El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Sin darse cuenta, miró hacia la Piedra de la Ley en el centro de la plaza desierta. Se habían llevado el cuerpo destrozado de la muchacha, pero las antorchas que ardían en sus altos soportes alrededor de la plaza mostraban unas manchas oscuras sobre la piedra que no parecían sombras. La hermana Fanal vio la expresión de Cyllan y tocó ligera mente el brazo de su compañera.
—Creo que le comprendo —dijo, señalando con la cabeza hacia la Piedra—. A la luz de los sucesos de hoy...
La Hermana Liss parecía ablandarse.
—¡Oh, sí! Desde luego. —Se lamió los labios—. Afortunadamente, nuestro grupo no tuvo que presenciar la ejecución, ya que llegamos cuando todo había terminado. Tiene que haber sido un espectáculo terrible.
Cyllan encogió los hombros, irritada por haber dado pruebas de debilidad, pero al mismo tiempo apaciguada por los sentimientos compasivos de las Hermanas.
—Era más joven que yo —dijo con voz áspera.
—Así lo he oído decir. Y sin duda pensaste que, de no ser por la gracia de Aeoris, habrías podido encontrarte en su lugar. —La Hermana Liss suspiró—. Vivimos días tristes. Y lo único que podemos hacer es rezar para que acaben pronto.
Cyllan no pudo abstenerse de protestar contra el fatalismo de aquella mujer.
—¡Pero era inocente! —dijo; pero dándose cuenta de que había dado un peligroso resbalón, añadió—: Quiero decir que no había pruebas contra ella, ¡nada que se apoyase en un pensamiento racional! Sin embargo, ellos... , fue como si... —Hizo un ademán de frustración e impotencia, irritada por su incapacidad de expresar lo que sentía—. Querían una víctima, sin importarles que fuese o no culpable.
Liss sonrió tristemente.
—Comprendo tus sentimientos. Pero debes recordar que a todos no esperan ahora peligros más graves que la simple aprehensión de dos fugitivos. El Caos es un enemigo mortal, y es muy astuto. Sus siervos no perderán oportunidad de encontrar a los más débiles y disolutos, y corromperles para que se pongan ,a su servicio. —Su sonrisa se extinguió. Por muy duro que pueda parecer a veces, tenemos que defender las leyes de Aeoris y no podemos arriesgarnos a permitir que el mal arraigue entre nosotros. No es un hecho agradable, pero es mejor que sufran algunos inocentes que queden los culpables en libertad.
Afortunadamente, antes de que Cyllan pudiese hablar, fueron interrumpidas por la llegada de otras cuatro mujeres, que constituían el resto del grupo de la Hermandad. Liss contó la historia de Cyllan, y las otras Hermanas insistieron en que viajase con ellas.
—No puedes continuar sola por los caminos —la apremió una de ellas—. Y cuantas más cabalguemos juntas, más seguras estaremos.
Cyllan trató de rehusar, pero las mujeres se mostraron inflexibles y Liss dijo la última palabra:
—Mi conciencia no estaría nunca tranquila si te dejase marchar —insistió—. Si te ocurriese algo, la vida se me haría imposible. ¿Quieres que me aflija este destino?
Cyllan pensó que, a menos que pudiese emprender otra precipitada huida en las horas de oscuridad, estaba realmente atrapada; no tenía defensa contra sus argumentos. Pero entonces se le ocurrió pensar que la situación podía tener sus ventajas. ¿Quién se atrevería a sospechar de una joven en compañía de seis Hermanas de Aeoris? Con tal de que vigilase constantemente su lengua, ¿qué mejor protección podía pedir?
Sonrió, recobrando poco a poco la confianza.
—Si mi presencia no ha de ser una carga...
—¡Vaya una idea! —dijo Liss, aliviada y complacida—. Esta noche descansaremos en la Posada de los Trovadores, y estoy segura de que podrás alojarte con nosotras. Mañana, unas horas después de la salida del sol, nos pondremos en camino.
El grupo de la Hermandad partió hacia el sur cuando el sol empezaba a elevarse en un cielo rojo de sangre, con sólo unas pocas nubes de bordes purpúreos. La Hermana Liss declaró que el tiempo era un buen presagio, y en cuanto quedó atrás la ciudad, la marcha fue lenta pero regular.
Cyllan cabalgaba en retaguardia, justo delante de los cuatro poneys de carga de las Hermanas. Se alegraba en secreto de tener compañía; la noche pasada, su sueño había estado lleno de pesadillas, todas ellas girando alrededor de la muchacha ejecutada, y con aquellos sueños todavía frescos en su mente, no tenía el menor deseo de estar a solas con sus pensamientos. Sus compañeras de viaje se contentaban con cabalgar y disfrutar del paisaje, y las pocas conversaciones que se entablaban eran baladíes y, por consiguiente, seguras. El único factor inquietante era la presencia de la mujer de negros cabellos y cara delgada que cabalgaba un poco delante de ella.
Sólo había cambiado unas pocas palabras con la Hermana-Vidente Jennat Brynd desde que la conoció, pero había advertido en varias ocasiones que la mujer la observaba con algo más que vago interés. Cyllan no contaba con encontrar una vidente entre sus nuevas compañeras y se preguntaba hasta dónde podría alcanzar el talento de Jennat; la idea de que su propia mente podía ser un libro abierto para una persona realmente dotada de facultades psíquicas era estremecedora. Había tenido poco contacto con la vidente y, hasta ahora, todo había marchado bien, pero prefería rehuir la compañía de Jennat, por su propia seguridad. El viaje a Shu-Nhadek duraría unos cuatro días, si no había dilaciones engorrosas; por tanto no tendría que mantener su engaño mucho tiempo más.
El resto del día transcurrió sin incidentes, y pernoctaron en una posada del camino, exigua pero limpia. Alegando cansancio, Cyllan se fue a la cama en cuanto acabaron de cenar, dejando que las Hermanas se quedaran charlando y tomando una jarra de vino, y trató de olvidar la mirada escrutadora que Jennat Brynd había lanzado en su dirección antes de retirarse ella. Por la mañana, salieron temprano y la Hermana Liss dio gracias a Aeoris de que el día fuese también bueno aunque frío, y a media tarde llegaron a un ancho río cruzado por un puente de madera. Uno de los poneys de carga había empezado a cojear; se detuvieron y Cyllan se ofreció a examinar al animal y ver lo que le pasaba.
Liss se apeó de la silla de un salto agradecida y apretándose la rabadilla con los nudillos de ambas manos.
—No me importa confesar que me viene bien este descanso — dijo, mirando el sol que estaba declinando y dejando que su calor le acariciase la cara—. Y también me alegro de que viajemos hacia el sur. Los días son aquí más largos, y el sol, más fuerte... Es un alivio, después de haber estado en las tierras del norte.
Fanal, que también había desmontado, estaba buscando en las alforjas de uno de los poneys, y sacó un paquete envuelto y una bota de zumo de frutas.
—Este sería un lugar agradable para detenernos, en cualquier circunstancia —dijo—. Tal vez podríamos sentarnos sobre la hierba y descansar un rato... ; es decir, si Themila cree que su trabajo le llevará algún tiempo.
Cyllan tardó un momento en recordar que, con aquel nombre, se dirigía a ella, y levantó rápidamente la cabeza, dejando que el poney de carga apoyase la lastimada pata en el suelo.
—Creo que no es más que una piedra en el casco —dijo a la Hermana, y después sonrió—. Pero, si quieres, podría tardar alrededor de una hora en arreglarlo.
Fanal se echó a reír.
—Muy bien, pongámonos cómodas. —Extendió su capa sobre la exuberante hierba, en un sitio donde el suelo empezaba a descender hacia el río, y se sentó—. Tengo bebidas frescas para todas, y las tortas que compré esta mañana en la panadería de la ciudad.
A los pocos minutos, las seis mujeres se habían sentado sobre la hierba, y Cyllan, después de haber extraído la piedra del casco del poney con la punta de su cuchillo, se reunió con ellas. Fanal le alargó un pedazo de torta, ella se puso en cuclillas en el borde del grupo y llevó una mano hacia atrás para sujetarse mejor el moño.