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Электронная книга - «Una semana en el paraíso». Краткое содержание книги:

Después de acceder a casarse sin estar enamorada, Samantha Reed necesitaba probar, al menos una vez en la vida, el verdadero deseo, así que decidió tomarse una semana de vacaciones en la que experimentar todo lo que no iba a tener después: lujuria, pasión, éxtasis… y todo ello, con un extraño. Un camarero sexy como el mismo pecado parecía el hombre ideal con quien disfrutar y a quien poder abandonar después sin mirar atrás.
Ryan Mackenzie, Mac, no era en realidad un camarero, sino el dueño de un complejo hotelero, aunque no estaba dispuesto a reconocerlo, sobre todo porque Samantha parecía desearle tal y como era. Había disfrutado con ella una deliciosa semana… y había llegado a la conclusión de que necesitaba tenerla para siempre. Aunque descubrir que Samantha ya estaba prometida no iba a ayudar a su propósito.
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Mac le puso una mano sobre la boca. Sabía a sal.

– No pasa nada, ¿me oyes? Nada. Y no vas a irte a esa conferencia hasta el último minuto.

Sam sintió un alivio inconmensurable.

– Es que tú… -«Vamos, díselo. Ya hay bastantes mentiras entre vosotros, al menos por tu lado»-. Es que parecías tan distante cuando he bajado que he pensado que… bueno, ya sabes qué.

Le quitó la mano de la boca y apoyó las palmas en sus hombros.

– No sabía cómo ibas a reaccionar esta mañana, así que decidí darte aire.

– ¿Y si no lo necesito?

Ya habría el suficiente dentro de muy poco, pensó, intentando deshacerse del nudo en la garganta.

– Entonces, no te lo daré -y la besó en los labios-. Ahora, ¿estás preparada para salir hacia el oeste?

Ella lo miró a los ojos y sonrió.

– Sí -cualquier cosa que él le sugiriera le parecería bien-. No sé qué has planeado, pero al entrar antes en la trastienda, he visto una vieja cesta de picnic. Podría meter unas cuantas cosas y comer en el camino.

– ¿Seguro que no preferirías comer en un restaurante?

– Espacio abierto contra una habitación repleta de gente. ¿Un montón de individuos por encima de estar solos los dos? Pues sí, creo que un restaurante es lo que más me apetece.

Él se echó a reír y tomó su mano.

– Anda, vamos. Será mejor que salgamos ya si no queremos tener que comer con todo el calor.

Sam lo siguió para prepararlo todo, decidida a disfrutar al máximo del tiempo que les quedara juntos. Un tiempo que corría ya demasiado deprisa.

Tras localizar un lugar a la sombra de un árbol, Mac sacó las cosas de comer mientras Sam extendía una manta sobre la hierba. Una suave brisa mecía el aire seco. Un menú compuesto por sándwiches de pavo, patatas y coca cola consumido en silencio le confirmó por fin que se había relajado. En la quietud del desierto, Mac disfrutó de algo que hasta aquel momento le había sido extraño: un cómodo silencio con una mujer al lado. No sabía que algo así pudiera llegar a sucederle a él.

– ¿Te apetece beber algo más? -le preguntó, sacando de la cesta otro bote de coca cola.

– No, gracias. Aunque, con este calor…

A pesar de la sombra tupida de aquel árbol, el calor de Arizona se dejaba sentir y Sam se colocó un sombrero de ala ancha que se había comprado en Cave Code.

Con la barbilla apoyada en las rodillas, elevó la mirada al cielo y sonrió.

– ¿Quién ha dicho que no se ve el cielo desde la tierra?

Él se acercó un poco.

– ¿Te gusta este lugar?

– ¿Por qué no iba a gustarme?

Se tumbó de espaldas y contempló el cielo. Mac hizo lo mismo y sus brazos se rozaron. Ninguno de los dos se apartó.

– Bastaría para hacerme considerar un cambio geográfico -murmuró ella.

– ¿De verdad?

– No, pero también se puede soñar, ¿no?

– Desde luego.

Siempre y cuando pudiese convencerla de que ese sueño podía llegar a convertirse en realidad. Pero, para conseguirlo, tenía que comprender qué le hacía sentirse tan inquieta.

– ¿Dónde estamos exactamente? -preguntó.

– En un trozo de desierto -un desierto que era suyo, pero no le parecía que estuviese preparada aún para conocer su secreto-. Se extiende kilómetros y kilómetros hacia cada lado.

Sam se hizo sombra con una mano sobre los ojos.

– ¿Y ese hotel que se ve en la distancia?

– Se llama The Resort.

– ¿Estás de broma?

– No, ¿por qué?

– Es donde se celebra la conferencia -murmuró en voz tan baja que apenas pudo oírla.

Era evidente que la perspectiva no la entusiasmaba.

Y eso le alegró. El lugar en el que iba a celebrarse la conferencia era harina de otro costal. Él estaba siempre presente en los eventos más importantes que se celebraban en el hotel, y sin lugar a dudas ella se enteraría de que él era el dueño, lo cual, bien mirado, no estaba tan mal, porque una vez se hubiera marchado del Hungry Bear, no desaparecería por completo de su vida. Como propietario, tenía acceso a las direcciones particulares de sus clientes, y sabría dónde encontrarla, ya que no tenía intención de perderla.

– Vamos a ver si adivino a qué te dedicas -dijo, retomando la conversación-. Eres vendedora de seguros.

Ella se echó a reír, y se pegó a su costado.

– Ya sabes que soy analista financiero. Voy a asistir a varios talleres sobre riesgos e inversiones.

– Ya sabía yo que había algo dentro de esa preciosa cabeza. Entonces, ¿vas a reunirte con clientes, o con superiores?

– Con ambos. Los seminarios me ayudarán a hacer inversiones más seguras y rentables para mis clientes. Luego llevaré a algunos clientes a comer y mi… jefe nos invitará a mí y a algunos de los clientes más importantes a cenar.

El apartó unos mechones de su pelo y apoyó la barbilla sobre su hombro.

– ¿Soñabas ya con ser analista financiero cuando eras pequeña?

Sam volvió a reír.

– Soñaba con ser bailarina, pero cuando llegué a la conclusión de que eso sería imposible, empecé a soñar con casarme. Con tener una de esas bodas de cuento de hadas y ser feliz para siempre.

– ¿Y de dónde sale lo de financiera, entonces?

– Pues del momento en que me di cuenta de que una mujer inteligente no tiene que confiar en encontrar un hombre que la mantenga. Y porque mis notas en la universidad confirmaban mi habilidad con los números. Invertí parte del capital que mi padre había puesto a mi nombre cuando era joven, y gané una buena cantidad de dinero, de modo que resultó que también era buena calculando riesgos.

Él sonrió pensando en lo mucho que tenían en común. Él también había arriesgado todo el dinero de su familia invirtiéndolo en transformar un pequeño hostal en un hotel de primera clase. Podría haberlo perdido todo.

El mayor riesgo de Samantha parecía ser acercarse a él. Al menos, había empezado a abrirse. Ahora que sabía que podía sorprenderla en el hotel y contárselo todo allí, se había comprado más tiempo.

Su instinto le decía que se había ganado su corazón, pero aún tenía que ganarse su confianza.

– Ahora te toca a ti, Mac. ¿Con qué sueñas tú?

– Creía que no querías saberlo.

– Yo te he contado los míos, así que es justo que ahora te toque a ti. Además, ¿qué son los sueños sino fantasías? Y en cuanto a fantasías, ya hemos compartido unas cuantas.

Sólo recordarlo lo excitó. Quería volver a estar dentro de ella, pero aquél no era el momento. Si interrumpía la conversación, la perdería para siempre.

– Está bien.

Nunca había compartido sus sueños con nadie y le resultaba difícil saber por dónde empezar. Cuando vendió algunas tierras de su padre para expandir el hotel, guardó una promesa que le había hecho: el que parte de la tierra no se desvinculara nunca de la familia y que quedase para las futuras generaciones.

– Me gustaría construir una casa en un terreno amplio y abierto -le dijo.

Era precisamente allí.

– Lo comprendo. ¿Una casa grande?

Al menos parecía estar interesada.

– Tan grande como quieras.

– Mmm… estilo rancho -murmuró, dejándose llevar por la fantasía-. ¿Niños?

– Uno o dos.

Con pelo negro y ojos color violeta.

– Dos. No, tres. Siendo hija única se siente una muy sola. Dos chicos y una chica correteando por una casa de verdad decorada en beis, blanco y marrón.

– Mis colores favoritos -dijo, alegrándose de que no pudiera ver su sonrisa.

– Con estilo -continuó ella-, pero cómoda y acogedora.

– ¿Era así la casa en la que creciste?

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