Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Альтернативная история » Estrella del mar [Star of the Sea - es]
Estrella del mar [Star of the Sea - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Estrella del mar [Star of the Sea - es]

Электронная книга - «Estrella del mar [Star of the Sea - es]». Краткое содержание книги:

Estrella del mar [Star of the Sea - es]
1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 38
Перейти на страницу:

Everard y Floris se instalaron sin llamar la atención y se mezclaron con la multitud. Pasando por un hueco entre los edificios, pudieron mirar al patio toscamente empedrado. En aquel momento estaba ocupado por los caballos de los visitantes importantes, que se quedarían en la casa real. Entre ellos había cuatro bueyes blancos y el carro del que seguramente habían tirado. Era un vehículo extraordinario, de hermosa carpintería, delicadamente tallado. Tras el asiento del conductor, los laterales sin ventanas se elevaban hasta formar un techo.

—Un carruaje cubierto —murmuró Everard—. Tiene que ser de Veleda… de Edh. Me pregunto si duerme ahí dentro cuando están en la carretera.

—Sin duda —dijo Floris—. Para no perder dignidad ni misterio. Sospecho que también contiene una imagen de la diosa.

—Humm. Gundicar mencionó a varios hombres que viajan con ella. Podría no necesitar una guardia armada si las tribus la respetan tanto como creo. Pero impresiona y, además, alguien tiene que hacer el trabajo. Aunque supongo que ser sus asistentes los convierte en importantes y los han hospedado en el lugar de los jefes, junto con los héroes y los caudillos locales. ¿Crees que a ella también?

—Claro que no. ¿Ella, yacer en un banco con un montón de hombres que roncan? O usará el carruaje o el rey le habrá preparado una habitación privada.

—¿Cómo lo hace? ¿Qué le da ese poder?

—Eso intentamos averiguar.

El sol se deslizó tras las copas de los árboles. La oscuridad empezó a llenar el valle. El viento corría frío. Ahora que los invitados habían comido, sólo olía a humo de madera y a bosque. Los esclavos alimentaron el fuego; las llamas crecieron, chisporrotearon, crujieron. En el aire aleteaban cuervos negros que se dirigían al nido y veloces golondrinas, runas mutables garabateadas en un cielo que se había vuelto púrpura hacia el este, verde frío al oeste. Las primeras estrellas aparecieron temblando.

Sonaron los cuernos. Procedentes del salón, los guerreros atravesaron el patio y llegaron a la tierra apisonada del exterior. Las lanzas reflejaron la moribunda luz del día. A su cabeza iba un hombre con una túnica ricamente decorada y hélices doradas cruzándole los brazos: el rey. Las voces se fueron apagando en la sombría reunión hasta que, en silencio, los hombres aguardaron. El corazón resonaba en el pecho de Everard.

El rey habló en voz alta pero con gravedad. Everard pensó que, pese a las apariencias, estaba conmovido. A ellos, desde lejos, dijo, había llegado Edh, de cuyos milagros todos habían oído hablar. Ella deseaba profetizar para los téncteros. En su honor y en el de la diosa que con ella viajaba, había ordenado a los habitantes más cercanos que se lo comunicasen a otros y, de esa forma, por toda la tierra. En aquellos tiempos desgraciados había que sopesar con cuidado cualquier señal enviada por los dioses. Les advirtió que las palabras de Edh causarían daño. Había que soportarlas con hombría, como se soporta la curación de un miembro roto. Habría que pensar en lo que significaban y en lo que habría que hacer o se podría hacer.

El rey se apartó. Dos mujeres —¿sus esposas?— trajeron un taburete alto de tres patas. Edh se adelantó y tomó asiento.

Everard se estiró en el crepúsculo. ¡Cómo deseaba poder usar el equipo óptico para que le ayudase a ver a la luz del fuego! Lo que vio le sorprendió. Había esperado que fuese una vieja harapienta. Iba bien vestida, con un traje de manga corta y falda larga hecho de lana blanca, una capa azul de piel sostenida con un broche dorado de bronce y fino calzado de cuero. Llevaba la cabeza desnuda, como una doncella, pero la melena castaña le colgaba no suelta sino en trenzas, bajo una cinta de piel de serpiente. Alta, de huesos fuertes pero delgada, se movía con cierta torpeza, como si ella y su cuerpo no fuesen del todo uno. Sus grandes ojos relucían en un alargado y hermoso rostro. Cuando abrió la boca, una dentadura aparentemente completa lanzó un destello blanco. Vaya, es joven—pensó. Y—:No. Tiene treinta y tantos, supongo. Eso aquí es mediana edad. Podría ser abuela, aunque dicen que nunca se ha casado.

Apartó la mirada de ella un instante y, con sorpresa, reconoció al hombre que la había acompañado y que permanecía a su lado, oscuro, saturnino, vestido de forma sombría. Heidhin. Claro. Diez años más joven que cuando le vi por primera vez. No aparenta serlos, mejor dicho: ya parece tan vicio como entonces.

Edh habló. No hizo ningún gesto, mantuvo las manos en el regazo y su voz de contralto, ronca, no subió de tono. Pero atraía la atención y era como el acero, como los vientos del invierno.

—Oídme y prestadme atención —dijo, con los ojos enfocados más allá de ellos hacia el lucero de la mañana—, de alta o de baja cuna, todavía con fuerzas o ya en declive, condenados a la muerte y afrontando lo sobrenatural con valor o sin él. Os pido que escuchéis. Cuando la vida se pierde, sólo queda, para vosotros y vuestros hijos, lo que de vosotros se dice. Las actos de valor nunca mueren, sino que permanecen por siempre en la mente de los hombres… ¡la noche y la nada para los nombres de los cobardes! Los dioses no darán don alguno a los traidores, sólo furia a los apáticos. El que tema luchar perderá su libertad, se agachará y se arrastrará para conseguir pan mohoso, sus hijos serán atados con cadenas y vergüenza. Sus mujeres llorarán arrojadas indefensas a la prostitución. Esas desgracias son suyas. Mejor que una tea queme su hogar mientras él, el héroe, siega enemigos hasta caer desafiante e ir hacia el cielo.

»Los cascos resuenan con fuerza en el firmamento. Los rayos caen como lanzas ardientes. Toda la tierra resuena con furia. Los mares golpean las costas. Ahora Nerha no sufrirá más. Cabalga briosa para derrocar a Roma, los dioses de la guerra con ella, los lobos y los cuervos.

Recordó humillaciones soportadas, fortunas pagadas, muertos que yacían sin ser vengados. Con frialdad arremetió contra los téncteros por haberse rendido al invasor y abandonar a los suyos que pedían ayuda. Sí, parecía que no tenían elección; pero lo que eligieron realmente era la infamia. Que sacrificasen cuanto quisieran en los lugares sagrados: no les devolvería el honor. La deuda que pagarían sería dolor sin medida. Roma lo recogería.

Pero el día llegaría. Aguantad y esperad a que salga ese sol rojo.

Después, examinando los audiovisuales, Everard y Floris sintieron nuevamente algo de su magia. Ellos mismos podrían haberse visto arrastrados, humildes, exaltados, con la muchedumbre que levantaba las armas y gritaba mientras Edh volvía al salón.

—Es muy convincente —dijo Floris.

—Algo más que eso —contestó Everard—. Tiene un don, un poder… el verdadero liderazgo tiene un toque de misterio, algo que va más allá de lo humano… Pero me pregunto si la corriente temporal no la estará arrastrando también.

—Al norte con los brúcteros, donde se establecerá, y luego…

Y en cuanto a los ampsivarios, vagaron año tras año. En ocasiones encontraron refugio brevemente, en ocasiones fueron hostigados hasta que, como escribió Tácito, «mataron a todos sus jóvenes en tierra extranjera, y los que no podían luchar fueron repartidos como botín».

II

Desde el este, dejando la mañana a sus espaldas, los Anses caminaban hacia el mundo. Las chispas producidas por las ruedas de sus carros, que traqueteaban tanto que las montañas se estremecían, llenaban el cielo. Las huellas de los caballos eran negras. Sus flechas oscurecían el cielo. El sordo de sus cuernos de batalla provocaba una furia asesina en los hombres.

Contra los recién llegados marcharon los Wanes. Froh al frente, a horcajadas sobre su toro, con la Espada Viva en la mano. El viento azotó el mar hasta que sus olas rompieron a los pies de la luna, que huyó. Por encima de ellos, en su nave, venía Naerdha. Su mano derecha la gobernaba con el Hacha del Árbol como timón. Su mano izquierda enviaba águilas para que chillasen, atacasen y rasgasen. Sobre su frente ardía una estrella tan blanca como el corazón del fuego.

1 ... 16 17 18 19 20 21 22 23 24 ... 38
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)