Un amor secreto
- Автор: Гордон Люси
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un amor secreto». Краткое содержание книги:
Cuando Franco se casó con su prima, Joanne se apartó discretamente y mantuvo su amor por él en secreto. Pero Franco en ese momento le pedía que se quedara, aunque sólo fuera por el bienestar de Nico. Sin embargo, necesitaba creer que el deseo que sentía por ella no se debía a que se pareciera a su prima, sino porque la quería por sí misma…
La primera parte del trayecto la pasó sentada al lado de Franco, mientras atrás Nico le explicaba todo a Pepe y a Zaza. Pararon a tomar un café, y cuando reanudaron el viaje Joanne se sentó atrás y charló con Nico. El niño se mostró ansioso por contarle adonde iban.
– Está en un pequeño poblado pesquero llamado Peschino, y la villa se encuentra justo al lado del lago, de modo que podemos correr a la playa y meternos en el agua. Y todos los pescadores son amigos nuestros, en especial los Terrini, que viven cerca. Hay un montón. Y la casa se llama Villa Felicita. Solía tener otro nombre, pero mamá y papá fueron tan felices allí que la rebautizaron -continuó Nico con inocencia, inconsciente de que le clavaba a Joanne un cuchillo en el pecho.
Oyó el jadeo de Franco y se apresuró a hablar.
– Esas colinas son tan hermosas, como si estuvieran cubiertas de oro.
– Se trata de naranjales y limonares -dijo Nico-. Y allí… mira, zia…
El pequeño prosiguió su cháchara alegre y el momento peligroso pasó.
La primera impresión que tuvo Joanne del lago Garda fue de flores. Para llegar a Peschino tuvieron que rodear la orilla oeste, de modo que la última parte del viaje la hicieron con el lago a la vista. Se empapó de su belleza, de sus aguas de un azul imposible, de las villas con tejados rojos en las laderas de las colinas, flanqueadas por árboles frutales y olivos.
– Ya casi hemos llegado -anunció Franco al entrar en el pequeño pueblo de Bardolino-. ¿Paramos para tomar un café? -Joanne iba a decir que le encantaría cuando vio que Nico tenía los dedos cruzados-. ¿Quieres uno? -le preguntó a ella con cortesía.
– Creo que deberíamos continuar -le revolvió el pelo al pequeño.
– Sí, por favor -gritó él aliviado, y Franco estalló en una carcajada.
Media hora más tarde llegaron a Peschino, un lugar diminuto sacado de un libro de fotos que Joanne amó a primera vista; las calles bajaban directamente a la playa, los botes pesqueros se mecían en las aguas, las cafeterías con sus mesas y sillas en las terrazas, la pequeña población donde todos parecían conocerse. Franco le informó de que eso era literal.
– Aquí no viven más de ochocientas personas, y con el paso de los años se han casado entre sí. De algún modo todo el mundo está emparentado con todo el mundo. Las bodas, los funerales y los bautizos son celebraciones importantes.
La villa era un lugar encantado, con frescos suelos de terrazo y ventanas enormes. Gina Terrini, que la cuidaba en ausencia de Franco, salió sonriente a recibirlos. Era una mujer regordeta de mediana edad, que abrazó a Nico y saludó a Franco como a un viejo amigo. Posó levemente su mirada en Joanne, pero no mostró ninguna sorpresa. Los distribuyó en habitaciones separadas, y Joanne supuso que Franco ya la había puesto al corriente de la situación.
El cuarto de Joanne tenía un ventanal alto que daba al jardín y más allá al lago. Estaba a oscuras por las persianas cerradas, pero las abrió y aspiró el aire fresco. Después de deshacer la maleta salió en busca de los otros, a quienes encontró en la cocina. Nico bebía un vaso con leche y comía unas galletitas. Franco y Gina bebían prosecco; ésta de inmediato depositó un vaso delante de Joanne.
– Me marcho -declaró la mujer-. Pero esta noche vendréis a cenar con nosotros.
– Gina procede de la familia de la que antes te habló Nico -explicó Franco-. Son muchos, incluyendo cinco hijos.
– Seis -corrigió en el acto Gina-. Desde el año pasado. Y la mujer de mi hermano está embarazada.
– ¿Qué hermano? -preguntó Nico.
– Uno de ellos -se encogió de hombros.
– Esa casa pequeña va a estallar con todos vosotros -protestó Franco.
– Oh, no, hemos anexado la de al lado, de modo que podemos estar juntos.
Nico pidió que lo dejaran ir con Gina para volver a ver a sus amigos.
– Primero saca la ropa de tu maleta -indicó Franco-.Y guarda todo en orden. No se lo dejes a Joanne.
– Por favor -Nico tomó la mano de ella y puso todo su corazón en esas dos palabras.
– Nico, ¿qué te he dicho? -preguntó su padre con firmeza.
– Yo me ocuparé de él -comentó Gina.
– Deja que vaya -suplicó Joanne-. Deja que disfrute.
– De acuerdo, me superáis en votos -se resignó él con humor.
El grito de alegría que lanzó Nico hizo que todos se taparan los oídos. Al siguiente instante salió por la puerta y corrió por la playa seguido de los cachorros y de Gina, que intentaba alcanzarlo.
– Gracias -dijo Franco-. Ahora él es feliz. ¿Crees que tú podrás ser feliz aquí durante una semana?
– Creo que es el sitio más hermoso que jamás he visto. ¿Y tú? ¿Cómo te lo pasarás tú?
– Es hora de que deje a mis fantasmas. Además, me encuentro en buena compañía -ella no estuvo muy segura de lo que quiso decir con eso, y él no se explicó-. Debería contarte algo de la familia Terrini, porque lo más probable es que te abrumen un poco. Están Papá y Mamá Terrini, sus dos hijos, y Gina, su hija, los hijos de sus esposas y un par de adolescentes, además de muchos niños.
– Imagino que necesitaban la casa contigua -indicó ella-. ¿Por qué han de estar todos juntos?
– Los italianos creen que las familias han de estar unidas. Además, los hombres son pescadores. Es un negocio familiar, y resulta mucho más conveniente vivir cerca de los botes.
Él subió las maletas y Joanne se ocupó de deshacer la de Nico. Al salir pasó por delante de la puerta abierta de la habitación de Franco. Rió entre dientes al ver cómo se esforzaba por mantener todo en orden.
– Deja que lo haga yo -dijo al entrar-. Siempre fuiste el hombre más desordenado del mundo.
– Sólo para algunas cosas -se defendió-. Mantengo los libros de los viñedos en perfecto orden.
– Sí, pero cuando entras en una casa las cosas parecen desordenarse por sí solas -sacó la ropa y la colgó-. Recuerdo que eso era lo que te decía tu madre.
– Y yo recuerdo que una vez me dijo que arreglara mi habitación en media hora, y tú lo hiciste por mí. En agradecimiento te invité a comer, ¿no?
– No, ibas a hacerlo, pero lo olvidaste -corrigió ella-. ¿Dónde quieres esta camisa?
– En cualquier parte.
– Ésa es la actitud que te pierde -lo amonestó. Franco sonrió con picardía, como en los viejos tiempos. Y el corazón a Joanne le dio un vuelco.
Al terminar la llevó a mostrarle el poblado. Peschino apenas tenía cinco calles que confluían en un mercado bullicioso. Había algunas tiendas y cafeterías para turistas, pero en su mayor parte era un poblado pesquero.
La gente recordaba a Franco. Allí por donde iban eran saludados desde las puertas y las ventanas; todos salían a estrecharle la mano.
Hubo un momento incómodo en que un hombre gritó: «Y la Signora Rosemary. Nos llegó el rumor de que había muerto. Cuánto me alegro de verla tan bien».
Consternado, Franco dio las pertinentes explicaciones y el hombre se disculpó como pudo y desapareció. Ambos se miraron.
– Lo siento, Joanne.
– ¿Me invitas a una taza de café? -pidió ella-. Deberíamos hablar.
Se sentaron a una mesa en la terraza de Luigi's, una pequeña cafetería donde el propietario los saludó con efusividad. Después de que les sirvieran el café, Joanne dijo:
– Hemos de enfrentarnos a ese fantasma y dejar de huir de él.
– No tenía ningún derecho a imponerte semejante carga -musitó él.
– Deja que yo me ocupe de eso -aseveró ella-. Sabía lo que hacía al aceptar esto, y no me voy a desmoronar cada vez que alguien me llame Rosemary. Además, ya nadie lo hará. Después de lo sucedido, todo el mundo lo sabrá.
– Es cierto.
– Nico lo tiene muy claro. Y yo ya lo he aceptado -era mentira. Faltaba el fantasma de su luna de miel. Pero estaba decidida a desterrarlo también-. Tú eres el único al que aún molesta -añadió-. Me temo que a ti te costará más que a nadie.