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Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:

Stalingrado era el golpe al dictador rojo, la prueba de que ningún obstáculo podía oponerse al victorioso Ejército alemán. Más de 300.000 hombres se adentraron entre las ruinas de la gran ciudad sembrada de fábricas. 300.000 hombres dispuestos a ocupar Stalingrado y a atravesar el río que se encuentra a espaldas de la villa.
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
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Su corazón empezó a latir con fuerza y un calor agradable le subió a las mejillas.

– Dios mío… no es posible… sería demasiado hermoso.

Pero, bruscamente, sus ojos concentraron su atención en un vehículo blindado, con ruedas en vez de cadenas. Se trataba de un pesado Panzerpähwagen cuyo número, 222-A, recordaba Ulrich demasiado bien.

– Sakrement! ¡Es ese canalla de Seimard! Muerto de miedo, acosado por los rusos de la llanura, viene a refugiarse aquí… El muy cerdo… vendrá a pavonearse, intentando imponer su ley… la ley de Hitler en un mundo que Hitler ha abandonado…

Vio al cabo que, seguido por un denso grupo de soldados, corría hacia los tanques. Lanzó un suspiro, luego enfocó los gemelos y vio a los camiones que seguían a los blindados.

– Ese puerco quiere jugar el papel de Papá Noel… No hay derecho de que cosas así puedan ocu…

No pudo terminar la frase.

El staccatto violento de las ráfagas de ametralladoras le hizo concentrar su atención sobre lo que pasaba en la llanura.

– Himmelgott!

Reaccionó velozmente. Echó a correr, dando la vuelta al edificio del hospital de campaña. Gritaba mucho antes de llegar a la posición y cuando penetró en la trinchera, todos los hombres se hallaban dispuestos.

– Schnell! -ordenó-. Llevad los dos antitanques a la posición del cabo Weimar… ¡Rápido! Cinco tanques se acercan a la ciudad por aquel lado…

– Entonces… esos disparos…

– Hay algunos hombres que han caído… ¡Daos prisa, demonios!

Momentos después, los primeros proyectiles silbaban agriamente. Los primeros explotaron alrededor de los blindados, quizá porque los artilleros sentían escrúpulos ya que habían reconocido la silueta de los tanques, identificándolos como Mark-3.

Pero Ulrich no les dio tiempo para dudas.

– Feuer! -gritaba yendo de una a otra pieza-. ¡Son esos canallas que guardaron los depósitos de víveres en Pitomnik! ¡Y han matado al cabo Weimar y los hombres de su pelotón!

Llevándose los gemelos al rostro, siguió con satisfacción visible los resultados de la formidable puntería de los anticarros. Y cuando vio saltar por los aires el Panzerpähwagen de Seimard, bajó los gemelos, sintiendo un intenso placer que le inundaba hasta lo más íntimo de su ser.

– Espero… -dijo entre los dientes apretados- que vayas directamente al infierno, hijo de perra.

* * *

– Han herido a Dieter, sargento.

– ¿Quién?

– Uno de esos malditos rusos. Un francotirador. Fonlass asomó la cabeza y…

– Vamos a verle. Tendremos que llevarle al hospital.

Echó a andar, pero Martin se quedó quieto; luego, viendo que el sargento se alejaba, alzó la voz:

– ¡Swaser!

Ulrich se volvió, frunciendo el ceño.

– ¿Qué diablos te pasa? ¿Vienes o no? Al menos, dime dónde está Dieter.

– Ha muerto, Ulrich.

El suboficial bajó la cabeza, luego regresó junto a Trenke, pasó junto a él, yendo directamente al sótano que le servía de puesto de mando.

Se tumbó en el jergón de paja, encendiendo un cigarrillo, con la mirada clavada en el techo hacia el que ascendía perezosamente el humo.

Oyó llegar a Martin, pero no se movió. Hacía esfuerzos para no pensar en Fonlass al que seguramente había enterrado, junto a muchos otros, al lado de uno de aquellos edificios en ruinas.

– Ulrich…

– ¿Qué? -preguntó sin moverse.

– Nos rendimos, sargento. La orden acaba de llegar. Von Paulus nos ordena cesar el combate. Los rusos, según lo que están diciendo los altavoces, van a llegar dentro de una hora…

– Bien.

Swaser se sentó sobre el jergón.

– ¿Qué quieres que haga? ¿Que me eche a llorar? Hace mucho, muchísimo tiempo, amigo mío, que esperaba este momento, que sabía que tenía que llegar. Anda, reúne a los hombres, que amontonen las armas y que estén tranquilos. Dentro de poco, Martin, habremos emprendido el largo camino del cautiverio…

* * *

– Tengo miedo, Reiner…

– No temas. Nada malo puede ocurrimos… ¿Oyes? Ya están aquí.

Se habían situado a la entrada misma del Lazarett. Reiner cogió la mano de Adelheid.

Los pasos crecían de intensidad. De repente, un suboficial, seguido por cuatro soldados, penetraron en el vestíbulo en el que se encontraba Reiner y su mujer, justo donde empezaba la escalera que conducía a los sótanos.

El médico se percató de que los cuatro rusos no eran europeos; tenían los ojos oblicuos y los pómulos salientes.

«Siberianos… o mongoles», pensó mientras el suboficial se detenía ante él. Y como el ruso permanecía en silencio, Reiner se decidió a hablar.

– Soy el doctor Suverlund y ésta es mi esposa… Tenemos aún unos doscientos heridos en los sótanos, y les estaría muy agradecido si nos procurasen algunas cosas urgentes…

Hablaba despacio, pronunciando cuidadosamente cada palabra, para hacerse entender de la mejor manera posible.

Pero su sorpresa fue grande cuando el ruso, mirándole con fijeza, dijo:

– ¿Sabes cuántos heridos nuestros han muerto por falta de medicamentos, de vendas y de todo lo demás, perro fascista? Ya se encargaban vuestros cochinos stukas de hundir las lanchas con medicinas y material sanitario que intentaban atravesar el Volga…

Sin saber exactamente por qué, Reiner tuvo el claro presentimiento de que algo terrible iba a ocurrir, pero no obstante contestó en tono amistoso.

– Yo no tengo la culpa… ¡no soy de los que aman la guerra!

– ¡Todos los alemanes aman la guerra! -replicó el soviético-. Y has de saber, puerco nazi, que mi hermano estaba entre los heridos que murieron como perros… gritando como locos… maldiciendo todo lo existente…

Reiner se percató de que el destino le había jugado una mala pasada. De todos los rusos que hubieran podido llegar al Lazarett primero, tenía que ser precisamente éste, que rezumbaba odio por todas partes.

– Yo no soy culpable, soy médico -repitió.

Fue entonces cuando los acontecimientos se precipitaron.

El sargento le golpeó en el rostro con el Nagan que empuñaba; loca de furor, Adelheid se precipitó sobre el ruso, alcanzándole en la cara con las uñas.

El ruso la empujó con violencia, echándola hacia los soldados que habían montado sus armas.

– ¡Tomadla! ¡Es vuestra!

Medio atontado, sin saber lo que el sargento decía, pero comprendiendo lo que iba a pasar, Reiner se lanzó como un loco hacia los rusos.

El sargento disparó a bocajarro; una parte de la masa encefálica de Reiner fue a pegarse en la pared.

Los soldados arrastraban ya a Adelheid hacia un rincón.

* * *

– Davai! Davai!

– ¿Qué diablos está gritando? -preguntó Ulrich volviéndose hacia Trenke que andaba lentamente a su lado.

– Davai puede traducirse por «aprisa» o «adelante» -dijo Martin.

– Es formidable -suspiró el Feldwebel-, pero la guerra hace a los hombres iguales. No importa su lengua, ni su uniforme… ¿Recuerdas lo que gritaban los Feldgendarmes cuando empujaban a los prisioneros rusos? Schnell! o Los! Estos dicen Davai!… pero sus gestos, sus sentimientos, su indiferencia es como la de aquellos Feldgendarmes que empujaban a culatazos a los rusos, a lo largo de la carretera de Minsk… ¡Qué tiempos aquéllos! ¿Quién nos iba a decir, entonces, que un día seríamos como los desarrapados que, por millares, veíamos pasar?

– Así es la vida…

Swaser se volvió bruscamente, sin detenerse, ya que la masa ingente de prisioneros no podía detenerse ni un segundo.

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