Los Portales de Piedra
- Автор: Джордан Роберт
- Серия: La Rueda del Tiempo #4
- Год: 2005
- Язык: испанский
- Переводчик: Mila Lopez Diaz-Guerra
- Жанр: Эпическое фэнтези
Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:
Por lo visto Luc tuvo el buen juicio de no intentar usurpar el puesto de Bran; de hecho, parecía inmerso en la observación de la columna de Capas Blancas a medida que la nube de polvo se posaba y dejaba a la vista más y más filas de jinetes extendiéndose por el camino. Para disgusto de Perrin, Bran le lanzó una mirada —al aprendiz de herrero— esperando que asintiera con la cabeza antes de responder. ¡Era el alcalde! Ni a Bornhald ni a Byar les pasó por alto el silencioso intercambio.
—Campo de Emond no está cerrado expresamente para vosotros —repuso Bran, plantado muy erguido y con la lanza apoyada en el suelo e inclinada hacia un lado—. Hemos decidido defendernos nosotros mismos y así lo hemos hecho esta mañana. Si queréis ver nuestro trabajo, mirad allí. —Señaló hacia el humo que se alzaba de las piras donde ardían los cadáveres de trollocs. Un repugnante olor dulzón a carne quemada flotaba en el aire, pero nadie excepto Perrin parecía advertirlo.
—¿Habéis matado unos cuantos trollocs? —dijo Bornhald con desdén—. Vuestra suerte y pericia me asombran.
—¡No fueron pocos! —gritó alguien entre la multitud de Dos Ríos—. ¡Fueron centenares!
—¡Hubo una batalla! —gritó otra voz, a la que se sumaron docenas que chillaban furiosas al mismo tiempo.
—¡Combatimos contra ellos y vencimos!
—¿Dónde estabais vosotros?
—¡Sabemos defendernos solos, sin ayuda de Capas Blancas!
—¡Viva Dos Ríos!
—¡Viva Dos Ríos y viva Perrin Ojos Dorados!
—¡Ojos Dorados!
—¡Viva Ojos Dorados!
Leof, que tendría que haber estado vigilando a los leñadores, empezó a ondear el estandarte con la cabeza de lobo.
La mirada de Bornhald, ardiente de odio, los abarcó a todos, pero Byar hizo que su alazán se adelantara al tiempo que lanzaba un gruñido.
—¿Creéis que vosotros, granjeros, sabéis lo que es una batalla? —bramó—. ¡Anoche uno de vuestros pueblos quedó casi arrasado por los trollocs! ¡Esperad a que vengan en gran número y entonces desearéis que vuestras madres no hubieran besado jamás a vuestros padres! —Enmudeció a un leve gesto de Bornhald, como un perro bien amaestrado obedeciendo a su amo, pero sus palabras habían acallado a la gente de Dos Ríos.
—¿Qué pueblo? —La voz de Bran sonó digna y preocupada a partes iguales—. Todos nosotros conocemos a gente de Colina del Vigía y de Deven Ride.
—A Colina del Vigía ni siquiera se han acercado —replicó Bornhald—, y no sé nada de Deven Ride. Pero esta mañana un jinete me trajo la noticia de que Embarcadero de Taren ha dejado de existir a todos los efectos. Si tenéis amigos allí, sabed que mucha gente escapó a través del río. —Su semblante se crispó una fracción de segundo—. Yo mismo he perdido casi cincuenta buenos soldados.
La noticia provocó algunos murmullos de repulsa; a nadie le gustaba oír este tipo de cosas, pero, por otro lado, ninguno de los presentes conocía a nadie en Embarcadero de Taren. Probablemente ni siquiera habían viajado tan lejos.
Luc hizo que su semental se adelantara y el animal lanzó un mordisco a Brioso. Perrin sujetó con firmeza las riendas de su montura antes de que los dos caballos empezaran a pelearse, pero Luc no parecía advertirlo o quizá no le importaba.
—¿Embarcadero de Taren? —repitió con voz impasible—. ¿Decís que los trollocs atacaron anoche Embarcadero de Taren?
—Eso es lo que he dicho, sí. —Se encogió de hombros—. Por lo visto los trollocs han decidido finalmente atacar los pueblos. Qué providencial que en esta aldea estuvieseis advertidos con tiempo para levantar estas fantásticas defensas. —Su mirada pasó sobre la estacada y los hombres que había detrás antes de detenerse en Perrin.
—¿Estuvo ese hombre llamado Ordeith en Embarcadero de Taren anoche? —preguntó Luc.
Perrin lo miró atentamente. Ignoraba que Luc conociera a Padan Fain ni el nombre que utilizaba ahora. Empero, la gente hablaba, sobre todo cuando alguien a quien conocían como un buhonero regresaba con una posición de autoridad entre los Capas Blancas.
La reacción de Bornhald fue tan extraña como la pregunta. Sus ojos relucieron con tanto odio como el que antes había mostrado hacia Perrin, pero su semblante se tornó pálido y se frotó los labios entreabiertos con el dorso de la mano, como si hubiera olvidado que llevaba puesto un guantelete reforzado con acero.
—¿Conocéis a Ordeith? —preguntó a su vez, inclinándose en la silla hacia donde estaba Luc.
Ahora fue Luc quien se encogió de hombros con actitud indiferente.
—Lo he visto aquí y allí desde mi llegada a Dos Ríos. Un individuo de aspecto desaliñado y el de los que lo acompañan no lo es menos. Es el tipo de hombre cuya negligencia podría llegar al punto de permitir que un ataque de trollocs prosperara. ¿Estaba allí? En tal caso, sólo cabe esperar que muriera por su insensatez. Si no ha muerto, lo lógico es que lo tuvieseis aquí, bajo vuestra estricta vigilancia.
—Ignoramos dónde está —espetó Bornhald—. ¡Y tampoco nos importa! ¡No he venido aquí para hablar de Ordeith! —Su caballo se encabritó cuando adelantó la mano bruscamente, señalando a Perrin—. Te arresto con el cargo de Amigo Siniestro. Serás conducido a Amador y allí serás procesado bajo la Cúpula de la Verdad.
Byar contempló a su capitán con incredulidad. Tras la barrera que separaba a los Capas Blancas de los hombres de Dos Ríos se alzaron murmullos coléricos al tiempo que picas, podaderas y arcos empezaban a levantarse. Los Capas Blancas que estaban más lejos comenzaron a desplegarse en una línea reluciente cumpliendo las órdenes de un tipo tan corpulento como maese Luhhan y colocaron las lanzas en los soportes que tenían las sillas para de inmediato aprestar unos arcos cortos, indicados para utilizarlos a caballo. A esa distancia poco más podían hacer que cubrir la retirada de Bornhald y los hombres de su escolta, si es que conseguían escapar; pero el capitán no parecía ser consciente del peligro ni de nada, salvo de Perrin.
—No habrá arrestos —declaró Bran bruscamente—. Lo hemos decidido. No habrá más arrestos sin pruebas de algún delito, y han de ser pruebas que nosotros consideremos como tal. No podréis demostrarme nada que me convenza de que Perrin es un Amigo Siniestro, así que ya podéis bajar la mano.
—Traicionó a mi padre, que murió en Falme —gritó Bornhald. La cólera lo hacía temblar—. ¡Lo traicionó a los Amigos Siniestros y a las brujas de Tar Valon que asesinaron a un millar de Hijos de la Luz con el Poder Único!
Byar asintió enérgicamente a las palabras de su capitán. Algunos vecinos de Dos Ríos rebulleron con inquietud; se había propagado la noticia de lo que Verin y Alanna habían hecho aquella mañana, y, a medida que se extendía, fue aumentando la importancia y la extensión de sus actos. Pensaran lo que pensaran de Perrin, un centenar de historias sobre Aes Sedai, casi todas ellas falseadas, hacían fácil de creer que hubieran matado a mil Capas Blancas. Y, si creían eso, acabarían creyendo todo lo demás.
—Yo no traicioné a nadie —intervino Perrin levantando la voz para que todos pudieran oírlo—. Si vuestro padre murió en Falme, los que lo mataron fueron los seanchan. Ignoro si son Amigos Siniestros, pero sí sé que utilizan el Poder Único en las batallas.
—¡Embustero! —escupió Bornhald—. ¡Los seanchan son un cuento urdido por la Torre Blanca para ocultar sus viles mentiras! ¡Eres un Amigo Siniestro!
Bran sacudió la cabeza y ladeó un poco el casco para rascarse el ralo cabello canoso.
—No sé nada de esos… ¿seanchan? Bueno, no sé nada acerca de ellos, pero lo que sí sé es que Perrin no es un Amigo Siniestro y que vos no vais a arrestar a nadie.