Cita De Amor
- Автор: Кренц Джейн Энн
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Cita De Amor». Краткое содержание книги:
Harry estrelló la mano sobre la repisa de mármol gris de la chimenea.
– Querrás decir exasperante.
– Cálmate, Harry. Te he contado el incidente porque insististe en saber qué pasaba y temí que comenzaras a hacer averiguaciones. Por lo común, cuando las haces, obtienes la respuesta. En consecuencia, abrevié el proceso dándotela yo misma.
– Augusta será mi esposa. ¡Tengo todo el derecho de saber en qué está metida en un momento dado, maldición!
– Bueno, ahora ya lo sabes y debes dejar las cosas en ese punto. No tienes que intervenir, ¿entiendes? Para Augusta es una cuestión de honor, y si la resolvieras tú en su lugar, la harías muy desdichada.
– ¿Honor? ¿Qué tiene que ver el honor con esto? Me desafió a conciencia coqueteando con Lovejoy y se metió en serias dificultades.
– Ya sabe que actuó de manera impulsiva. No necesita que la sermonees. Es una deuda de juego y debe ser restituida. Permite que lo haga a su manera. No querrás herir su orgullo, ¿verdad?
– Esto es intolerable. -Harry se detuvo y miró a su vieja amiga con expresión irritada-. No soporto permanecer al margen. Yo mismo trataré con Lovejoy.
– No.
– Un hombre es responsable de las deudas de su esposa -le recordó Harry.
– Augusta no es tu esposa todavía. Deja que lo resuelva ella y te aseguro que habrá aprendido la lección.
– Si pudiera creerlo… -musitó Harry-. ¡Maldito Lovejoy! Ya sabía lo que estaba haciendo.
Sally lo pensó un instante.
– Sí, creo que sí. Augusta piensa lo mismo. No es ninguna tonta. Ese hombre aludió a su hermano en el momento en que Augusta iba a dejar el juego y volver al baile. Si había un tema que le asegurara la distracción de la muchacha, sin duda era la inocencia de Richard Ballinger.
Distraído, Harry se pasó los dedos por el cabello.
– Al parecer, estaba muy apegada a ese maldito atolondrado.
– Al morir sus padres era su único pariente. Lo adoraba. Jamás dudó de que fuera inocente y daría cualquier cosa por limpiar la reputación del hermano.
– Según lo que me contaron, Ballinger era tan imprudente como el padre. -Harry dejó de pasearse y se paró junto a la ventana. Era medianoche y llovía. Pensó que tal vez en ese mismo momento Augusta estaría pagando su deuda de juego-. Es muy probable que se haya visto involucrado en algo grave sólo por sed de aventuras. Quizá no fuese consciente de lo que hacía.
– Los Ballinger de Northumberland fueron siempre aventureros, pero nunca se acusó a nadie de traición. Por el contrario, siempre defendieron con bravura el honor.
– Se encontraron unos documentos sobre el cadáver, ¿no es así?
– Eso dicen. -Sally se interrumpió-. Lo encontró Augusta después de oír el disparo en pleno campo. Richard murió en sus brazos.
– ¡Cielo santo!
– El funcionario local encargado de la investigación descubrió los documentos. Cuando comprendieron lo que habían hallado, sir Thomas ejerció toda su influencia para que se acallaran los hechos. Pero es evidente que no la tuvo suficiente para detener los rumores. No obstante, al cabo de dos años, mucha gente ha olvidado el asunto.
– ¡Ese hijo de perra!
– ¿Quién, Lovejoy? -Como de costumbre, Sally no tuvo dificultades para intuir los pensamientos de Harry-. Sí, creo que sí. Harry, en la alta sociedad hay muchos sujetos como él. Se aprovechan de jóvenes vulnerables, tú lo sabes. Sin embargo, Augusta se librará de este problema y, te repito, no me cabe duda de que habrá aprendido la lección.
– No lo creo -replicó Harry con un suspiro de resignación. Pero había tomado una decisión-. De acuerdo, dejaré que Augusta pague la deuda, recobre el pagaré y mantenga intacto su orgullo.
Sally levantó una ceja.
– ¿Y luego?
– Luego tendré una pequeña conversación con Lovejoy.
– Lo supuse. De paso, creo que podrías hacer algo por Augusta.
Harry la miró.
– ¿De qué se trata?
Sonriendo, Sally tomó un saquito de terciopelo de una mesa que estaba junto a su silla. Aflojó el cordón que lo cerraba y dejó caer el collar sobre su mano. Las gemas rojas brillaron en la palma de la anciana.
– Tal vez quieras recuperar el collar del empeño.
– ¿Todavía tienes el collar? Creí que lo habías enviado al joyero.
– Augusta no lo sabe, pero el dinero se lo presté yo. -Sally se encogió de hombros-. En esas circunstancias, era lo único que podía hacer.
– ¿Porque no soportabas que se desprendiese de la joya?
– No, porque esto no vale mil libras -dijo Sally sin rodeos-. Es falso.
– ¿Falso? ¿Estás segura? -Harry atravesó el cuarto y arrebató el collar de manos de Sally. Lo sostuvo a la luz y lo examinó con atención. Sally tenía razón. Si bien las piedras rojas tenían un brillo atrayente, no había fuego en su interior.
– Muy segura. Sé de joyas, Harry. No obstante, la pobre Augusta cree que estas gemas son reales y no quiero que sepa la verdad. Esto tiene un gran valor sentimental para ella.
– Lo sé. -Harry dejó caer otra vez el collar en el saquito y adoptó una expresión pensativa-. Supongo que el hermano empeñó el collar cuando compró ese puesto.
– No tiene por qué ser así. El trabajo de estas piedras es excelente y muy antiguo. Debe de haber sido confeccionado hace mucho. Sospecho que los rubíes verdaderos fueron vendidos por la familia en el pasado, quizá dos o tres generaciones atrás. Los Ballinger de Northumberland tienen una larga tradición de sobrevivir sólo gracias a su ingenio.
– Entiendo. -Harry apretó el talego en la mano-. De modo que ahora te debo mil libras en rubíes y diamantes falsos, ¿no es así?
– Así es. -Sally rió-. Oh, Harry, esto es magnífico. Nunca me había divertido tanto.
– Me alegra que alguien se divierta.
CAPÍTULO VI
Ataviada con un vestido verde esmeralda, guantes largos del mismo color y una pluma en el cabello, Augusta permanecía inmóvil en el vestíbulo del teatro. Miraba fijamente a Lovejoy, a quien acababa de localizar, y no podía creer lo que le decía.
– ¿Que no le satisfaga la deuda? ¡No hablará en serio! Empeñé el collar de mi madre al efecto. Era todo lo que me quedaba de ella.
Lovejoy esbozó una sonrisa helada.
– Mi querida Augusta, no he dicho que no lo haga. Estoy de acuerdo con usted. En última instancia, es una deuda de honor, pero no puedo aceptar su dinero. Dadas las circunstancias, no sería correcto. ¡Nada menos que el collar de su madre! ¡Por Dios, no podría hacerlo, la conciencia no me dejaría en paz!
Confundida, Augusta agitó la cabeza. Había ido al Pompeya a recoger el dinero que había conseguido Scruggs esa misma tarde y luego se apresuró a acudir al teatro para arreglar el pago de la deuda con Lovejoy. ¡Y ahora lo rechazaba…!
– No lo entiendo -susurró, procurando que no la oyera ninguno de los que colmaban el vestíbulo.
– Es muy simple. Después de haberlo pensado, creo que no puedo aceptar sus mil libras, mi querida señorita Ballinger.
Augusta lo miró perpleja.
– Es muy bondadoso de su parte, señor, pero insisto -añadió Augusta.
– En ese caso, podríamos arreglar el asunto en un sitio más íntimo. -Lovejoy lanzó alrededor una mirada significativa-. Éstos no son el momento ni el lugar adecuados.
– Pues traigo el dinero conmigo.
– Acabo de decirle que no puedo aceptarlo.
– Señor, le exijo que me permita saldar mi deuda. -Augusta comenzaba a sentirse frustrada y desesperada-. Tiene que devolverme el pagaré por mil libras.
– Desea desesperadamente ese documento, ¿verdad?
– Por supuesto. Esto es muy irregular.
Los ojos de Lovejoy brillaron con divertida malicia mientras aparentaba pensar en la exigencia.
– De acuerdo, creo que podremos arreglarlo. Si se toma la molestia de visitarme dentro de dos noches, alrededor de las once, le devolveré su documento. Señorita Ballinger, venga sola y nos ocuparemos de la deuda.