Nadie Es Inocente
- Автор: Abasolo Jose Javier
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie Es Inocente». Краткое содержание книги:
Cuando llegamos al pie de la montaña no observamos nada excepcional. Era un montículo como miles más que se podían ver en toda la geografía española.
– Esperad a que estemos arriba antes de hablar -nos dijo Garrido y de nuevo le hicimos caso.
Sudorosos por el esfuerzo llegamos hasta lo que el propio Garrido denominó su cumbre, quizá de un modo exagerado, y por fin nos contó la leyenda.
– A esta montaña los lugareños la denominan la montaña del Diablo. Se cuenta que a principios del siglo XII pasaba por aquí debajo la vanguardia de un ejército moro que se dirigía a pelear contra los cristianos y que en todos los pueblos en los que entraba dejaba un rastro de saqueo y desolación inmenso, destruyendo comarcas enteras y no respetando mujeres ni niños. Se decía que en ese ejército nunca había habido bajas y que su fortaleza provenía de que el mismísimo Satanás era su jefe. El día que cruzaron por el sendero que se ve desde esta montaña fueron vistos por un pastorcito que tendría más o menos nuestra edad y que se encontraba aquí jugando. Al principio, lleno de miedo, intentó esconderse donde pudiera pero en seguida comprendió que el ejército se dirigía a su pueblo y, conocedor de su fama, supuso que masacrarían sin piedad a amigos y familiares, por lo que decidió detenerles, mas no sabía cómo hacerlo así que desesperado y lloroso se hincó de rodillas para rezar y solicitar la ayuda del apóstol Santiago y de Nuestro Señor Jesucristo.
«Estaba así postrado, de hinojos, cuando de una nube que hasta entonces no había visto, ya que era un día totalmente despejado, descendió un hombre bellísimo, de aspecto dulce y mirada misericordiosa que le contempló amorosamente durante un breve rato. El pastorcillo comprendió en seguida que se trataba del propio Jesucristo.
»-Sé lo que quieres -le dijo el Señor-, pero no puedo complacerte.
»-¿Por qué, Señor? -gimió el pastorcillo-, van a matar a mi madre y a mis hermanos, y a todo el pueblo. Tengo, tenemos que hacer algo.
»-¿Nunca te han transmitido mis enseñanza?, ¿no sabes que dije que quien a hierro mata a hierro muere y que preferí morir en la cruz por todos los hombres antes que usar todo el poder de mi Padre y acabar con ellos?
»-Lo sé, Señor, y deseo cumplir con vuestras enseñanzas y con todos los mandamientos de Dios y de nuestra santa madre la Iglesia, pero mientras tanto ese ejército se dirige a mi pueblo y tenemos que detenerlo.
»-Debieras saber que yo vine al mundo y morí en la cruz para traer un mensaje de amor, no de odio. Vine a salvar a los hombres, no a matarlos. El único que es de verdad mi enemigo es el demonio, contra él y contra sus tentaciones es contra quien debes luchar.
»-Lo sé, Señor -contestó el pastorcillo-, pero apenas soy un niño, si no soy capaz de luchar contra los hombres, ¿cómo voy a poder luchar contra el demonio?
»-No es fácil, pero debes encontrar tu camino.
«-Ayúdame, Señor, te lo ruego -imploró por última vez el pastor.
»-Tú eres el único que puede ayudarte, lo siento, hijo mío -le respondió Jesucristo al tiempo que de sus compasivos ojos surgían dos lágrimas-, nunca dejes de luchar para que resplandezca el Bien.»
»Nada más pronunciar estas palabras la aparición se difuminó y el pastorcillo se quedó de nuevo solo, más atemorizado y confundido que antes. ¿Para qué se había presentado ante él Nuestro Señor Jesucristo si luego le abandonaba a su suerte de ese modo? El pastorcillo no estaba versado en teología así que incapaz de comprender lo sucedido retornó a su tristeza primitiva. El Señor le había dicho que luchara y él decidió luchar hasta la muerte, convencido de que ése iba a ser su destino final. Además, sería el primero en morir, ¿qué sentido tenía quedar con vida cuando todos los seres que amaba, su propio pueblo, iban a desaparecer en pocas horas? Lleno de rabia y totalmente decidido a morir matando arremetió contra el ejército invasor con lo único que tenía a mano, con piedras que iba lanzando desde la cima de la montaña contra los enemigos, pero pronto comprendió que todo era en vano. Las piedras apenas hacían aparecer algunos rasguños en los rostros aguerridos de los soldados que, riéndose de su impotencia, detuvieron su camino para acercarse hasta donde él estaba.
»-Eres un insensato, chiquillo, y vas a pagar tu osadía con la muerte -dijo el general de aquel ejército con una voz que retumbó por todo el monte, bajándose de su caballo y acercándose con una espada en la mano hasta donde estaba el pastor.
»E1 general le parecía al pastor el mismísimo Satanás, con su faz rojiza y su negro pelo caracoleando en forma de cuernos por encima de la frente, así como por la airada expresión de unos ojos oscuros como carbones. Desanimado pensó que si los rumores eran ciertos, si el propio diablo dirigía el ejército invasor, no sólo no tenía ninguna posibilidad, cosa con la que ya contaba, sino que posiblemente moriría entre torturas atroces e innumerables sufrimientos. Resignado a hacerle frente miró en torno suyo pero ya no le quedaban piedras, tan sólo una muy pequeña con forma cóncava, en la que se habían refugiado las dos lágrimas derramadas por Jesucristo. Esa piedra no haría daño ni a un niño pero era lo único que tenía a mano y sin pensárselo dos veces la arrojó contra la cabeza de su contrincante, mientras olvidándose de la aparición anterior invocaba el nombre de Dios.
»El pastorcillo tenía buena puntería y la piedra dio de lleno en la frente de su enemigo. En ese mismo instante, ante el horror tanto del niño como de los propios soldados el general se transformó en un horrible demonio, de cuerpo rojo cubierto de escamas, cuernos sobre la frente, cola más gruesa que la de los monos y un intenso olor a azufre que exhalaba por todos los poros de su cuerpo, pero la visión duró escasos segundos, ya que de su interior surgió un intenso fuego que le consumió entre grandes dolores y le convirtió, en escasos segundos, en un puñado de cenizas. Después de ver esto sus soldados huyeron despavoridos y nunca más regresaron por la comarca. El pastorcillo, por su parte, volvió al pueblo, donde esparció la noticia de lo sucedido e ingresó en un convento, donde adquirió fama de santo, muriendo a la edad de ciento veinte años.
Cuando Garrido terminó de contarnos la leyenda popular nos preguntó si nos había gustado y así lo admití yo aunque Fernandito, quizá porque estaba celoso de la atención que le había prestado a Garrido y de su habilidad para narrar la historia, fue algo más desdeñoso.
– Es una historia muy interesante, pero este lugar no tiene pinta de ser un sitio propicio para que transiten los ejércitos. Muy tonto tendría que haber sido aquel general para conducir a sus huestes a través de estos parajes.
– Es tan sólo una leyenda, pero una leyenda preciosa -contestó Garrido humildemente-, y yo me he limitado a transmitírosla del mismo modo que me la transmitieron a mí.
– De acuerdo, pero no hacía falta que nos trajeras hasta aquí para contárnosla -volvió a decir Fernandito.
– Es que hay algo más. La leyenda añade que desde esta montaña, si nos asomamos por su borde, podemos ver, en aquella pared que está ahí enfrente -y señaló con el dedo extendido un montículo cercano- dibujada en la roca la cabeza del diablo. Si alguien solicita un deseo y después lanza contra la cabeza una piedra y le acierta, podrá ver cumplido el deseo que ha solicitado. ¿No os gustaría ver realizados vuestros sueños? Pues éste es el momento, tan sólo necesitamos un poco de puntería y ya está.
– No me digas que crees en esas bobadas -contestó despectivo Fernandito.
– No se trata de creer o no creer, es tan sólo un juego, y ya que hemos subido hasta aquí arriba no veo nada malo en hacerlo. Tú mismo me has contado que cuando estuviste en Roma arrojaste una moneda a la fontana de Trevi, para que se cumpliera el deseo de volver allí.
– Y volveré -replicó convencido Fernandito.
– Pero todavía no has vuelto -dijo Garrido-, tan sólo tienes el deseo de volver y la esperanza de ver realizado tu deseo, pero ¿quién te dice que no habrá algo que impida su realización? Por ahora es sólo eso, un deseo, y nadie puede ver nada malo en ello.
– La diferencia estriba en que yo sé que puedo ir a Roma porque ya he estado allí y no sería nada raro que volviera porque mi padre suele ir mucho a esa ciudad por motivos de su trabajo. En cambio, imagínate que cuando tire esa piedra, exprese el deseo de viajar a la Luna, ¿tú crees que lo conseguiré?