Muero por dentro [Dying Inside - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Mart
- Переводчик: Carlos Rodriguez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Muero por dentro [Dying Inside - es]». Краткое содержание книги:
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1972.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1973.
Nombrado para el premio Locus en 1973.
En mayo de 1961, un sábado por la tarde fui a la casa de mis padres. En aquel entonces no los visitaba con excesiva asiduidad, a pesar de que vivía a veinte minutos de allí. Era independiente y distante, y estaba fuera del círculo familiar. Sentía un enorme rechazo hacia cualquier cosa que supusiera una atadura. En primer lugar sentía una manifiesta hostilidad hacia mis padres: después de todo, fueron sus caprichosos genes los que me hicieron llegar al mundo de este modo. Y además, estaba Judith, de cuyo desprecio ya me estaba cansando: ¿acaso necesitaba más? Así pues, durante semanas y meses enteros permanecí alejado de ellos, hasta que no pude soportar por más tiempo las melancólicas llamadas telefónicas de mi madre, hasta que el peso de mi culpa pudo más que mi resistencia.
Cuando llegué me alegró saber que Judith aún estaba en su habitación, durmiendo. ¿A las tres de la tarde? Según dijo mi madre, la noche anterior había salido y regresado muy tarde. Judith tenía dieciséis años y supuse que habría ido a un partido de baloncesto en la escuela, acompañada por algún chico flaco, con la cara llena de granos, y luego habrían ido a beber alguna cosa. Duerme bien, hermana, no te despiertes. Pero, por supuesto, el hecho de que ella no estuviera allí me puso en confrontación directa y desprotegida con mis tristes y agotados padres. Mi madre, dulce y frágil; mi padre, cansado y amargo. Recuerdo que durante toda mi vida no dejaron de empequeñecer; ahora parecían más pequeños aún; parecían estar a punto de desaparecer.
Nunca había vivido en este apartamento. Durante años, Paul y Martha lucharon por mantener una vivienda de tres habitaciones demasiado cara para ellos, sólo por el hecho de que Judith y yo no podíamos compartir el mismo cuarto cuando ella dejó de ser una niña. Cuando me matriculé en la universidad y alquilé un cuarto cerca de allí, ellos se mudaron a un apartamento más pequeño y mucho más barato. El cuarto de ellos quedaba a la derecha del vestíbulo, el de Judith a la izquierda, al final de un largo pasillo, después de la cocina. Nada más entrar en el apartamento había una sala en la que, sentado, mi padre estaba hojeando el Times sin prestar demasiada atención. En estos días se limitaba a leer el diario, aunque alguna vez su mente había sido más activa. Él mismo emanaba una débil y opaca sensación de fatiga. Por primera vez en su vida, estaba ganando bastante dinero; de hecho, terminaría siendo bastante rico. Sin embargo, se había amoldado a la psicología del hombre pobre: pobre Paul, eres un fracasado, merecías mucho más de la vida. Mientras pasaba las hojas, miré al diario a través de su mente. Ayer Alan Shepard había realizado su memorable vuelo suborbital, la primera aventura espacial tripulada de los Estados Unidos. EE.UU. LANZA AL HOMBRE A 185 KILOMETROS DE LA TIERRA, se leía en un titular a toda página. SHEPARD ACCIONA LOS CONTROLES DESDE LA CAPSULA, INFORMES POR RADIO EN UN VUELO DE 15 MINUTOS. Busqué algún modo de conectarme con mi padre.
—¿Qué te pareció el viaje espacial? —le pregunté—. ¿Oíste las transmisiones de radio?
Se alzó de hombros.
—¿A quién diablos le importa? Es una locura. Un disparate. Una pérdida de tiempo y dinero para todos.
ISABEL VISITA AL PAPA EN EL VATICANO. El gordo Papa Juan, con el aspecto de un rabino bien alimentado. JOHNSON SE REUNE CON GOBERNANTES EN ASIA PARA DISCUTIR EL USO DE TROPAS NORTEAMERICANAS. Siguió hojeando el diario, salteándose las páginas. SE PIDE LA AYUDA DE GOLDBERG CON LOS COHETES. KENNEDY FIRMA LA LEY DE SALARIOS MINIMOS. No hay nada que le produzca alguna impresión especial, ni siquiera KENNEDY PROCURA REDUCIR LOS IMPUESTOS SOBRE LOS RÉDITOS. Se demora un poco más en la sección deportiva. Una débil señal de interés. EL BARRO CONVIERTE A CARRY BACK EN EL FAVORITO DE LA 57ª CARRERA DE KENTUCKY QUE SE CELEBRARA HOY. LOS YANKS SE ENFRENTAN A LOS ANGELS EN EL PRIMER PARTIDO DE LA SERIE DE 3 ANTE 21.000 ESPECTADORES EN LA COSTA.
—¿Quién crees que ganará la carrera? —le pregunté.
Meneó la cabeza:
—¿Qué sé yo de caballos? —dijo.
Aunque su corazón seguiría latiendo durante diez años más, me di cuenta de que ya estaba muerto. Había dejado de responder, el mundo lo había vencido.
Lo dejé hablando consigo mismo y fui a intentar hablar cortésmente con mi madre: su grupo de lectura Hadassah debatiría Matar un Ruiseñor el próximo jueves y quería saber si yo lo había leído. No lo había hecho. ¿Qué era mi vida? ¿Había visto últimamente alguna película buena? La aventura, le dije. ¿Es una película francesa?, preguntó. Italiana, le dije. Quiso que le relatara el argumento. Aunque escuchó con paciencia, con cara de preocupación, no entendió nada.
—¿Con quién fuiste? —preguntó—. ¿Estás saliendo con alguna chica agradable?
Mi hijo, el soltero, ya tiene veintiséis años y ni siquiera está comprometido. Conseguí desviar la tediosa pregunta con una gran habilidad adquirida tras una larga experiencia. Lo siento, Martha No te daré los nietos que estás esperando, será Judith quien te los dé; no tendrás que esperar tanto.
—Ahora tengo que vigilar el asado —dijo, y desapareció.
De nuevo volví junto a mi padre y me senté allí hasta que no lo pude soportar más y me fui al cuarto de baño, justo al lado del dormitorio de Judith, al otro extremo del pasillo. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Eché un vistazo. La luz estaba apagada, persianas bajas, pero toqué su mente y descubrí que estaba desierta, pensando en levantarse. Muy bien, me dije, haz un acto de cortesía, sé amigable. No te costará nada. Golpeé la puerta con suavidad.
—¡Hola!, soy yo —dije—. ¿Puedo pasar?
Estaba sentada en la cama, con una bata blanca encima de su pijama azul oscuro. Bostezando, desperezándose. Su cara por lo general tan tirante, estaba hinchada de haber dormido tanto. Para no perder la costumbre, entré en su mente y encontré algo nuevo e inesperado allí. La inauguración erótica de mi hermana la noche anterior. Todo el asunto: los retozos en el coche aparcado; la excitación creciente; la rápida comprensión de que esto iba a ser algo más que un interludio de caricias; las bragas que caían; la torpeza en el cambio de posiciones; la falta de habilidad en la manipulación del preservativo; el último momento de vacilación antes del total consentimiento; los inexpertos y precipitados dedos que trataban de conseguir la lubricación de la hendidura virgen; la cautelosa y torpe introducción; la presión, la sorpresa al descubrir que la penetración se lograba sin dolor; el pistoneo de un cuerpo contra el otro, la rápida explosión del chico; el resultado pegajoso; la culpa, la confusión y la decepción cuando terminó sin que Judith se sintiera satisfecha. El silencioso regreso a casa, avergonzados. La entrada en la casa, de puntillas, el saludo ronco a los padres vigilantes, despiertos. La ducha a pesar de la avanzada hora de la noche. La inspección y limpieza de la vulva desvirgada y algo inflamada. El intranquilo sueño varias veces interrumpido. Un largo período de insomnio en el que se considera el incidente de esa noche: sensación de alivio y satisfacción por haberse convertido en mujer, mezclada con un cierto miedo. La renuencia a enfrentarse con el mundo al día siguiente, en especial con Paul y Martha. Tu secreto, Judith, no es un secreto para mí.