Sangre En El Volga
- Автор: Vereiter Karl von
- Год: 1975
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Sangre En El Volga». Краткое содержание книги:
El Volga.
A sus orillas se luchó como nunca se había peleado en Rusia, mil veces más feroz que la Batalla de Moscú, más intensa que la Batalla de Sebastopol, Stalingrado significó, sencillamente, la cúspide del avance germano en la URSS.
Cayeron los hombres en la ciudad mártir, alemanes y rusos, por cientos, por millares, por cientos de millares…
Y la sangre de tantos hombres corrió por las calles para, en densos torrentes, verterse en las aguas tranquilas del río.
– Entendido.
Algunos minutos más tarde, Leopold, a bordo de su Panzerpähwagen especial, dotado de ocho enormes ruedas y completamente blindado, abandonaba el búnker, seguido por uno de los tanques.
Todas las precauciones eran pocas para atravesar la llanura helada donde merodeaban los lobos.
Franz Humbeler, el enfermero toxicómano que había obtenido el permiso para Leopold Seimard, había conseguido resistir durante los primeros días la ofensiva rusa, gracias a algunos robos de droga llevados a cabo en el Lazarett divisionario.
Pero desde que la morfina desapareció del hospital de vanguardia, la situación de Franz cambió por completo.
Nunca supo cómo pudo resistir aquellos días, vagando como un loco después de comprobar que los armarios de los quirófanos estaban completamente vacíos, no solamente de calmantes, sino de todo lo demás. Incluso el algodón y las vendas habían dejado de existir.
Se vendaba con papel y se procuraba calma o anestesia con las pocas botellas de alcohol que quedaban, aturdiendo más que durmiendo a los que podían ser operados todavía.
Humbeler abandonó el Lazarett sin saber exactamente hacia dónde dirigirse. Preguntó por Zimmer, pensando que el furriel no podía abandonarle, pero nadie sabía dónde se había establecido el servicio divisionario de intendencia.
Enloquecido por la falta de droga, Franz vagó por las afueras de Stalingrado, pensando muchas veces en dejarse caer sobre la nieve y esperar pacientemente la muerte.
Fue entonces cuando encontró a los lobos.
Se trataba de un pequeño grupo que mandaba un tal Funker, un hombre pequeño, macizo con un rictus cruel que no abandonaba su boca de labios tan finos que parecían un simple repliegue de la piel.
Justamente, Funker acababa de enterarse del lugar donde Zimmer había instalado su nuevo despacho, en una casa situada a una decena de kilómetros de Pitomnik.
– Conozco a ese Zimmer -dijo Franz-, y os aseguro que es el mayor hijo de perra que he conocido jamás. Seguro que tiene escondidos verdaderos tesoros.
– ¿A qué estamos esperando? -gruñó Funker que entregó al enfermero una ametralladora Smeisser.
Zimmer se llevó a los labios la copa de alcohol. Frente a él, Kas había bebido de un solo trago la suya.
– Leopold ha hecho mal de llevarse a los hombres que hacían guardia aquí -dijo el gigante.
– Está loco con esos malditos lobos -replicó Zimmer-. Anda, coge el fusil y date una vuelta por afuera…
– ¿Con este frío? -protestó el gorila, pero ante la mirada de su jefe-: ¡De acuerdo! Daré una vuelta… aunque creo que no tenemos nada que temer. Nadie sabe que estamos aquí… y, además, las cosas están perfectamente escondidas… tuviste una idea genial, Erich…
– ¡Lárgate de una vez! -gruñó el furriel llenándose de nuevo la copa.
Kas abandonó el ambiente cálido del interior; al cerrar la puerta tras de sí, se estremeció, mirando con rabia los torbellinos de nieve que ofrecían un aspecto fantasmal, bajo la luz amarillenta de una luna en cuarto creciente.
– Sakrement! -gruñó-. No valía la pena que me enviase fuera… aquí no corremos ningún peli…
No terminó la frase.
El largo cuchillo de Funker le seccionó el cuello, separándose casi la cabeza del tronco.
Kaslheinz Vertasen murió sin darse cuenta de lo que le ocurría. Cayó como una enorme masa a los pies del jefe de los lobos quien le propinó una patada en la cabeza.
– Vosotros -murmuró Funker- esperad aquí y abrid bien los ojos. Tú, Franz… ven conmigo a saludar a tu amigo el furriel.
Zimmer abrió los ojos como platos al ver entrar a los dos hombres. Su mirada asustada se encontró en el largo cuchillo, todavía manchado de sangre, que Funker tenía en la mano.
– Franz… -musitó con un hilo de voz-. ¿Qué deseas?
– Vengo con unos amigos… y te presento a mi nuevo jefe, Funker. Queremos comida, bebida, chocolate y dinero… sabemos que tienes de todo…
– No es verdad -intentó defenderse el furriel.
Funker dio un paso hacia la mesa.
– No tenemos mucho tiempo que perder, Zimmer. Y si no quieres terminar como ese gorila que estaba fuera, al que he degollado como a un cerdo, date prisa…
– Pero -dijo Zimmer sin poder separar la mirada del cuchillo de Funker-, ese hombre miente -y señaló a Franz-. ¡No poseo absolutamente nada! Si quieres convencerte, no tienes más que echar una ojeada a mi depósito… está prácticamente vacío.
Funker dio la vuelta a la mesa y se acercó, con gesto amenazador, al furriel.
– Basta de idioteces… si no quieres morir ahora mismo, dinos dónde escondes tus tesoros…
Funker debió leer en los ojos del furriel una disposición a seguir negando, a defenderse como fuera, a dejar pasar el tiempo, quizá porque esperaba la llegada de alguien.
Pero no fue él quien tomó la iniciativa, sino Franz, al que seguramente la falta de droga estaba haciendo enloquecer.
Se lanzó sobre Zimmer, golpeándole con saña, con rabia. El furriel cayó de rodillas, recibiendo entonces una tremenda patada en plena boca, que le proyectó hacia atrás, quedando tendido en el suelo.
Loco, furioso, Franz tendió la mano hacia Funker.
– ¡Dame tu cuchillo!
Una vez con el arma en la mano, Franz se arrodilló junto a Zimmer, colocando la punta del cuchillo a pocos milímetros del ojo del furriel.
– O te decides o te saco ahora mismo el ojo…
– ¡No! -gritó Zimmer-. Os daré todo… pero no me hagáis daño…
Momentos después, temblando aún de miedo, con los labios hinchados por el golpe recibido, Zimmer condujo a los lobos a uno de los escondites donde había ocultado parte de sus tesoros.
Los lobos lanzaron gritos de alegría al descubrir lo que allí había, aunque se trataba de un escondite secundario. Mientras sus compañeros cargaban con latas de carne y botellas de legítimo coñac francés, Franz buscaba lo que deseaba, no tardando en hallar una gran caja de cartón que contenía doscientas ampollas de morfina.
Como la cantidad de lo que allí había era enorme, los lobos decidieron apoderarse de una de las camionetas para transportar el producto de su robo a su propia guarida.
Cuando terminaron de cargar el vehículo, Funker se acercó al enfermero.
– ¿Qué hacemos con tu amiguito? -inquirió sonriendo.
– Échame una mano -dijo Franz-. Hace tiempo que deseaba hacer pagar a ese hijo de perra todo lo que me ha hecho sufrir…
– ¿Qué quieres que hagamos con él?
– Colgarle.
Cuando la camioneta se alejaba, Franz volvió la cabeza, asomado a la ventanilla de la cabina.
El cuerpo de Zimmer se balanceaba dulcemente, pendiendo de la cuerda atada al montante de la puerta.
Capítulo XII
Por uno de esos azares que nadie puede explicarse, alguien había colocado en el avión Heinkel, donde viajaba Leopold Seimard, algunas sacas de correos que los servicios de Pitomnik distribuyeron quizá con la esperanza de proporcionar a los sitiados un momento de gozo.
Una de aquellas cartas estaba destinada a Dieter Fonlass y el sargento Swaser se apresuró a entregársela.
Querido Dieter,
Hace una infinidad de tiempo que no he recibido noticias tuyas, y ni siquiera me atrevo a esperar que esta misiva llegue a ti…
Ojalá no tuviese que darte las noticias que componen esta carta, pero mi deber es hacerlo… Nuestro hijo Otto, que como ya sabes se había incorporado a las Hitlerjugend, fue destinado a Berlín para formar parte de la Flak [10]. Sirviendo en una batería de cañones de 88 mm, murió cumpliendo con su deber…
Mi vida se reduce al trabajo de la fábrica, donde paso la mayor parte del día, dejando a nuestro otro hijo en la guardería.
[10] D.C.A. alemana.