igual que un tigre, se abalanzaba sobre sus víctimas sólo cuando estaba hambriento, nunca atacaba por atacar. Sólo cogía lo que necesitaba, y jamás cuestionaba a la providencia que lo había hecho tan espléndidamente apto para tomar. Sin embargo, jamás tomaba más de lo que necesitaba, y sus necesidades eran moderadas. No tenía ningún trabajo y, aparentemente, jamás lo había tenido. Cuando necesitaba dinero, cogía el metro y, en sólo diez minutos, estaba en Wall Street. Allí deambulaba por los lóbregos desfiladeros del distrito financiero, y revolvía con toda libertad dentro de la mente de los accionistas recluidos dentro de las salas de la Bolsa. Siempre había algún importante y oculto suceso que conmovería el mercado de valores —una incorporación, una división de acciones, un descubrimiento mineral, un informe de ingresos favorable—. Nyquist se enteraba fácilmente de los detalles esenciales. Rápidamente vendía esta información a un precio que, aunque elevado, era razonable, a unos doce o quince inversionistas privados que se habían enterado del modo más feliz posible de que Nyquist era una fuente de información digna de confianza. Intervino en muchas de las innumerables filtraciones con las que se hicieron rápidas fortunas jugando al alza en el mercado de valores de los años cincuenta. De este modo ganaba bastante dinero, el suficiente para disfrutar de una buena vida.

Su apartamento, aunque pequeño, era agradable: tapizados negros de Naugahyde, lámpara de Tiffany, papel Picasso para paredes, un bar bien provisto, un equipo de música estu- pendo que constantemente emitía obras de Monteverdi y Palestrina, Bartok y Stravinsky. Llevaba una agradable vida de soltero, salía con frecuencia, acudía con cierta asiduidad a sus restaurantes favoritos, todos ellos oscuros y étnicos: japoneses, paquistaníes, sirios, griegos. Su círculo de amigos era limitado pero distinguido; principalmente se trataba de escritores, pintores, poetas y músicos. Aunque se acostaba con muchas mujeres, rara vez Selig lo vio dos veces con la misma.

A Nyquist le ocurría lo mismo que a Selig: podía recibir pero era incapaz de enviar; no obstante, era capaz de decir cuándo estaban escudriñando su propia mente. Así fue cómo, por casualidad, se conocieron. Selig acababa de mudarse al edificio, se había dedicado a su pasatiempo favorito, dejando que su conciencia vagara libremente de piso en piso para así conocer a sus vecinos. Saltando de un lado a otro, examinando esta y aquella cabeza, sin encontrar nada que tuviera un especial interés, y de repente:

“Dime dónde estás.”

Una cristalina hilera de palabras que centelleaba en la periferia de una mente resuelta y satisfecha de sí misma. La oración le llegó con la inmediatez de un mensaje explícito. Sin embargo, Selig fue consciente de que no había tenido lugar ningún acto de transmisión activa; simplemente había encontrado las palabras esperando, en actitud pasiva. Respondió con rapidez:

“Calle Pierrepont 35.”

“No, eso ya lo sé. Quiero decir en qué piso del edificio estás.”

“Cuarto piso.”

“Yo estoy en el octavo. ¿Cómo te llamas?”

“Selig.”

“Nyquist.”

El contacto mental era asombrosamente íntimo. Casi resultaba sexual, como si estuviera penetrando en un cuerpo, no en una mente, y se avergonzó ante la masculinidad resonante del alma en la que había entrado; sintió que había algo que no era del todo permisible en semejante cercanía con otro hombre. Pero no se retiró. Aquélla era una experiencia deliciosa, demasiado gratificadora para rechazarla: la interacción rápida de la comunicación verbal a través de la brecha de la oscuridad. Selig tuvo la ilusión momentánea de haber extendido sus poderes, de haber aprendido a enviar tanto como a extraer los contenidos de otras mentes. Pero sabía que sólo era una ilusión. No estaba enviando nada, y tampoco Nyquist lo estaba haciendo. Simplemente estaban extrayendo información de la mente del otro. Cada uno formaba frases para que el otro las encontrara, lo cual, desde el punto de vista de la dinámica de la ubicación, no era exactamente lo mismo que enviarse mensajes el uno al otro. Sin embargo, era una distinción sutil y posiblemente sin sentido; el efecto de red de la yuxtaposición de dos receptores abiertos era un circuito de emisión y recepción tan efectivo como el teléfono. La unión íntima de mentes verdaderas, en las que no se interponía ningún obstáculo. Vacilante, tímido, Selig penetró en los niveles inferiores de la conciencia de Nyquist buscando, más allá de los mensajes, al hombre. Cuando lo hizo, se percató vagamente de una agitación en las profundidades de su propia mente, lo que probablemente indicaba que Nyquist estaba haciendo exactamente lo mismo con él. Durante largos minutos, como amantes entrelazados en las primeras y reveladoras caricias, se exploraron el uno al otro. Pero en el contacto de Nyquist no había nada de amoroso, era frío e impersonal. No obstante, Selig se estremeció; sintió como si estuviera parado en el borde de un abismo. Por fin, lentamente, se apartó, y lo mismo hizo Nyquist. Luego:

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