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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Darl abrió la boca, sin duda para apoyar a Hari; pero, antes de que tuviera tiempo de decir nada, se alzó una voz entre la multitud:

—¡Igual que haces tú, Hari! Sólo que además te llevarías los clavos.

Algunas risitas hicieron que Darl cerrara la boca de golpe, pero no fueron muchos los que rieron el chiste, y los que sí lo hicieron miraron a los sucios Tuatha’an y bajaron la vista con gesto de desagrado.

—¡Hari tiene razón! —gritó Daise Congar, que se abrió paso a empujones, apartando sin miramiento a los hombres—. ¡Los gitanos roban, pero no son sólo cosas! ¡También roban niños! —Siguió avanzando hasta llegar junto a Cenn Buie y sacudió su grueso índice delante de las narices del viejo, que retrocedió tanto como se lo permitían las apreturas; Daise le sacaba más de un palmo y pesaba bastante más que él—. Se supone que formas parte del Consejo del Pueblo, pero si no haces caso a la Zahorí haré que el Círculo de Mujeres se encargue de esto y nos ocuparemos de solucionar el problema.

Algunos de los hombres rezongaron y asintieron con la cabeza. Cenn se rascó el ralo cabello, mirando de reojo a la Zahorí.

—Eh… Bueno, Perrin… —balbució con su voz rasposa—, los gitanos tienen mala reputación, tú lo sabes, y… —Se interrumpió bruscamente a la par que saltaba hacia atrás cuando Perrin hizo volver grupas a Brioso para encarar a la gente de Dos Ríos.

No pocos tuvieron que apartarse precipitadamente ante el corcel pardo, pero al joven lo trajo sin cuidado.

—No rechazaremos a nadie —manifestó con voz tensa—. ¡A nadie! ¿O acaso pretendéis enviar ahí fuera a unos niños, al alcance de los trollocs? —Uno de los chiquillos Tuatha’an rompió a llorar, aterrorizado, y Perrin se increpó para sus adentros por haber dicho aquello, pero Cenn se había puesto rojo como un pimiento e incluso Daise parecía avergonzada.

—Por supuesto que los acogemos —manifestó bruscamente el viejo techador, que se volvió hacia Daise, tan encrespado como un gallo de pelea dispuesto a enfrentarse a un mastín—. ¡Y si quieres meter en esto al Círculo de Mujeres, el Consejo del Pueblo os pondrá a todas en vuestro sitio! ¡No lo dudes!

—Siempre fuiste un viejo tonto, Cenn Buie —resopló Daise—. ¿Es que piensas que vamos a permitir que rechacéis a unos niños estando ahí fuera los trollocs? —Cenn abrió la boca para protestar; pero, antes de que tuviera ocasión de decir una sola palabra, la Zahorí plantó la mano en su escuálido pecho y lo apartó de un empujón. Esbozando una sonrisa, Daise se dirigió hacia los Tuatha’an y rodeó con su brazo los hombros de Ila en un gesto de ánimo—. Venid conmigo y me ocuparé de que tengáis un buen baño caliente y un lugar donde descansar. Todas las casas están abarrotadas, pero encontraremos sitio para todos. Venid.

Marin al’Vere se abrió paso entre la multitud junto con Alsbet Luhhan, Natti Cauthon, Neysa Ayellan y otras mujeres y cogieron a los niños o echaron el brazo protectoramente alrededor de las mujeres Tuatha’an, instándolas a acompañarlas mientras asestaban miradas ceñudas a los hombres de Dos Ríos para que les hicieran paso. Y no es que ahora se resistiera nadie, pero llevó un poco de tiempo que la apiñada multitud se apartara para abrirles un camino.

Faile lanzó una mirada de admiración a Perrin, pero el joven sacudió la cabeza. Esto no tenía nada que ver con su condición de ta’veren; las gentes de Dos Ríos podrían necesitar que les indicaran de vez en cuando el comportamiento correcto, pero sabían reaccionar en consonancia cuando era así. Hasta Hari Coplin, que observaba cómo las mujeres conducían a los gitanos hacia el interior del pueblo, ya no tenía una expresión tan agria como antes. Bueno, al menos, un poquito menos agria. Era absurdo esperar que ocurrieran milagros.

Al pasar tambaleándose junto a Perrin, Raen alzó la vista hacia el joven.

—La Filosofía de la Hoja es el estilo de vida correcto. Todas las cosas mueren cuando les llega su hora, y… —Enmudeció sin acabar la frase, como si no pudiera recordar qué iba a decir.

—Llegaron anoche —informó Ila, que hablaba con dificultad debido a la hinchazón de la cara. Sus ojos estaban casi tan vidriosos como los de su marido—. Los perros nos habrían ayudado a escapar, pero los Hijos los mataron a todos y… No se pudo hacer nada.

Detrás de ella venía Aram, tiritando bajo su chaqueta de rayas amarillas, contemplando fijamente a los hombres armados. Casi todos los niños Tuatha’an lloraban ahora.

Perrin observó con el ceño fruncido el humo que se alzaba hacia el sur. Girándose sobre la silla alcanzó a ver más columnas negras al norte y al este. Aun en el caso de que el humo procediera de las granjas abandonadas, los trollocs habían estado muy ocupados durante la noche. ¿Cuántos harían falta para incendiar tantas granjas contando incluso con que fueran corriendo de una a otra y sin perder más tiempo que el necesario para arrojar una antorcha en una casa vacía o un campo abandonado? Seguramente tantos como los que habían matado hoy. ¿Y qué conclusiones podían sacarse de esto respecto al número de trollocs que había en Dos Ríos? No parecía muy probable que una sola banda fuera la responsable de todos los incendios además de la destrucción de la caravana del Pueblo Errante.

Al posar los ojos de nuevo en el grupo de Tuatha’an que las mujeres conducían hacia el interior del pueblo, sintió una punzada de remordimiento. Habían presenciado cómo asesinaban a familiares y amigos anoche y aquí estaba él, reflexionando fríamente sobre el número de enemigos. Oía los murmullos de algunos hombres que intentaban determinar de qué granja salía cada columna de humo. Para todas estas personas aquellos incendios representaban enormes pérdidas, grandes dificultades para rehacer sus vidas si tenían ocasión de hacerlo, no sólo números. Su presencia no era necesaria aquí, de modo que, ahora que Faile estaba ocupada en ayudar a los gitanos, era el momento de ir en pos de Loial y Gaul. Maese Luhhan, que llevaba el delantal de herrero encima del chaleco, agarró a Brioso por el freno.

—Perrin, tienes que ayudarme. Los Guardianes quieren que forje más piezas para tener más de esas catapultas, pero tengo a veinte hombres pegados a los talones insistiendo en que les repare algunas piezas de armaduras que sus necios tatarabuelos compraron a unos necios guardias de mercaderes.

—Me gustaría echaros una mano, pero he de ocuparme de otro asunto que requiere mi presencia —se disculpó Perrin—. De todos modos, no estaría muy suelto en el trabajo. Apenas he hecho nada en una forja durante este último año.

—Luz, no me refería a eso. Nada de que trabajaras con el martillo. —El herrero hablaba como escandalizado—. Cada vez que echo con cajas destempladas a uno de esos cabezas de chorlito, lo tengo de nuevo en la herrería al cabo de diez minutos esgrimiendo otro argumento. No me dejan trabajar. A ti te harían caso.

Si pasaban por alto lo que les dijera maese Luhhan, Perrin dudaba mucho que le obedecieran a él. Aparte de pertenecer al Consejo del Pueblo, Haral Luhhan era lo bastante corpulento para levantar en vilo a casi cualquier hombre de Dos Ríos y echarlo a patadas si era preciso. Sin embargo, lo acompañó a la improvisada forja que maese Luhhan había instalado en un cobertizo provisional levantado a toda prisa cerca del Prado. Seis hombres se arremolinaban en torno a los yunques salvados de la herrería incendiada por los Capas Blancas mientras que otro se entretenía en manejar el enorme fuelle, hasta que el herrero lo hizo apartarse de los largos mangos a fuerza de gritos. Para sorpresa de Perrin los hombres le hicieron caso cuando les dijo que se fueran, sin necesidad de recurrir a una arenga para doblegarlos al deseo de un ta’veren sino simplemente aduciendo que maese Luhhan estaba muy ocupado. Indudablemente, el herrero habría podido hacer exactamente lo mismo, pero estrechó la mano de Perrin mientras le daba las gracias una y otra vez antes de ponerse a trabajar.

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