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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Al cabo de un momento dijo, hoscamente:

—Periandros.

—Ah. La gran sorpresa.

—Si lo sabías, ¿por qué lo preguntas?

—Para ver qué ibas a decir.

—¡Yakoub!

—De acuerdo. Así que te envió Periandros. ¿Significa eso que el siguiente será el hombre de Naria?

Frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Los tres lores del Imperio, eso es lo que quiero decir. El hombre de Sunteil se marchó de aquí hace poco. Ahora tú estás aquí en nombre de Periandros. Cabe suponer que el Número Tres deseará entrar también en contacto conmigo, y quizá el archimandrita también, o incluso, Dios no lo permita, el propio emperador. Si el emperador sigue aún con vida.

—El emperador sigue aún con vida —dijo Julien —. ¿Qué es eso acerca de Sunteil?

—Envió a un muchacho rom llamado Chorian.

—Conozco a Chorian. Demasiado joven, pero muy competente. Y muy astuto, como todos vosotros los roms.

—¿Lo es? ¿Lo somos?

—¿Qué es lo que preocupa a Sunteil?

—Que mi abdicación sea alguna especie de truco, y que regrese al Imperio cuando menos sea esperado, para ocasionar la mayor cantidad de problemas.

Julien irradió serenamente.

—Por supuesto que tu abdicación es alguna especie de truco. La pregunta que debe rondar por la mente de Sunteil es por qué lo has perpetrado, y qué puede hacerse para persuadirte que abandones el juego al que estás jugando. —No respondí a eso, pero él no parecía esperar tampoco ninguna respuesta. Me miró por unos instantes y luego, con sólo el más pequeño y exquisito gesto de su ceja, se volvió y empezó a dar vueltas por mi burbuja, tomando esto y aquello, manoseando mis más queridas posesiones con la delicadeza que sólo da la práctica del más experto tratante en antigüedades, que es una de las profesiones que ha practicado en su vida. Le dejé hacer. No iba a causar ningún daño. Acarició un brillante dilko de seda amarilla, un pañuelo rom que había pertenecido a alguno de la perdida y fabulosa tierra de Bulgaria, hacía quince siglos. Acarició el velo de La Chunga. Tabaleó un rápido ritmo en mi antigua pandereta, y luego posó reverentemente las manos sobre mi lavuta, mi violín gitano, que había pasado de rom a rom como todo el resto de aquellas cosas desde la época en que la Tierra aún existía.

—¿Puedo? —dijo.

—Como si estuvieras en tu casa.

Lo colocó en posición debajo de su barbilla, golpeó suavemente la caja de resonancia con las yemas de los dedos, cogió el arco. E hizo que aquel viejo violín riera, y luego que llorara, y luego lo hizo cantar. Todo ello en ocho o nueve compases. Me miró con ojos brillantes, triunfante.

—Tocas como un rom —le dije.

Se encogió modestamente de hombros.

—Halagas como un rom —respondió.

—¿Dónde aprendiste a tocar?

Hizo sonar uno o dos compases más.

—Hace años, en Sidri Akrak, había un viejo rom que se hacía llamar el Zigeuner Bícazuluí. Tocaba en la plaza del mercado fuera del Palacio del Trierarca, y Periandros envió a uno de sus falangarcas para invitarle a entrar; y durante año y medio aquel Bicazului fue el músico de la corte. Le pedí que me enseñara algunas de las viejas melodías.

—Hay veces en que tengo que recordarme a mí mismo que no eres rom, Julien.

—Hay veces en que yo tengo que hacer lo mismo —respondió.

—¿Qué le ocurrió a ese Bicazului tuyo? ¿Sabes dónde está ahora?

—Eso fue hace mucho tiempo —dijo Julien, haciendo un gesto vago —. Era muy viejo. —Volvió a dejar el violín y se dirigió a la ventana. Durante largo rato miró fuera. El sol amarillo estaba bajo en el cielo y las nubes se estaban agrupando; se preparaba una tormenta. Los tentáculos de los árboles se agitaban más lentamente de lo habitual. Al cabo de un rato dijo —: ¿Te gusta este lugar, Yakoub?

—Me parece muy hermoso, Julien. Me siento en paz aquí.

—¿De veras?

—Sí. De veras. Me siento realmente en paz aquí.

—Es un extraño lugar para ti en el otoño de tu vida, Yakoub. Esos campos de hielo, esta tempestuosa nieve…

—La paz. No olvides la paz. ¿Qué importa un poco de nieve, si tienes paz?

—¿Y esas repelentes cosas verdes? ¿Qué son? —Había desagrado en su voz —. Ces horribles tentacules. ¿Des poulpes terrestres? —Se estremeció, un movimiento preciso y elegante.

—Son árboles —dije.

¿Árboles?

—Árboles, sí.

—Entiendo. ¿Y esos árboles también te parecen hermosos?

—Este lugar es mi hogar ahora, Julien.

—Ah. Oui. Oui. Discúlpame, mon ami.

Permanecimos uno al lado del otro junto a la ventana. El sonido de los compases que había ejecutado al violín resonaba aún en mis oídos. Y también oía las últimas palabras que yo acababa de pronunciar, creando ecos y ecos y ecos. Este lugar es mi hogar, este lugar es mi hogar.

Por un momento pensé en pedirle que saliera fuera conmigo para que así pudiera mostrarle el lugar donde, en una noche clara, el fuego rojo de la Estrella Romani brillaba en el cielo. Julien, le diría, no te he dicho la verdad. Ése es mi hogar, Julien, le diría. Y luego pensé: No. No. Le quiero mucho pero nunca lo entenderá, y en cualquier caso no debo decirle nada, porque es gaje. Cierto, es gaje. Pensé de nuevo en la música que le había arrancado a mi violín; y me dije: Hay veces en que tengo que recordarme a mí mismo que no eres rom, Julien.

5

Parecía avergonzado por haber hablado tan duramente de Mulano, y al cabo de un rato preguntó si podíamos salir a dar un paseo, para que así pudiera enseñarle las bellezas del paisaje. Yo sabía que ya había tenido más que suficiente de las bellezas del paisaje cuando había cruzado el bosque desde el lugar que fuera donde le había dejado caer la cápsula del relé de tránsito; aquélla era su forma de rectificar. Pero salimos de todos modos, y le mostré los árboles desde cerca, y le señalé el gran fluir deslizante de los glaciares, y le dije los nombres que les había dado a las montañas que se alzaban como un dentado muro en el horizonte.

—Tienes razón —dijo finalmente —. En cierto modo es muy hermoso, Yakoub.

—En cierto modo, sí.

—Quiero decir de veras.

—Lo sé, Julien.

—Querido amigo. Ven: ya es hora de cenar, ¿no crees?

Volvimos dentro. Contempló durante largo rato sus frascos y seleccionó finalmente uno, y apretó el pulgar contra el botón de puesta en marcha. La superficie interior del frasco se volvió brumosa mientras se calentaba. Rebuscó en uno de sus sobrebolsillos y extrajo una botella de vino tinto, e hizo saltar el corcho con ambos pulgares.

Le déjeuner —proclamó—. Cassoulet á la maniére du Languedoc. Ha sido una tarde larga y fría, pero eso me sanará. ¿Quieres un poco de pan? —Rebuscó en el sobrebolsillo y extrajo una baguette que muy bien podía haber sido horneada en París hacía sólo tres horas. Durante unos momentos se atareó sirviendo la cena.

Luego dijo, prosiguiendo con nuestra conversación anterior como si no se hubiera producido ninguna pausa:

—No creo que Sunteil tema tu regreso. Creo que no es tu regreso lo que teme.

—Polarca tiene la misma teoría.

—¿Polarca? ¿También ha estado aquí?

—Su espectro. Todavía está. Quizá flotando al lado mismo de tu hombro mientras comemos. —Durante unos instantes di cuenta del cassoulet en silencio, ayudándolo a bajar con generosos tragos de vino, y emití un resonante eructo para demostrar mi apreciación —. Esto está realmente bueno, Julien. Si en mi próxima vida tuviera que ser un gaje, me gustaría ser un francés de Francia, y comer así tres veces al día.

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