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Los Portales de Piedra

Электронная книга - «Los Portales de Piedra». Краткое содержание книги:

Los sellos de Shayol Ghul se han debilitado y la presencia del Oscuro se hace cada vez más evidente.En Tar Valon, Min es testigo de hechos portentosos que vaticinan un horrible futuro. Los Capas Blancas buscan en Dos Ríos a un hombre con los ojos dorados y siguen el rastro de Dragón Renacido. Mientras tanto, Rand al’Thor se dedica a tomar sus propias y sorprendentes decisiones.
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Cuando entró en la sala, la señora al’Vere le echó una ojeada y lo hizo sentarse en una silla sonriéndole maternalmente.

—Olvídate durante un rato de organizar las cosas y dar órdenes —le dijo con firmeza—. Campo de Emond puede sobrevivir durante una hora por sí mismo mientras comes algo.

Se marchó presurosa antes de que Perrin tuviera tiempo de contestar que Campo de Emond podía sobrevivir perfectamente sin él.

La sala estaba casi vacía. Natti Cauthon se encontraba sentada a una mesa enrollando vendas que iba apilando en un montón delante de ella, pero también se las componía para no perder de vista a sus hijas, que estaban al otro lado de la sala, aunque las dos eran lo bastante mayores para llevar el pelo trenzado en una coleta. La razón era bien sencilla: Bode y Eldrin se habían sentado con Aram y engatusaban al joven gitano para que comiera. De hecho, le estaban dando de comer y hasta le limpiaban la barbilla. Por el modo en que sonreían al chico, a Perrin lo sorprendió que Natti no se hubiera sentado ya con ellas, ni que llevaran trenza ni que no. El joven era apuesto, suponía; tal vez más que Wil al’Seen. Al menos Bode y Eldrin parecían ser de esa opinión. Por su parte, Aram sonreía de vez en cuando —eran unas muchachitas bastante guapas; tendría que haber estado ciego para no darse cuenta, y Perrin dudaba mucho que a Aram se le pasara por alto ninguna chica bonita—, pero rara vez tragaba bocado sin que su mirada pasara sobre las lanzas y picas apoyadas contra las paredes. Para un Tuatha’an debía de ser un espectáculo horrible.

—La señora al’Vere dice que por fin te has cansado de estar subido al caballo —comentó Faile, saliendo por la puerta de la cocina. Sorprendentemente, llevaba puesto un delantal blanco igual al de Marin, tenía las mangas recogidas hasta los codos y sus manos estaban manchadas de harina. Como si se diera cuenta en ese momento, se quitó el delantal, se limpió precipitadamente las manos en él y lo echó sobre el respaldo de una silla—. Nunca había horneado pan —manifestó al tiempo que se bajaba las mangas y se reunía con él—. Es muy divertido hacer la masa del pan. A lo mejor me apetece hacerlo otra vez algún día.

—Pues si no preparas masa y la horneas ¿dónde vamos a conseguir el pan? —comentó él—. No estoy dispuesto a pasarme toda la vida viajando de aquí para allí pagando comidas en posadas o alimentándome con lo que consiga capturar con lazos, trampas y honda.

Faile sonrió como si hubiera dicho algo muy divertido aunque el joven no habría sabido decir qué había de gracioso en sus palabras aunque en ello le hubiera ido la vida.

—La cocinera se encargará de eso, por supuesto —respondió ella—. En realidad, lo hará una pinche, supongo, aunque la cocinera supervisará su trabajo.

—La cocinera —rezongó a la par que sacudía la cabeza—. O una de las pinches. Sí, claro. ¿Cómo no se me ocurrió?

—¿Qué pasa, Perrin? Pareces preocupado. No creo que las defensas puedan resultar más seguras sin una muralla.

—No es eso, Faile. Eso de Perrin Ojos Dorados está llegando demasiado lejos. No sé qué piensan que soy, pero no dejan de preguntarme qué hacer y si todo está bien cuando ellos saben muy bien lo que tienen que hacer o lo deducirían con pensarlo durante dos minutos.

La joven lo observó un momento, estudiando pensativamente su rostro con aquellos oscuros y rasgados ojos.

—¿Cuántos años hace que la reina de Andor gobernó esta comarca realmente? —preguntó después.

—¿La reina de Andor? Pues no lo sé. Quizás hace un siglo. O puede que dos. ¿Qué tiene eso que ver con lo que estamos hablando?

—Estas personas no recuerdan cómo han de tratar a una reina. O a un rey. Están intentando descifrarlo, así que tienes que ser paciente con ellos.

—¿Un rey? —repitió débilmente. Dejó caer la cabeza sobre los brazos apoyados en la mesa—. ¡Oh, Luz!

Faile rió quedamente y le revolvió el pelo.

—Bueno, quizás un rey no. Dudo mucho que Morgase lo consintiera. Pero sí un líder. Y, desde luego, sí que aceptaría de buen grado a un hombre que le devuelve unas tierras que su trono no ha controlado desde hace un siglo o más. Indudablemente, haría lord a ese hombre. Perrin de la casa Aybara, lord de Dos Ríos. Suena bien.

—En Dos Ríos no necesitamos ningún lord —gruñó sin levantar la cabeza—. Ni reyes ni reinas. ¡Somos hombres libres!

—También los hombres libres pueden necesitar alguien a quien seguir —adujo suavemente Faile—. La mayoría quiere creer en algo mayor que ellos mismos, en algo más ancho que sus propios campos. Por eso existen las naciones, Perrin, y los pueblos. Hasta Raen e Ila se ven a sí mismos como parte de algo más grande que sus propios carromatos. Han perdido sus carretas y a casi toda su familia y amigos, pero otros Tuatha’an continúan buscando la canción, y ellos volverán a buscarla porque pertenecen a algo más que a unos cuantos carromatos.

—¿A quién pertenecen éstas? —preguntó Aram de improviso.

Perrin levantó la cabeza. El joven gitano estaba de pie y miraba con incertidumbre las lanzas apoyadas en la pared.

—Pertenecen a cualquiera que quiera una, Aram. Nadie va a herirte con ellas, créeme. —No estaba seguro de que Aram diera crédito a sus palabras a juzgar por el modo en que empezó a caminar lentamente alrededor de la sala, con las manos metidas en los bolsillos y mirando de soslayo las lanzas y las picas.

Perrin se alegró de dedicarse a comer cuando Marin le trajo un plato con carne de pato en lonjas, acompañada con nabos, guisantes y pan crujiente. O, mejor dicho, se habría puesto a comer, pero Faile le colocó una servilleta bordada con flores debajo de la barbilla y le quitó de las manos el cuchillo y el tenedor. Por lo visto le parecía divertido darle de comer igual que Bode y Eldrin habían hecho con Aram. Las chicas Cauthon lo miraron y se echaron a reír; también Natti y Marin esbozaban sendas sonrisas. Perrin no le encontraba la gracia, pero aceptó de buen grado que Faile le diera de comer aunque él habría podido hacerlo más fácilmente, ya que tenía que estirar el cuello para coger lo que la joven pinchaba con el tenedor.

El lento deambular de Aram no cesó hasta haber dado tres vueltas completas a la sala; entonces se paró al pie de la escalera y miró fijamente el barril que contenía las espadas de diversos tipos. Alargó la mano y sacó una de las armas, que sostuvo con torpeza. La empuñadura, forrada con cuero, era lo bastante larga para que la agarrara con las dos manos.

—¿Puedo usar ésta? —preguntó.

A Perrin se le atragantó el bocado y casi se ahogó.

Alanna apareció en lo alto de la escalera, con Ila; la Tuatha’an parecía cansada, pero la contusión de la cara había desaparecido.

—… lo mejor es dormir —estaba diciendo la Aes Sedai—. Lo que lo tiene postrado es la conmoción sufrida por su mente, y eso no puedo curarlo.

Los ojos de Ila se posaron en su nieto y en lo que sostenía en las manos, y gritó como si la hoja del arma la hubiera atravesado.

—¡No, Aram! ¡Nooo! —Estuvo a punto de caer en su precipitación por bajar la escalera y arrojarse sobre Aram para intentar arrancarle la espada de las manos—. No, Aram —jadeó, falta de aliento—. No debes hacerlo. Suéltala. Recuerda la Filosofía de la Hoja. ¡No debes! ¡Por favor, Aram, por favor!

El joven gitano se movía a su alrededor, esquivándola torpemente mientras procuraba evitar que le quitara la espada.

—¿Por qué no? —gritó, furioso—. ¡Mataron a mi madre! ¡Los vi! Podría haberla salvado si hubiera tenido una espada. ¡La habría salvado!

Sus palabras fueron como un puñal que atravesara el pecho de Perrin. Un gitano empuñando una espada era algo antinatural que le ponía los pelos de punta, pero aquellas palabras… Su madre.

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