Muero por dentro [Dying Inside - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Mart
- Переводчик: Carlos Rodriguez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Muero por dentro [Dying Inside - es]». Краткое содержание книги:
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1972.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1973.
Nombrado para el premio Locus en 1973.
—¿A quién más tenemos?
—Tienes a Karl.
—No lo tengo, ni a él ni a nadie. Sólo a mi hijo y a mi hermano.
Pienso en la vez que traté de asesinarla en la cuna, ella no lo sabe.
—¿Somos realmente amigos, Jude?
—Por fin, ahora sí.
—No se puede decir que durante todos estos años nos hayamos profesado demasiado cariño.
—La gente cambia, Duv. Crece. Yo era tonta, una verdadera estúpida, tan enfrascada en mí misma que lo único que podía dar a los que me rodeaban era odio. Pero eso ya se ha terminado. Si no me crees, mira dentro de mi cabeza y verás.
—Tú no quieres que ande husmeando por ahí.
—Hazlo —insiste—. Observa bien y fíjate si no he cambiado con respecto a ti.
—No. Prefiero no hacerlo. —Me sirvo otro vaso de ron. La mano me tiembla un poco—. ¿No deberías echarle una mirada a la salsa de tallarines? Quizá se está quemando.
—Deja que se queme. No he terminado mi bebida. Duv, ¿sigues teniendo problemas? Con tu poder, quiero decir.
—Sí. Los sigo teniendo, ahora más que nunca.
—¿Qué crees que está pasando?
Me alzo de hombros, típico gesto de ignorancia.
—Lo estoy perdiendo, eso es todo. Es como el pelo, supongo. Se tiene mucho cuando uno es joven, luego cada vez menos y, finalmente, nada. ¡Al diablo! Nunca me hizo ningún bien.
—No lo dices en serio.
—Dime uno, aunque sólo sea un bien que me haya hecho, Jude.
—Te convirtió en alguien especial, en alguien único. Cuando todo te iba mal, siempre podías recurrir a él y penetrar en las mentes, podías ver lo invisible, te podías acercar al alma de la gente. Un don de Dios.
—Un inútil don, a menos que hubiera entrado en algún circo.
—Te ha convertido en una persona más rica. Más compleja, más interesante. Sin él no hubieras dejado de ser alguien vulgar y corriente.
—Con él resulté ser alguien bastante común. Un don nadie, un cero a la izquierda. Sin él podría haber sido un don nadie feliz, en lugar de un desdichado.
—Sientes demasiada compasión por ti mismo, Duv.
—Tengo mucho de qué compadecerme. ¿Más Pernod, Jude?
—No, gracias. Voy a ver cómo va la cena. ¿Quieres servir el vino?
Mientras va a la cocina, yo sirvo el vino y llevo la fuente de ensalada a la mesa. Detrás de mí el chico comienza a cantar disparatadas sílabas burlonas con su extraña voz de barítono adulto. Siento la presión del odio frío del chico contra la parte posterior de mi cráneo. Judith regresa, trayendo una colmada bandeja: tallarines, pan de ajo, queso. Cuando nos sentamos, me sonríe cálidamente, evidentemente es un gesto sincero. Entrechocamos los vasos de vino. Durante unos minutos comemos en silencio. Elogio los tallarines. Por fin, dice:
—¿Puedo leerte a ti la mente, Duv?
—Cómo no.
—Dices que te alegra que el poder esté desapareciendo. ¿Esa mentira quieres que me la crea yo, o creértela tú mismo?Porque estás tratando de engañar a alguien. Odias la idea de perderlo, ¿no es cierto?
—Un poco.
—Muchísimo, Duv.
—De acuerdo, muchísimo. No sé qué prefiero. Me gustaría que desapareciera por completo. Dios, me gustaría no haberlo tenido nunca. Pero, por otro lado, si lo pierdo, ¿quién soy? ¿Dónde está mi identidad? Soy Selig, el adivinador del pensamiento, ¿verdad? El Increíble Hombre Mental. Así que si dejo de serlo… ¿comprendes, Jude?
—Comprendo. El dolor que sientes se refleja en tu cara. Lo lamento, Duv.
—¿Qué lamentas?
—Que lo estés perdiendo.
—Me odiaste por atreverme a usarlo contigo, ¿no es así?
—Eso es diferente, fue algo que sucedió hace mucho tiempo. Imagino por lo que debes de estar pasando ahora. ¿Tienes alguna idea de por qué lo estás perdiendo?
—No. Supongo que debe de ser una consecuencia de la edad.
—¿Se podría hacer algo para evitar que desaparezca?
—Lo dudo, Jude. En primer lugar, ni siquiera sé por qué tengo el don, y mucho menos cómo alimentarlo ahora. No sé cómo funciona. Simplemente es algo que tengo en la cabeza, un accidente genético, algo con lo que nací, como quien tiene pecas. Si tus pecas comienzan a desaparecer y quieres evitarlo ¿puedes imaginar algún modo de hacerlo?
—Nunca dejaste que te estudiaran, ¿verdad?
—¿Por qué no?
—No me gusta más que a ti que la gente husmee dentro de mi cabeza —digo con suavidad—. No quiero convertirme en una rata de laboratorio. Siempre traté de pasar inadvertido. Si el mundo descubre lo que soy, me convertiré en un paria. Lo más probable es que me linchasen. ¿Sabes a cuánta gente le dije abiertamente la verdad sobre mí mismo? ¿A cuánta en toda mi vida?
—¿Una docena?
—Tres —es mi respuesta—. Y voluntariamente no se lo habría dicho a ninguna de ellas.
—¿Tres?
—Una eres tú. Supongo que siempre lo sospechaste, pero no tuviste la certeza hasta los dieciséis años, ¿recuerdas? Después está Tom Nyquist, a quien no he vuelto a ver más. Y una chica llamada Kitty, a quien tampoco veo más.
—¿Y la morena alta?
—¿Toni? Explícitamente nunca se lo dije. Traté de ocultárselo, pero lo averiguó indirectamente. Mucha gente también pudo haberlo averiguado indirectamente. Pero sólo se lo he dicho a tres. No quiero que me consideren un bicho raro. Así que es mejor que desaparezca, dejar que muera. Entonces me sentiré feliz por haberme librado de él.
—Pero quieres conservarlo.
—Conservarlo y perderlo a la vez.
—Eso es una contradicción.
—¿Me estoy contradiciendo? Muy bien, entonces me contradigo. Soy amplio, contengo multitudes. ¿Qué puedo decir, Jude? ¿Qué puedo decirte que sea verdad?
—¿Sientes dolor?
—¿Quién no siente dolor?
—Perderlo es casi como volverse impotente, ¿no es cierto, Duv? —me dice—. Llegar a una mente y descubrir que no te puedes conectar. Una vez dijiste que te producía éxtasis. Ese flujo de información, esa experiencia indirecta. Y ahora recibes menos, o nada. Tu mente no se puede levantar. ¿Lo ves así, como una metáfora sexual?
—A veces.
Le sirvo más vino. Mientras comemos tallarines e intercambiamos sonrisas vacilantes, permanecemos en silencio. Casi siento simpatía por ella. Deseos de perdonarla por todos los años durante los que me trató como una atracción de circo. ¡Maldito cerdo solapado, Duv, no te metas en mi cabeza o te mataré! Fisgón. Mirón. Aléjate, viejo, aléjate. No quiso que conociera a su prometido. Supongo que por temor a que le hablara de sus otros hombres. Algún día, me gustaría encontrarte muerto en una zanja, Duv, con todos mis secretos pudriéndose dentro de ti. Hace tanto tiempo. Quizá ahora nos queremos un poco, Jude. Sólo un poco, pero tú me quieres más de lo que yo te quiero.
—Ya no tengo orgasmos —me dice de repente—. Sabes, antes solía tenerlos casi siempre. La auténtica Chica Ardiente. Hace unos cinco años, cuando comenzó la crisis en mi matrimonio, ocurrió algo. Un cortocircuito abajo. Comencé a tener orgasmos cada cinco, cada diez veces. Comencé a sentir que mi capacidad de respuesta iba disminuyendo. Tendida ahí, esperando que ocurriera y, por supuesto, eso me inhibía siempre. Finalmente, no he tenido más orgasmos. Ahora tampoco los tengo No desde hace tres años. Desde que me divorcié es posible que me haya acostado con unos cien hombres, poco más o menos, pero con ninguno lo conseguí, y eso que algunos eran auténticos sementales. Es una de las cosas de las que Karl se va a ocupar. Así que sé lo que se siente, Duv. Sé por lo que debes estar pasando. Perder la mejor manera que tienes de relacionarte con otros. Perder gradualmente el contacto contigo mismo. Convertirte en un extraño dentro de tu propia cabeza.—Sonríe—. ¿Sabías eso acerca de mí? ¿Lo de mis problemas en la cama?