Sangre En El Volga
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
– No dejaré que me corte la pata, doctor -le dijo con rabia-. Usted no conoce a mi familia… ni a mi prometida. Es una mujer que jamás se acercaría a un hombre que no lo fuese por completo. Es una nacionalsocialista cien por cien, doctor… de las que se enamoran del cuerpo antes que de otra cosa. Un cuerpo bello, atlético… -se echó a reír-. ¡Y usted quiere que me presente cojeando ante Elsa…! No, prefiero morir porque, a pesar de todo, quiero locamente a esa mujer…
El aparato, un Heinkel-111, se posó en el aeródromo de Pitomnik, un poco antes del alba. Su estado demostraba que había conseguido llegar de verdadero milagro. Los agujeros de bala que se veían en sus alas y en su fuselaje eran la prueba de que había tropezado, en su camino, con los cazas soviéticos.
El hombre que descendió del avión llevaba un uniforme negro, sin insignias de ninguna clase. Sólo un brazal con la cruz gamada en su brazo izquierdo mostraba su pertenencia a alguna importante organización del partido.
En realidad, aquel hombre era un enviado personal del temible Reichführer, dueño de la SS y de la Gestapo, Heinrich Himmler.
Un coche puesto a su disposición le llevó hasta el puesto de mando divisionario; luego, misteriosamente, el hombre de Himmler se hizo conducir hasta los servicios de Intendencia. Bajando del coche, miró con fijeza al chófer que le había abierto la portezuela.
– Ven a buscarme mañana por la mañana.
– ¡A sus órdenes!
El hombre penetró en la pequeña construcción donde Zimmer había instalado su despacho. El furriel se levantó de un salto cuando el hombre entró y levantó el brazo.
– Heil Hitler!
Luego, bruscamente, reconociendo al recién llegado, lanzó una sonora carcajada.
– Pero… ¡si eres Seimard!
– Pues claro. ¿Cómo me encuentras con este uniforme?
– Estupendo… pero, ¿qué significa todo esto?
El otro tomó asiento, sacó un pequeño estuche del bolsillo y lo tendió a Zimmer.
-Geheime Statspolizei [9] -leyó asombrado el furriel-. Himmelgott! ¿Cómo has conseguido esto?
– Ya lo ves. Tú no sabes que pertenecí a la Gestapo antes de la guerra. Pero mi amor a las mujeres y al dinero que no era mío terminaron por perderme… ahora, gracias al permiso que me proporcionaste, volví a entrar en contacto con mis amigos de Berlín… y el Reichführer me convocó, encargándome de una misión de toda confianza.
– ¿De qué se trata?
– No puedo contártelo, al menos por ahora -sonrió el otro-. De todas maneras, has de saber que acontecimientos muy graves han pasado en Alemania. El Führer se ha dado cuenta de la traición de muchos generales de la Wehrmacht y se ha iniciado una limpieza que ríete de las purgas de Stalin… y lo más importante es que tú, a mis órdenes, vas a jugar un papel muy importante.
– No te entiendo.
– Es muy sencillo. A partir de este momento, vas a controlar la Intendencia no sólo de tu división, sino de todas las unidades del Sexto Ejército. Y no distribuirás víveres más que a aquellos que sigan las instrucciones del Führer. ¿Lo entiendes ahora?
– ¡Formidable! Veo que pensaste en mí… y te lo agradezco.
– Natürlich! Piensa que el Führer sabe, como si estuviese aquí, que un viento de traición sopla sobre Stalingrado. Hay demasiada gentuza aquí que cree que porque estamos cercados vamos a rendirnos. Pero no será así, ya que los cobardes morirán de hambre… Muy pronto, una fuerte columna blindada, mandada por Hoth, llegará hasta aquí, rompiendo el cerco… y nosotros seremos los personajes más importantes de la zona… no lo olvides…
– Es estupendo.
– Himmler me ha prometido, para cuando termine triunfalmente la batalla de Stalingrado, nombrarme jefe de los servicios de control policíaco de todo el Grupo Sur… tú, amigo mío, si colaboras eficazmente conmigo, te convertirás en el amo de la Intendencia de un grupo de ejércitos… ¿te das cuenta?
Capítulo XI
Entonces los «lobos» aparecieron…
Nadie esperaba que tal fenómeno se produjese, pero la guerra en el Este había procurado sorpresas de todas clases. Y los lobos eran una de ellas.
Cuando todas las esperanzas desaparecieron, cuando las tropas supieron que toda ilusión era vana y que tarde o temprano caerían en poder de un enemigo implacable, cuando la comida empezó a faltar, cuando la disciplina se resquebrajó como ocurre siempre al acercarse la derrota, muchos hombres se negaron rotundamente a seguir peleando por algo que había perdido totalmente su significación.
Abandonando sus unidades, vestidos de harapos, medio muertos de frío y de hambre, se movieron por la retaguardia con un solo deseo: vivir a costa de lo que fuera.
Eran los «lobos».
Por grupos más o menos numerosos, atacaban a cualquiera, buscando afanosamente los centros de la intendencia, los depósitos de víveres y también los lugares donde los celosos furrieles guardaban los cigarrillos y el alcohol destinado, en principio, a los puestos de mando y a los estados mayores.
Los hombres que quedaban en el frente se preguntaban ansiosamente cómo terminaría todo aquello. La proximidad del cautiverio les corroía el alma como un ácido.
Muchos de ellos lloraban en silencio, besando las fotos de sus familiares o mojando con lágrimas la última carta llegada de Alemania.
Otros juraban, maldecían, contestaban mal a los oficiales a los que perdían rápidamente el respeto.
Y los más duros, los cargados de odio, abandonaban las posiciones yendo a engrosar los contingentes anárquicos de los lobos.
Patrullas de la Feldpolizei daban constantes batidas, matando como a perros a los lobos que encontraban aislados; pero, a menudo, eran los lobos los que dejaban en el suelo nevado los cuerpos de los policías militares, a los que muchas veces mutilaban horriblemente, vengándose así de un cuerpo al que habían temido desde siempre.
Mientras, Leopold Seimard, al que los papeles traídos de Berlín habían proporcionado toda clase de facilidades, había constituido su «unidad especial» y fuertemente protegido, contando con los pocos vehículos que aún podían circular en aquel tiempo de creciente penuria de carburante, recorría los sectores, mostrándose cada vez más furioso al oír hablar sin descanso de las fechorías de los lobos.
– ¡Hay que cazarlos como a perros furiosos! -gritaba-. ¡Aplastarles la cabeza como a serpientes venenosas!
Porque eran ellos, los lobos, los que amenazaban con echar por tierra su plan.
Hasta entonces y merced al control ejercido sobre los víveres, había conseguido que, en general, muchas unidades, ante la amenaza de no recibir comida, se pegasen al terreno, rechazando con fiereza los ataques soviéticos.
Pero, ¿hasta cuándo estarían seguros sus depósitos de víveres con aquellos lobos sueltos?
Se había rodeado de hombres sin escrúpulos, Feldgendarmes y miembros de la SS. Sus «soldados» comían como príncipes y bebían como cosacos, poseyendo las mejores armas y munición en cantidad ingente…
Leopold había instalado su puesto de mando en un búnker que podía resistir cualquier ataque. Tres tanques permanecían constantemente cerca del fortín, con las armas dispuestas, entre ellas un monstruoso lanzallamas, para repeler cualquier intento de agresión.
Aquella mañana, la línea telefónica del búnker, una de las pocas que aún funcionaba, le permitió recibir una llamada urgente.
– ¿Diga?
– Aquí el jefe de la 376.ª División. Le llamo, aconsejado por el jefe del cuerpo de ejército, para comunicarle que el enemigo acaba de desencadenar un ataque furioso contra nuestras posiciones, alrededor del aeródromo de Pitomnik.
– Voy inmediatamente.
[9] Gestapo.