Sangre En El Volga
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
La noche caía lentamente; negros nubarrones venían del Volga, empujados por un viento helado.
– ¡Ulrich!
Dieter llegaba del sector más alejado. Sus ojos brillaban de alegría. Ni siquiera se dio cuenta de la presencia de Martin junto al cadáver de Künger.
– ¡Se han ido, Swaser! ¡Se han ido!
– ¿De quién hablas?
– Teufel! ¿De quién quieres que hable? De esos endemoniados ruskis… se han ido…
– ¿Seguro?
– En absoluto. Se fueron. El camino a la ciudad está libre… aunque de poco va a servirnos…
– No lo creas. Regresamos a Stalingrado. Lo que ocurra en Pitomnik no nos importa. Después de todo, estamos sacrificando hombres para defender a unos canallas… nos iremos esta misma noche… y cuando los rusos vuelvan por aquí, ese cerdo de la Gestapo tendrá ocasión de utilizar sus tanques y sabrá lo que es bueno…
Fue entonces cuando Dieter vio a Martin.
– ¿Qué ha pasado? ¿Han herido a Valker?
– El hombre de la Gestapo lo ha matado… Künger se interpuso y evitó que la bala alcanzase a Trenke…
– Sakrement! ¿Hasta cuándo vamos a estar haciendo el idiota, Ulrich? ¿Por qué no nos rendimos de una vez? Un país como el nuestro, regido por un demente apoyado por una pandilla de asesinos, no merece que un solo alemán vierta una gota de sangre…
– Ha muerto, Adel.
La joven se estremeció. Daba miedo ver la expresión de indecible sufrimiento que había convertido en una horrible máscara el rostro del teniente Ferdaivert.
– Pobrecillo -suspiró la muchacha.
– Hay hombres que son esclavos de todas las estupideces que la gente inventa y convierte en principios. Estamos regidos por esa clase de absurdos, querida. Pero cuando un gobierno se dedica a sentar premisas que tienen fuerza de ley, los hombres y las mujeres dejan de pensar para transformarse en autómatas sin personalidad.
Lanzó un suspiro.
– La novia de este hombre se enamoró no de él, sino de la imagen del «joven ario» que los letreros y películas repetían en las paredes de las calles alemanas y en los cines de todas las ciudades y pueblos del Reich.
»Por eso murió Karl. Porque no concebía la existencia mermado en su integridad física. De la misma manera, los médicos y las enfermeras que salieron a divertirse, creyendo a pies juntillas que hacían algo formidable al aprovechar lo poco que les quedaba, cometieron un error, ya que si no han muerto en manos de los rusos, estarán prisioneros cuando los soviéticos lleguen a aquella casa de la llanura.
– Tienes razón.
– Vamos, querida. Debemos seguir trabajando, aunque lo que hagamos no tenga ningún valor.
Y así era en efecto.
Ninguna clase de material quedaba en el Lazarett. Pero los heridos seguían amontonados en los sótanos, muriendo por decenas. Algunos enfermeros ayudaban al doctor, sobretodo para ir en busca de alimentos, que conseguían en pequeña cantidad, distribuyéndolo entre los desdichados que sufrían y morían en silencio.
Poco o nada se sabía de los cientos de heridos que habían sido conducidos a Pitomnik con la loca esperanza de ser evacuados en los últimos aviones que dejaron aquel terreno.
Sólo unos cuantos consiguieron salir del infierno del cerco de Stalingrado; el resto permanecían allí, en el suelo, amontonados los unos junto a los otros, envueltos en raquíticas mantas que apenas les defendían del frío gélido de la estepa.
Allí les encontrarían los rusos, montones de muertos que los soviéticos agruparían en gigantescas pirámides de carne a las que luego rociarían de gasolina para prenderles fuego.
Capítulo XIII
El Stalingrado que encontraron Swaser y sus hombres no era ya una ciudad, sino una enorme, gigantesca, tétrica tumba donde, además de los miles de muertos, yacían cientos de miles de hombres… pero no vivos, sino en cadáveres ambulantes…
Swaser acarreaba con él seis heridos, no muy graves. Por eso, antes de decidirse a ocupar un sector de defensa -nadie le esperaba para guiarle y debería ser él quien decidiese finalmente-, se encaminó hacia los sótanos ocupados por el Lazarett, siendo recibido por el doctor Suverlund.
Ulrich hizo un resumen de la situación al doctor quien ofreció un poco de falso café con un poco de sacarina.
– Creía -dijo Reiner- que Von Paulus iba a rendirse antes. No entiendo a qué espera… cuando toda esperanza se ha perdido…
– Y que usted lo diga, doctor. Antes de dejar la llanura, nos enteramos que el último intento alemán para romper el cerco había fracasado.
– ¿Se refiere a la columna blindada de Hoth?
– Sí.
– Eso quiere decir que no tenemos escapatoria.
– Así lo creo, doctor… y ahora que lo pienso, si no ve usted inconveniente, puesto que en la ciudad no hay orden ni concierto, podría situar a mis hombres para defender el Lazarett…
– Se lo agradezco mucho.
– En estos momentos, ¿qué puede haber mejor que defender a los débiles? No tengo idea de lo que los rusos hacen al penetrar en un hospital de campaña… pero no creo que sea nada agradable…
– La guerra convierte al hombre, ruso o alemán, en una bestia, sargento…
Adelheid intervino, llegando con la cafetera.
– ¿Un poco más, sargento?
– No, muchas gracias, señorita…
– Señora -sonrió Reiner-. Nos hemos casado aquí, hace dos semanas…
– Maravilloso -dijo Ulrich-. Eso sí que es tener confianza en el futuro…
Notó que había hablado demasiado y bajando la cabeza.
– Lo siento… -dijo-, no he querido mostrarme sarcástico.
– No es nada, Swaser -dijo el doctor-. Otra cosa… andamos muy mal de comida… hay trescientos heridos, de los mil quinientos que teníamos hace una semana… mis enfermeros han enterrado, día y noche, sin descansar, a todos los que han muerto… y por mucha vergüenza que me dé, he de decir que no han escaseado los fallecimientos por inanición…
«Morir de hambre -pensó amargamente Ulrich-. Mientras, el hombre de Himmler se pasea protegido y tiene a su alcance los grandes depósitos de víveres de todo el Sexto ejército, muchos de los cuales se están estropeando con toda seguridad».
Y en voz alta:
– Haré cuanto pueda, doctor.
– Danke!, Feldwebel.
– ¡Mientes!
El Unterscharführer Ketteler se mordió los labios, volviéndolos a abrir para decir, en voz baja y sumisa:
– No, señor…
– ¡No puede ser cierto! Esos perros no han podido desobedecerme.
– Así ha sido -insistió el suboficial de la Feldpolizei-. Hemos recorrido la totalidad del sector. No han dejado nada… absolutamente nada.
– Pero, ¿cómo es posible que los rusos se hayan ido?
– Quizá porque se cansaron de perder hombres en un deseo estúpido de apoderarse de Pitomnik. Lo cierto es que las unidades que mandaba el sargento Swaser se han batido tremendamente bien. El campo de batalla, como hemos podido comprobar, está lleno de cadáveres rusos.
– ¡No me hable usted de ese puerco de suboficial! Es lo que me faltaba… oír a alguien a mis órdenes decir que ese canalla traidor ha peleado como un héroe…
– No he hecho más que informarle señor -se defendió Ketteler.
– Está bien. Lo que ahora necesito saber es si vamos a poder permanecer tranquilos en la estepa o cree que los rusos volverán a las andadas.
– Dos cosas pueden ocurrir, señor -dijo el Unterscharführer molesto por no poder aplicar a aquel hombre, cuyo uniforme no llevaba insignia alguna, un grado-: o bien los rusos esperarán la caída de Stalingrado, antes de limpiar la llanura… o volverán con material blindado para apoderarse definitivamente de Pitomnik.
Leopold sintió que algo frío le corría por la espalda.