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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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—Sí, un buen apuro.

—Zedd necesitamos tu ayuda. Por favor. —Kahlan se acercó a él—. No tenemos mucho tiempo. —El anciano no parecía muy dispuesto a implicarse, pero Richard prosiguió, sin apartar los ojos de él—. Ayer, después de encontrarla, la atacó una cuadrilla. Y otra vendrá pronto. —Finalmente vio lo que quería ver: el destello de odio se convertía en empatía.

Zedd miró a Kahlan como si la viera por primera vez. Ambos se sostuvieron la mirada largo rato. Al mencionar la cuadrilla apareció en el rostro de la mujer una expresión atormentada. Zedd se aproximó a ella y la rodeó con sus brazos larguiruchos con gesto protector, y ella apoyó la cabeza en su hombro. Acto seguido lo abrazó a su vez, agradecida, y hundió el rostro en la túnica del anciano para ocultar sus lágrimas.

—Tranquila, querida, aquí estás a salvo —dijo Zedd con voz suave—. Vamos a casa. Allí me contaréis el lío en que estáis metidos y después nos ocuparemos de la fiebre de Richard.

Kahlan asintió contra su hombro y luego se apartó de él.

—Zeddicus Zu’l Zorander. Nunca había oído un nombre igual.

Los delgados labios de Zedd se curvaron en una orgullosa sonrisa, y unas profundas arrugas se formaron en sus mejillas.

—De eso estoy seguro, querida, estoy seguro. Por cierto, ¿sabes cocinar? —El anciano le pasó un brazo por encima de los hombros y la sostuvo con firmeza al tiempo que empezaba a descender del cerro—. Tengo hambre y no he comido nada cocinado de manera apropiada desde hace años. —Vamos, Richard —añadió, echando un vistazo hacia atrás—, ven con nosotros mientras aún puedes.

—Si le bajas la fiebre a Richard, te prepararé una gran olla de sopa picante —ofreció Kahlan.

—¡Sopa picante! —exclamó Zedd encantado—.Hace años que no pruebo una buena sopa picante. La que hace Richard es asquerosa.

Richard los seguía arrastrando los pies; la tensión emocional le había arrebatado gran parte de las fuerzas que le quedaban. La despreocupación con la que Zedd se tomaba su fiebre lo asustaba, pues sabía que su viejo amigo estaba tratando de que no se alarmara por la gravedad de su estado. El joven sentía que la mano le latía.

Puesto que Zedd procedía de la Tierra Central, Richard pensó que se ganaría su compasión si mencionaba a la cuadrilla. El joven se sentía aliviado, y un tanto sorprendido, de que de pronto sus dos amigos se mostraran tan amistosos el uno con el otro. Mientras caminaba se llevó la mano al colgante y tocó el colmillo para tratar de tranquilizarse.

No obstante, lo que ahora sabía lo inquietaba profundamente.

Cerca de una de las esquinas traseras de la casa había una mesa, en la que a Zedd le gustaba tomar sus comidas cuando hacía buen tiempo. De este modo podía vigilar las nubes mientras comía. Zedd los hizo sentar uno junto al otro en un banco mientras él entraba dentro. Volvió a salir con zanahorias, bayas, queso y zumo de manzana, que colocó sobre el tablero de la madera, liso por los años de uso. Entonces se sentó frente a ellos y ofreció a Richard una gran taza que contenía algo marrón y espeso que olía a almendras y le dijo que se lo bebiera lentamente.

—Ahora cuéntame qué ha pasado —pidió a Richard.

Éste le contó cómo la enredadera lo mordió, que había observado algo en el cielo y que vio a Kahlan a orillas del lago Trunt, seguida por cuatro hombres. Le relató la historia con todos los detalles que fue capaz de recordar. Sabía que a Zedd le gustaba conocer todos los pormenores, aunque fuesen nimios. De vez en cuando interrumpía su relato para tomar un sorbo de la taza. Kahlan comió algunas zanahorias y bayas y bebió el zumo de manzana, pero apartó el plato de queso. Asentía o intervenía cuando el joven no recordaba algo. Lo único que Richard se calló fue la historia que le había contado Kahlan sobre las tres tierras y cómo Rahl el Oscuro había conquistado la Tierra Central. Le pareció que sería mejor que ella la contara con sus propias palabras. Cuando acabó, Zedd le pidió que volviera al principio y quiso saber qué rayos estaba haciendo él en el Alto Ven.

—Cuando estuve en casa de mi padre, tras el asesinato, miré dentro del tarro de los mensajes. Era una de las pocas cosas que seguían intactas. Dentro encontré un trozo de enredadera. Durante las últimas tres semanas la he estado buscando, tratando de averiguar qué me quiso decir mi padre. Y cuando di con ella, bueno, me mordió. —Richard se alegró de haber acabado, pues notaba la lengua entumecida.

Zedd mordió una zanahoria, pensativo.

—¿Cómo era esa enredadera? —preguntó al fin.

—Era... Espera, todavía la llevo en el bolsillo. —El joven sacó el tallo y lo puso sobre la mesa.

—¡Diantre! —susurró Zedd—. ¡Es una enredadera serpiente!

Un escalofrío recorrió el cuerpo del joven. Era un nombre que aparecía en el libro secreto. Contra toda esperanza confió en que no significara lo que se temía.

—Bueno, la buena noticia es que sé qué raíz puede curar la fiebre —anunció Zedd, recostándose—. Y la mala es que tengo que ir a buscarla. —Zedd pidió a Kahlan que le contara su parte de la historia, pero brevemente, pues tenía cosas que hacer y no mucho tiempo. Richard recordó lo que la mujer le había contado dentro del pino la noche anterior y se preguntó cómo iba a abreviarlo.

—Rahl el Oscuro, hijo de Panis Rahl, ha puesto en juego las tres cajas del Destino —se limitó a decir—. Yo he venido en busca del gran mago.

Richard se quedó atónito. Había recordado de pronto un fragmento del libro secreto, delLibro de las Sombras Contadas,que su padre le hizo memorizar antes de destruirlo: «Y cuando las tres cajas del Destino se pongan en juego, la enredadera serpiente crecerá». La peor pesadilla de Richard —y de cualquier otra persona— se iba a hacer realidad.

7

En medio del dolor y el mareo provocados por la fiebre, Richard apenas fue consciente de que su cabeza se desplomaba sobre la mesa. El joven gimió mientras las implicaciones de lo que Kahlan había contado a Zedd giraban en su mente; la profecía delLibro de las Sombras Contadasse estaba cumpliendo. Después Zedd estaba a su lado, lo levantaba y le decía a Kahlan que lo ayudara a entrarlo en la casa. Mientras andaba con su ayuda, el joven sentía que el suelo se deslizaba ora a un lado ora al otro y le costaba esfuerzo fijar los pies. Entonces lo tendieron en una cama y lo taparon. Richard sabía que estaban hablando pero no entendía las palabras, y éstas se confundían en su cabeza.

Su mente se sumió en la oscuridad, y después hubo luz. El joven tenía la sensación de que flotaba hacia arriba y descendía de nuevo en espiral. No dejaba de preguntarse quién era y qué ocurría. El tiempo fue transcurriendo mientras la habitación giraba, se balanceaba. Richard tuvo que agarrarse al lecho para no salir despedido. A veces sabía dónde estaba y trataba de aferrarse desesperadamente a lo que sabía... pero de nuevo volvía a sumirse en la negrura.

Al recuperar la conciencia supuso que debía de haber pasado bastante tiempo, aunque no tenía ni idea de cuánto. ¿Era de noche? Tal vez las cortinas estaban corridas y por eso se lo parecía. Alguien le ponía un paño húmedo y frío en la frente, lo notaba. Su madre le apartó suavemente el pelo de la cara, y su tacto le produjo una sensación tranquilizadora. Casi distinguía su rostro. Era tan buena y siempre cuidaba tan bien de él...

Hasta que murió. El joven tuvo ganas de llorar. Su madre estaba muerta pero le acariciaba el pelo. Era imposible; tenía que ser otra persona. Pero ¿quién? Entonces recordó; era Kahlan. Richard pronunció su nombre.

—Estoy aquí —dijo ella, acariciándole el pelo.

Entonces lo recordó todo de golpe: el asesinato de su padre, la enredadera que lo mordió, Kahlan, los cuatro hombres en el precipicio, el discurso de su hermano, alguien que lo esperaba en su casa, el gar, el geniecillo nocturno que le decía que si no encontraba la respuesta moriría, lo que dijo Kahlan sobre que las tres cajas del Destino estaban en juego, y su secreto, elLibro de las Sombras Contadas.

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