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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Perdóname, Madre Confesora. La decisión es tuya.

Kahlan dobló las piernas hacia arriba, las rodeó con los brazos y apoyó la frente en las rodillas. Sus hombros se agitaron por efecto del llanto, y su espesa melena cayó en cascada, ocultándole el rostro. Shar voló en torno de ella lentamente, emitiendo rayos de luz plateada, consolando a su compañera. El geniecillo continuó volando a su alrededor hasta que el llanto cesó. Entonces Shar flotó de nuevo ante ella.

—Es duro ser Madre Confesora. Lo siento.

—Sí, es duro —convino Kahlan.

—Soportas una pesada carga.

—Sí, muy pesada —convino de nuevo Kahlan.

El geniecillo nocturno aterrizó suavemente sobre un hombro de la mujer y descansó allí, en silencio, mientras Kahlan contemplaba cómo el fuego ardía lentamente con llamas bajas. Pasados unos minutos, el geniecillo alzó el vuelo y flotó en el aire delante de ella.

—Me gustaría quedarme contigo más rato. Hemos pasado buenos ratos. Me gustaría quedarme con Richard Cypher. Hace buenas preguntas. Pero debo irme. Lo siento, me muero.

—Shar, te doy mi palabra de que daré mi vida, si es necesario, para detener a Rahl el Oscuro. Para salvar a los tuyos y a los demás.

—Te creo, Confesora Kahlan. Ayuda a Richard. —Shar se acercó más—. Por favor. Antes de morir. ¿Puedes tocarme?

Kahlan se alejó del geniecillo, hasta que su espalda quedó contra el tronco del árbol.

—No... por favor... no —imploró al tiempo que sacudía la cabeza—. No me pidas que haga eso. —Los ojos de la mujer se volvieron a llenar de lágrimas, y se llevó unos temblorosos dedos a la boca, conteniendo el llanto.

—Por favor, Madre Confesora —suplicó Shar, acercándose—. Siento tanto dolor por estar lejos de los demás... Nunca volveré a disfrutar de su compañía. Duele tanto... Me muero. Por favor. Usa tu poder. Tócame y permíteme que beba de la dulce agonía. Permíteme que muera con el sabor del amor. He sacrificado mi vida para ayudarte y no te he pedido nada a cambio. Te lo suplico.

La luz de Shar se iba apagando, haciéndose cada vez más débil. Kahlan lloraba tapándose la boca con la mano izquierda. Al fin alargó la mano derecha hasta que sus temblorosos dedos tocaron al geniecillo.

A su alrededor estalló un trueno silencioso. El violento impacto en el aire sacudió al pino y provocó una lluvia de agujas muertas, algunas de las cuales ardieron al caer en el fuego. El pálido color plateado de Shar se convirtió en un resplandor rosa, que ganaba en intensidad.

—Gracias —dijo con voz apenas audible—. Adiós, amor mío.

La chispa de luz y vida se apagó y desapareció.

Tras el trueno silencioso Richard esperó un rato antes de regresar junto a la mujer. Estaba sentada con los brazos alrededor de las piernas y el mentón apoyado en las rodillas, mirando fijamente las llamas.

—¿Shar? —preguntó el joven.

—Se ha ido —repuso ella con voz distante.

El joven asintió, la cogió del brazo y la condujo hacia un lecho de hierba seca, donde hizo que se tumbara. La mujer se dejó llevar sin oponer resistencia ni hacer ningún comentario. El joven la cubrió con la manta y apiló sobre ella parte de la hierba, para que se mantuviera caliente durante la noche. Hecho esto se introdujo en el lecho, junto a Kahlan. La mujer se volvió de lado, con los hombros contra el cuerpo de Richard, tal como un niño pegaría la espalda contra su padre o su madre en una situación de peligro. Richard también lo sintió. Algo iba tras ellos; algo mortal.

Kahlan se durmió de inmediato. Richard sabía que debería tener frío, pero no era así. Sentía un dolor punzante en la mano y calor. El joven se quedó tumbado, rumiando sobre el trueno silencioso, preguntándose qué pensaba hacer Kahlan para persuadir al gran mago. La idea lo asustaba. Pero antes de poder seguir preocupándose, se quedó dormido.

6

Al mediodía del día siguiente Richard ya sabía que la herida de la espina le estaba provocando fiebre. No tenía apetito. A ratos sentía un calor insoportable y sudaba tanto que la ropa se le pegaba a la piel, y otras veces temblaba de frío. Tenía la cabeza a punto de reventar y sentía náuseas. No había nada que pudiera hacer, excepto pedir ayuda a Zedd y, puesto que estaban ya tan cerca de su casa, decidió no decir nada a Kahlan. El joven había tenido pesadillas, a causa de la fiebre o de las cosas que le había contado Kahlan, no lo sabía. Lo que más le perturbó fue algo que dijo Shar, que si no encontraba la respuesta, moriría.

El cielo amaneció ligeramente cubierto. La fría luz grisácea anunciaba la llegada del invierno. Las prietas filas de grandes árboles cortaban el paso a la fresca brisa, convirtiendo el sendero en un tranquilo refugio saturado de la aromática fragancia de los pinos, a salvo del aliento del invierno.

Después de cruzar un riachuelo cerca de una laguna habitada por castores, encontraron una hondonada escasamente boscosa con el suelo cubierto por flores silvestres tardías de color amarillo y azul pálido. Kahlan se detuvo para coger algunas. Asimismo encontró un trozo de madera muerta con forma de cuchara y empezó a disponer las flores dentro del hueco de la madera. Richard pensó que debía de estar hambrienta. Se dirigió a un manzano que sabía que crecía cerca de allí y llenó media mochila con las frutas, mientras ella seguía atareada con las flores. Siempre era una buena idea llevar comida a Zedd cuando iba a visitarlo.

Richard acabó antes que Kahlan y esperó, apoyado contra un tronco, preguntándose qué estaría haciendo. Una vez satisfecha con el arreglo floral, se subió el dobladillo del vestido y se arrodilló junto a la laguna, donde dejó que la madera flotara sobre el agua. Entonces se sentó sobre los talones, con las manos cruzadas en el regazo, y contempló un rato cómo la pequeña balsa de flores flotaba sobre las tranquilas aguas. Al volver la cabeza y ver a Richard apoyado contra el tronco, se levantó y fue hacia él.

—Una ofrenda para el alma de nuestras madres —explicó Kahlan—. Para pedir que nos protejan y ayuden en la busca del mago. —La mujer miró al joven a la cara y lo que vio en ella la inquietó—. Richard, ¿qué es lo que te ocurre?

—Nada —respondió éste al tiempo que le ofrecía una manzana—. Toma, come esto.

Kahlan apartó de un manotazo la mano tendida y, en un abrir y cerrar de ojos, le oprimía la garganta con la otra mano. La cólera llameaba en sus ojos verdes.

—¿Por qué me haces esto? —preguntó al joven.

La mente de Richard sufrió una conmoción, y se puso rígido. Algo le dijo que no se moviera.

—¿No te gustan las manzanas? Lo siento, ya buscaré otra cosa para comer.

—¿Cómo las has llamado? —preguntó Kahlan. La cólera de sus ojos se convirtió en duda.

—Manzanas —contestó Richard, aún inmóvil—. ¿No sabes qué son manzanas? Son muy sabrosas. Lo prometo. ¿Qué creíste que eran?

—¿Tú comes esas... manzanas? —La mano que le oprimía la garganta se relajó ligeramente.

—Sí. Siempre —repuso Richard, sin moverse.

El bochorno reemplazó al enfado en la mujer. Retiró la mano de la garganta de Richard y luego se la llevó a la boca. Tenía los ojos muy abiertos.

—Richard, lo siento enormemente. No sabía que esos frutos eran comestibles. En la Tierra Central todos los frutos rojos son un veneno mortal. Creí que tratabas de envenenarme.

El joven se echó a reír, al tiempo que la tensión se evaporaba de golpe. Kahlan se unió a sus risas, aunque protestaba diciendo que no era divertido. Richard dio un mordisco a una manzana para demostrarle que podían comerse, y acto seguido le ofreció una. Esta vez Kahlan la aceptó, aunque se la miró y remiró antes de hincarle el diente.

—Mmm, son buenas. —Kahlan frunció el entrecejo y llevó la mano a la frente del joven—. Ya me pareció que te pasaba algo; estás ardiendo de fiebre.

—Lo sé, pero no podemos hacer nada hasta que lleguemos a casa de Zedd. Falta muy poco.

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