Muero por dentro [Dying Inside - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: Mart
- Переводчик: Carlos Rodriguez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Muero por dentro [Dying Inside - es]». Краткое содержание книги:
Nombrado para el premio Nebula a la mejor novela en 1972.
Nombrado para el premio Hugo a la mejor novela en 1973.
Nombrado para el premio Locus en 1973.
—En tres minutos estoy contigo —dice jadeando, mientras coge el pote de pimienta—. ¿Te está molestando mucho el chico?
Se refiere a mi sobrino. Se llama Paul, en honor a nuestro padre que en paz descanse, pero Judith nunca lo llama así, le dice “el bebé”, “el chico”. Tiene cuatro años, hijo de un divorcio, destinado a ser tan nervioso como su madre.
—No me está molestando en absoluto —le aseguro, y regreso a la sala.
El apartamento es uno de esos viejos y enormes edificios del West Side, espacioso y de techos altos, con una atmósfera de distinción intelectual por el simple hecho de que muchos críticos, poetas, dramaturgos y coreógrafos han vivido en apartamentos parecidos en este mismo barrio. Una gigantesca sala con grandes ventanales que dan a la avenida West End; un comedor normal; una cocina espaciosa; un dormitorio principal; el cuarto del chico; el cuarto de servicios; dos cuartos de baño. Todo para Judith y su cachorro. El alquiler es muy caro, pero Judith se las arregla para pagarlo. Al mes recibe más de mil dólares de su ex marido, y gana un sueldo que no está mal trabajando de revisora y traductora. Además, obtiene los intereses de unas acciones que le eligió astutamente hace unos años un amante de Wall Street; las compró con su parte heredada de los ahorros sorprendentemente cuantiosos de nuestros padres. (Lo que yo heredé sirvió para pagar deudas acumuladas; todo se derritió como la nieve en junio.)
Una mitad del apartamento está amueblada al estilo del Greenwich Village de 1960 y la otra al de la Elegancia Urbana de 1970: negras lámparas de pie, sillas grises de cuerda, estanterías para libros de ladrillo rojo, grabados baratos y botellas de Chianti cubiertas de cera, por un lado; sillones de cuero, cerámicas Hopi, serigrafías psicodélicas, mesitas de café con tablero de vidrio y cactos dentro de macetas enormes, por el otro. Sonatas de clavicordio de Bach tintinean desde el sistema de altavoces de mil dólares. El piso, oscuro como el ébano y brillante como un espejo, reluce entre las espesas y tupidas alfombras. Un montón de libros de tapas rotas están desordenadamente colocados en una pared. Frente a ella hay dos cajones cerrados de madera que contienen botellas de vino. Ésta sí que es una buena vida. Buena y desgraciada.
Sentado a unos seis metros de mí, junto a la ventana, Paul está jugando con un complicado juguete de plástico, no deja de mirarme con aire de desconfianza. Un chico moreno, delgado y tenso como su madre, reservado, frío. No nos queremos: he estado dentro de su cabeza y sé lo que piensa sobre mí. Para él sólo soy uno de los muchos hombres que hay en la vida de su madre; en mí no ve a un verdadero tío que sea totalmente diferente de los innumerables tíos sustitutos que siempre se quedan a dormir. Supongo que piensa que soy simplemente otro de sus amantes, pero que se deja ver con más asiduidad que el resto. Un error totalmente comprensible. Pero mientras siente resentimiento hacia los otros sólo porque compiten con él por el afecto de su madre, a mí me mira con frialdad porque cree que le he causado dolor; me tiene antipatía en consideración a ella. ¡Con qué sagacidad ha percibido la red de hostilidades y tensiones que durante décadas ha delineado y definido mi relación con Judith! Así que soy un enemigo, si pudiera me destriparía.
Bebo un sorbo, escucho a Bach, le sonrío falsamente al chico e inhalo el aroma de la salsa de tallarines. Mi poder está prácticamente inmóvil; trato de no usarlo mucho aquí, pero de cualquier forma hoy su recepción es débil. Al cabo de un rato, Judith sale de la cocina y, cruzando la sala como un relámpago, dice:
—Ven, mientras me visto, hablamos, Duv.
La sigo hasta su dormitorio y me siento sobre la cama; coge su ropa y la lleva al cuarto de baño contiguo, dejando la puerta abierta sólo un par de centímetros. La última vez que la vi desnuda tenía siete años.
—Me alegra que al fin te hayas decidido a venir —me dice.
—A mí también.
—Aunque no tienes muy buen aspecto.
—Sólo estoy un poco hambriento, Jude.
—Eso se arregla en cinco minutos.
Sonido de agua que corre. Dice algo más; el ruido del desagüe ahoga sus palabras. Le echo una mirada perezosa a la habitación. Una camisa blanca de hombre, demasiado grande para Judith, cuelga descuidadamente de la perilla del armario. Sobre la mesita de noche hay dos gruesos volúmenes con aspecto de libros de texto, Neuroendocrinología analítica y Estudios de la psicología de la termorregulación. Lectura impropia de Judith. Quizá le han encargado que los traduzca al francés. Aunque son ejemplares nuevos, uno fue publicado en 1964 y el otro en 1969. Ambos del mismo autor: K. F. Silvestri, doctor en Medicina, doctor en Filosofía.
—No te habrás matriculado en la facultad de medicina, ¿verdad? —le pregunto.
—¿Lo dices por los libros? Son de Karl.
¿Karl? El nombre nuevo. El doctor Karl F. Silvestri. Ligeramente toco su mente y extraigo su imagen: un hombre alto, robusto, de expresión seria, hombros anchos, mentón fuerte con un hoyuelo, de cabellera ondeada y canosa. Diría que de unos cincuenta años. A Judith le gustan los hombres maduros. Mientras le invado la conciencia me cuenta sobre él. Su actual “amigo”, el último “tío” del chico. Es alguien muy importante en el Centro Médico de Columbia, una verdadera autoridad en anatomía humana. Incluyendo la de ella, supongo. Recientemente divorciado tras veinticinco años de matrimonio. Ajá: le gustan los de segunda mano. Se conocieron hace tres semanas a través de un amigo común, un psicoanalista. Tan sólo se han visto cuatro o cinco veces; él siempre está ocupado en reuniones de comité en este o aquel hospital, seminarios, consultas. No hace mucho Judith me dijo que estaba tomándose un descanso respecto a los hombres, que quizá había terminado con ellos para siempre. Evidentemente, no es así. Si está tratando de leer sus libros, debe de ser una relación seria. A mí me dan la impresión de ser absolutamente ininteligibles, llenos de cuadros y tablas estadísticas y difícil terminología en latín.
Sale del cuarto de baño vestida con un elegante traje pantalón color púrpura y con los pendientes de cristal de roca que le regalé cuando cumplió veintinueve años. Siempre que la visito trata de dar algún pequeño toque sentimental que nos una; esta noche son los pendientes. En estos días nuestra amistad se encuentra en un estado de recuperación, mientras caminamos por el jardín en el que está enterrado nuestro viejo odio. Nos abrazamos, es el abrazo entre un hermano y una hermana. Un perfume agradable.
—¡Hola!—dice—. Lamento no haber podido estar por ti cuando llegaste.
—Es culpa mía, me presenté en casa demasiado pronto. De cualquier forma todo fue bien.
Nos dirigimos a la sala. Tiene buen aspecto. Judith es una mujer hermosa, alta y sumamente delgada, de aspecto exótico pelo y tez oscuros, pómulos salientes. El tipo de mujer delgada y sensual. Supongo que se la podría considerar muy erótica, salvo por el hecho de que hay algo cruel en sus finos labios y en sus brillantes ojos castaños, y esa crueldad, que se hace cada vez más intensa en estos años de divorcio y disgustos, desalienta a la gente. Aunque ha tenido amantes por docenas, al por mayor, no ha tenido mucho amor. Tú y yo, hermanita, tú y yo. De tal palo tal astilla.
Mientras le preparo algo de beber, lo de siempre, ella pone la mesa. Pernod con hielo es su bebida. Gracias a Dios, el chico ya ha comido; odio tenerlo en la mesa. Juega con su cosita de plástico y, ocasionalmente, me lanza miradas de rencor. Judith y yo entrechocamos nuestros vasos para brindar, un gesto teatral. Esboza una sonrisa helada.
—Salud —decimos al unísono.
—¿Por qué no te mudas al centro? —me pregunta—. Podríamos vernos más a menudo.
—Aquí todo es más caro. ¿Verdaderamente crees que queremos vernos con más frecuencia?