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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Richard rememoró que su padre lo había llevado a un lugar secreto en el bosque y le dijo que había salvado elLibro de las Sombras Contadasde la bestia que lo guardaba hasta que su amo pudiera llegar a él. Le contó cómo se lo llevó a la Tierra Occidental para protegerlo de esas manos codiciosas, unas manos que el custodio del libro no sabía que lo amenazaban. Añadió que habría peligro mientras el libro existiera, pero que no podía destruir el conocimiento que contenía, que no tenía derecho a hacerlo. Pertenecía al custodio del libro, y él debía salvaguardarlo hasta que pudiera devolvérselo. El único modo de conseguirlo era aprenderse el libro de memoria y después quemarlo. Sólo así podría preservarse el conocimiento y evitar que fuera robado, como sin duda ocurriría.

Su padre escogió a Richard. Tenía que ser Richard y no Michael por razones que sólo él conocía. Nadie debería conocer la existencia del libro, ni siquiera Michael; sólo el custodio del libro, nadie más, sólo el custodio. Su padre le dijo que tal vez nunca encontrara al custodio, y que en ese caso debía transmitir el contenido a su hijo, y éste al suyo y así sucesivamente tanto tiempo como fuera necesario. Lo que no pudo decirle es quién era el custodio del libro, pues él mismo lo desconocía. Al preguntarle cómo lo reconocería, su padre simplemente le respondió que tendría que hallar la respuesta él mismo y no decírselo nunca a nadie, excepto al custodio. Ese nadie incluía a su propio hermano y a su mejor amigo, Zedd.

Richard lo juró por su vida.

Su padre nunca echó ni un vistazo al libro; sólo Richard. Día tras día, semana tras semana, descansando sólo cuando se iba de viaje, su padre lo conducía al lugar secreto, en lo más profundo del bosque, donde se sentaba y miraba a Richard leer el libro una y otra vez. Normalmente Michael salía con sus amigos y no tenía ningún interés en ir al bosque, ni siquiera cuando estaba en casa y, por su parte, Richard no solía visitar a Zedd cuando su padre estaba en casa, por lo que ni uno ni otro sabían de las frecuentes excursiones al bosque.

Richard escribía lo que memorizaba y luego lo cotejaba con el original. Su padre quemaba los papeles cada vez y lo hacía repetirlos de nuevo. Y cada día se disculpaba con él por la carga que le había impuesto; al regresar a casa después de pasar el día en el bosque, nunca se olvidaba de pedir perdón a su hijo.

Pero al joven nunca le molestó tener que aprenderse el libro; consideraba que era un honor que su padre le hubiera encomendado esa tarea. Richard escribió el libro de cabo a rabo más de cien veces, sin ningún error, antes de estar seguro de que jamás olvidaría ni una sola palabra. Sabía, porque lo había leído en el libro, que si faltaba una sola palabra se produciría un desastre.

Cuando aseguró a su padre que se lo sabía de memoria, éste guardó el libro en su escondite en las rocas y allí se quedó durante tres años. Transcurrido ese tiempo, cuando Richard aún era un adolescente, regresaron allí un día de otoño y su padre le dijo que si era capaz de escribir el libro sin un solo error demostraría que se lo sabía a la perfección y podrían quemarlo. Richard lo escribió de principio al final sin dudar. Estaba perfecto.

Juntos hicieron una hoguera que alimentaron con más leña de la necesaria, hasta que el calor les obligó a retroceder. Entonces su padre le tendió el libro y le dijo que, si estaba seguro, lo arrojara al fuego. Richard lo sostuvo contra la parte interior del codo y acarició con los dedos la cubierta de piel. Tenía entre sus manos la confianza de su padre, la confianza de todo el mundo, y esa carga le pesaba. El joven lanzó elLibro de las Sombras Contadasal fuego. En ese momento dejó atrás la niñez.

Las llamas se arremolinaron alrededor del libro, abrazándolo, acariciándolo, consumiéndolo. Colores y formas ascendieron en espiral, y se oyó un estruendoso grito. Extraños rayos de luz salieron despedidos hacia el cielo. Las rachas de viento ondeaban mientras el fuego succionaba hojas y ramitas, que alimentaban las llamas y el calor. Entonces aparecieron fantasmas, que extendieron los brazos como si el fuego los alimentara, y cuyas voces transportaba el viento. Padre e hijo asistieron al espectáculo petrificados, incapaces de moverse, incapaces incluso de volver la cabeza para no verlo. El ardiente calor se transformó en un viento tan helado como el de una noche de pleno invierno. Ambos se estremecieron hasta la médula y apenas podían respirar. El frío se esfumó, y el fuego se transformó en una brillante luz blanca que lo consumió todo, como si estuvieran al sol. Súbitamente esa luz se extinguió y sólo dejó tras de sí silencio. El fuego se había apagado. De la leña carbonizada salían volutas de humo que ascendían lentamente en el aire otoñal. El libro ya no existía.

Richard sabía qué había visto: magia.

El joven sintió una mano sobre su hombro y abrió los ojos. Era Kahlan. A la luz del fuego que llegaba por la puerta abierta, vio a la mujer sentada en una silla junto al lecho. El viejo gato negro de Zedd dormía en el regazo de Kahlan hecho un ovillo.

—¿Dónde está Zedd? —inquirió el joven con mirada soñolienta.

—Ha salido a buscar la raíz que necesitas. —La voz de la mujer era suave y calmada—. Hace horas que ha anochecido, pero me dijo que no nos preocupáramos porque es una raíz difícil de encontrar. También dijo que despertarías a ratos, pero que estarías a salvo hasta que él volviera gracias a la bebida que te dio.

Por primera vez Richard se dio cuenta de que era la mujer más hermosa que había visto en su vida. Los cabellos le enmarcaban el rostro y le caían en cascada sobre los hombros, y él deseó poder acariciarlos, pero se contuvo.

—¿Cómo te sientes? —Su voz era tan dulce que Richard no pudo imaginarse por qué Zedd se había asustado al verla.

—Preferiría enfrentarme a otra cuadrilla que a una enredadera serpiente.

Kahlan esbozó esa sonrisa especial, esa sonrisa privada, de complicidad, mientras le pasaba el paño por la frente. El joven levantó una mano y le agarró la muñeca. Ella se quedó quieta y lo miró a los ojos.

—Kahlan, Zedd es amigo mío desde hace muchos años. Es como un segundo padre para mí. Prométeme que no le harás ningún daño. No podría soportarlo.

—A mí también me es simpático. Me gusta mucho. —Kahlan le dirigió una mirada tranquilizadora—. Es un buen hombre, tú mismo lo has dicho. No tengo ningún deseo de hacerle daño. Lo único que quiero es que me ayude a encontrar al mago.

—Prométemelo —insistió Richard, aumentando la presión sobre la muñeca de la mujer.

—Richard, todo irá bien. Nos ayudará.

El joven recordó los dedos de Kahlan en su garganta y cómo lo miró cuando creyó que trataba de envenenarla con una manzana.

—Prométemelo.

—En el pasado ya he hecho promesas a otros, algunos de los cuales han dado su vida. Tengo una responsabilidad hacia la vida de los demás, de mucha gente.

—Prométemelo.

—Lo siento, Richard, no puedo —replicó ella, colocándole la otra mano sobre la mejilla.

El joven le soltó la muñeca, se volvió y cerró los ojos, al tiempo que Kahlan retiraba la mano. Richard pensó en el libro, en todo lo que significaba, y se dio cuenta de que había hecho una petición egoísta. ¿La engañaría para salvar a Zedd, sólo para que después también él muriera, como ellos? ¿Sería capaz de condenar a todos los demás a la muerte o a la esclavitud sólo para que su amigo viviera unos meses más? ¿Podría condenarla a ella a la muerte para nada? Richard se sintió avergonzado de su propia estupidez. No tenía ningún derecho a pedirle que hiciera tal promesa. No estaría bien que lo hiciera, y él se alegraba de que no le hubiera mentido. No obstante, también sabía que el que Zedd les hubiera preguntado en qué lío estaban metidos no significaba necesariamente que fuera a ayudarlos si la historia tenía que ver con el otro lado del Límite.

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