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El reinado de witiza

Электронная книга - «El reinado de witiza». Краткое содержание книги:

El argumento arranca de un misterioso hecho acaecido en el cementerio municipal de Tomelloso. Antonio El Faraón, popular comerciante de vinos del pueblo, había abierto recientemente un nicho de su propiedad para que se aireara de cara a la inminente toma de posesión del mismo por parte de su señora suegra (todo un detalle de amor filial y de afición a la limpieza, sin duda). Pues bien, un día el susodicho nicho amanece tabicado. El Faraón acude a denunciar ante los municipales el tan extraño como vergonzoso atentado contra su patrimonio. Desplazados al lugar el Jefe de la Policía, su ayudante oficioso y el médico forense se ordena al encargado del camposanto romper la pared para comprobar qué sorpresa aguarda dentro. Y en el hueco -tampoco voy a engañar a nadie- aparece lo que cabe esperar que aparezca al abrir un nicho: un cajón con su correspondiente muerto incorporado. Empieza entonces en Tomelloso el llamado reinado de Witiza en recuerdo de aquella frase con la que los manuales escolares de la época comenzaban a evocar la figura de aquel monarca visigodo: Oscuro y tormentoso se presentaba el reinado de Witiza… Pues oscura, muy oscura y bastante tormentosa se presenta también para Plinio la investigación sobre la identidad de un cadáver anónimo, sobre la causa de su muerte y sobre sus posibles asesinos y, especialmente, sobre las razones que llevaron a darle sepultura de aquella forma.
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Carantoña Aguado fue la primera en responder que las "prendas personales del difunto no le eran conocidas". Y comoel Faraón le preguntase si había examinado al muerto hasta semejante prenda, para estar tan fija, las cuatro juníperas soltaron una risotada a coro que se debió oír en las eras vecinas y echó por tierra la discreción anterior.

Maleza les echó el chito desde la puerta y algunas mujerucas les dijeron cosas muy feas de su profesión nocturna.

Las chicas, un poco amedrentadas, encogieron el labio, y ya en voz confidente preguntaron alFaraón si iba a ir a hacerles tertulia a la casa de la Bernarda.

Antonio les respondió que en cuanto le quitaran de en medio a aquel convidado de muerto y aliviara un poco el luto, iría con otros amigos, porque desde hacía algún tiempo estaban confeccionando un catálogo de tetas y querían ver si entre el personal nuevo había formas no registradas.

Pepa Julepe le preguntó que cómo era un catálogo de tetas. Yel Faraón, llevándolas un poco más allá, fuera de la artillería de la cola, comenzó a recitar su catálogo de esta manera:

Las de torta de Alcázar. Redondas, sin relieve y con el pezón sumido.

Las agradecidas y sueltas, que, aunque duras, temblequean a cada golpe de tacón.

Las de pera de agua, que empitonan el vestido y lo alzan por la parte delantera.

Las mansas de corazón y a la buena de Dios, que se dejan caer sin perder su fortaleza y comen en la mano.

Las satisfechas de la vida, que de puro hinchadas no dejan ver a la propietaria la parte baja de su propio cuerpo.

Las lloronas, en forma de llamador, aunque tengan sumiajade vuelta hacia arriba para aspirar el aire del escote.

Las de unapaacá y otra paallá, como si estuvieran disgustadas o buscaran la salida por cada manga del vestido.

Las arrejuntadas, que se buscan el pico.

Las de alforja vacía, y casi, casi líquidas, que hay que enfrascarlas en calcetines especiales.

Las de calabacín sin gracia y con el pezón entornado de pura vergüenza.

Las de vieja decrépita, que se las sujetan a la cintura con el mandil para no volar.

Las que fueron y sólo dejaron el lunar.

Y por último, muy raras:

Las desparejadas: una con pezón y la otra esfera lisa. O una gallete y la otra aburrida… Éstas suele decirse que las tienen las que fueron engendradas a pie derecho y en cuesta, sin el reposo y nivel de la cama.

A cada una de estas figuras pecheras que decía Antonioel Faraón, las cuatro ye-yés del ramo de la ingle soltaban carcajadas, que enrabietaban a las visitantes y mironas.

– Se habrá visto a las hijas de su madre juergueándose a la par del camposanto.

– ¿Y qué me dices de él? Menudo bribonazo, que toda su vida ha sido igual.

– Para abuelo que va y siempre con pelanduscas.

– Y sabes que se recata el africano este.

– El tío tan campante. ¿Que le han metío un muerto en su nicho? Como si le hubieran dado elaguilando, que él no se apena por nadie en el mundo.

– ¿Y a ti cuálas tetas te gustan,Faraón? – le preguntó la Salesa.

– ¿A mí…? Las de pelota, que caben justico en la mano, con poco pezón y buen valle.

Maleza, en ausencia del Jefe y de don Lotario, "que era como de la casa", dándose pisto, rastreaba las caras y dichos de los visitantes. Así estuvo el hombre hasta eso de la una, cuando llegó un coche que no se le despintó:

– ¡Atiza, "los secretas"!

Se apeó un joven con gafas negras, muy bajito él y con cara de pocos amigos. Era de esos que siempre están aspirando por la nariz como si todo les oliera mal.

– Lo que faltaba – dijo para sí Maleza -; han mandado al único jilipollas del cuerpo, al agente Rovira.

Se aproximó al guardia con un "ABC" bajo el brazo.

– Buenos días – dijo seco -, soy el agente Rovira, de la Comisaría de Alcázar.

– Ya, ya le conozco.

A Rovira le cayó muy bien aquel asomo de popularidad.

– ¿Dónde está su Jefe?

– Haciendo investigaciones.

– Desde luego tienen ustedes unas costumbres que ya, ya. Nos ha llegado el aviso casi cuando la noticia en el "ABC".

– Eso dígaselo usted al señor Juez… Además, ayer vino en el "Lanza".

– Encima eso.

– Hombre, quiero decir que cuando se envió a "Lanza", seguro que avisaron el caso a la Comisaría… A ver si es que no han podido darle a usted el encargo hasta hoy o que usted ha tenido mucho quehacer.

Rovira encogió la nariz con más aceleración que nunca, se estosió un poco y desvió el tema abriendo el diario por la hoja donde venía la crónica. Hizo como que releía el texto, que lo traía recuadrado con trazos de lápiz rojo.

– ¿Y qué? ¿Siguen ustedes sin saber quién es? – dijo sin dejar de leer o haciendo como que leía.

– Nosotros nos limitamos a enseñárselo al pueblo por si es cara conocida. Y hasta ahora, que yo sepa, no han dado pista… Me parece que van a tener ustedes un trabajo fino.

– Vamos a echarle una ojeada.

– Aquí llega el Jefe – dijo Maleza jubiloso, al columbrar un coche por la carretera de Argamasilla.

Rovira se volvió a estoser y perdió un poco el empaque supremo que tenía.

Casi al pie de las cuatro bernardas y delFaraón, que seguían en su verde cháchara, aparcó don Lotario su "Seiscientos".

Nada más echar pie a tierra los viajeros, notó Maleza que Plinio habíaguipao a Rovira.

Manuel, con su reposo de siempre, seguido del veterinario, y haciendo como que no reparaba en el "secreta", se detuvo conel Faraón y sus discípulas. Y después de echar una buena parrafada con mucha puntuación de risas y sonrisas, sin duda porque seguía la recitación del catálogo tedero, se enderezó hacia la "Sala Depósito", e hizo, de pronto, como que reconocía al de Alcázar.

– ¿Qué hay, muchacho? – le dijo afablemente.

Don Lotario quedó a distancia reglamentaria y el agente Rovira, ahora muy fino y suavizado, extendió la mano a Plinio.

– Enhorabuena, González – dijo -. Ya es usted famoso otra vez.

– ¿Yo? ¿Por qué? ¡Qué lástima!

– Porque viene en el "ABC".

– No me diga.

– Sí; usted y el señor Lotario – y señaló al veterinario, que al oír su nombre se le alumbraron los ojillos-. Mire – continuó desplegando el diario-, una crónica del corresponsal de Ciudad Real, que dice – y se puso a leer con gran énfasis -: "Manuel González – para los amigosPlinio -, ya famoso Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso, y conocido en todos los medios policiales de España por su raro talento para descubrir casos difíciles, ayudado por su inseparable amigo, el veterinario Municipal, don Lotario, ha comenzado a colaborar con las autoridades competentes para ver de resolver este enigma que tiene perpleja a la población de Tomelloso y a toda la provincia…"

Don Lotario notó que la cara se le hinchaba con aquella sangre cálida y dulzona que solía ruborizarle en su lejana juventud.

– Eso de que este enigma tiene perpleja a toda la provincia no deja de ser un poquitoexagerao. ¿No le parece, don Lotario? – dijo Plinio.

Y don Lotario, papando miel, coreó:

– Tú lo dices, Manuel, un poquito, bastante, exagerao.

– Ni que decir, González, que vengo sólo a "estar oficialmente en el caso" – dijo Rovira -, pues el señor Comisario, como siempre, tiene la más absoluta confianza en usted… Ya sabe usted que para todos los efectos es uno de nosotros… Mejor dicho, el maestro de todos.

Plinio le esbozó una sonrisa cortés y, en pocas palabras y a su manera, puso a Rovira al corriente de cómo venían desarrollándose los acontecimientos.

Pasaron luego al Depósito y vieron cómo seguía la ronda de vecinos, que giraba en torno a la piedra sin dejar de mirar al muerto por todos lados.

Rovira, después de echar un vistazo al cuerpo, dijo al Jefe:

– Aquí lo más escamante es que esté embalsamado tan a conciencia.

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