Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
—Tranquilo, hermano. No hay problema. Todo está controlado.
Pontiero se imaginó la cara que pondrían Dante y Dicanti cuando les contara lo que había descubierto. Se puso de pie y comenzó a bajar por las escaleras.
—Espere, subinspector, espere. Iré a por una vela.
—No se preocupe, hermano. Con la linterna es suficiente —gritó Pontiero.
Las escaleras daban a un corto pasillo de húmedas paredes, y éste a una estancia de unos seis metros cuadrados. Pontiero paseó la linterna en derredor. Parecía que el camino acababa allí. Había dos columnas partidas en el centro de la estancia. Parecían muy antiguas. No supo identificar el estilo, claro que nunca había prestado demasiada atención en la clase de Historia. En lo que quedaba de una de las columnas, sin embargo, vio lo que parecían restos de algo que no debería estar allí. Parecía, era...
Cinta aislante.
Aquello no era un pasadizo secreto, era una cámara de ejecución.
Oh, no.
Pontiero se giró justo a tiempo para evitar que el golpe destinado a partirle el cráneo sólo le diera en el hombro derecho. Cayó al suelo, estremecido de dolor. La linterna había rodado lejos, iluminando la base de una de las columnas. Intuyó un segundo golpe, en arco desde la derecha, que le dio en el brazo izquierdo. Buscó a tientas la pistola en la sobaquera y consiguió sacarla con el brazo izquierdo, a pesar del dolor. La pistola le pesaba como si fuera de plomo. No notaba el otro brazo.
Una barra de hierro. Tiene que tener una barra de hierro o algo así.
Intentó apuntar, pero no tenía a qué. Intentó retroceder hasta la columna, pero un tercer golpe, esta vez en la espalda, lo mandó al suelo. Aferraba aún fuerte el arma, como quien se aferra a su propia vida.
Un pie sobre la mano se la hizo soltar. El pie siguió apretando y apretando. Al crujido de los huesos al romperse le acompañó una voz vagamente conocida, pero con un timbre muy, muy distinto.
—Pontiero, Pontiero. Cómo iba diciéndole, la iglesia anterior estuvo en la línea de fuego de los cañones que defendían el Castel Sant’Angelo. Y esa iglesia a su vez reemplazó a un templo pagano que mandó derribar el Papa Alejandro VI. En la Edad Media se creía que era la tumba del mismísimo Rómulo.
La barra de hierro subió y bajó de nuevo, golpeando en la espalda del subinspector, que estaba aturdido.
—Ah, pero su apasionante historia no termina ahí. Estas dos columnas que ve usted aquí en las que estuvieron atados San Pedro y San Pablo antes de ser martirizados por los romanos. Ustedes los romanos, siempre tan atentos con nuestros santos.
De nuevo la barra de hierro golpeó, esta vez en la pierna izquierda. Pontiero aulló de dolor.
—Podría haberse enterado de todo esto arriba, si no me hubiera interrumpido. Pero no se preocupe, que va usted a conocer muy bien éstas columnas. Las va a usted a conocer muy pero que muy bien.
Pontiero intentó moverse pero descubrió con horror que no podía. Desconocía el alcance de sus heridas, pero no notaba sus extremidades. Sintió como unas manos muy fuertes le movían en la oscuridad y un dolor agudo. Soltó un alarido.
—No le recomiendo que intente gritar. No le oirá nadie. Nadie oyó a los otros dos tampoco. Tomo muchas precauciones, ¿sabe? No me gusta que me interrumpan.
Pontiero notaba su conciencia caer en un pozo negro, como el que se desliza poco a poco en el sueño. Como en un sueño, oía a lo lejos las voces de los jóvenes de la calle, a pocos metros encima de él. Creyó reconocer la canción que entonaban a coro, un recuerdo de su infancia, a un millón de años en el pasado. Era “Yo tengo un amigo que me ama, su nombre es Jesús”.
—De hecho, detesto que me interrumpan —dijo Karoski.
Palazzo del Governatorato
Ciudad del Vaticano
Miércoles, 6 de abril de 2005. 13:31
Paola le mostró a Dante y a Fowler la foto de Robayra. Un primer plano perfecto, en el que el cardenal sonreía con afectación y los ojos le brillaban tras sus gruesas gafas de concha. Dante al principio miró la foto sin comprender.
—Las gafas, Dante. Las gafas que desaparecieron.
Paola buscaba el móvil, marcaba como loca, andaba hacia la puerta, salía a toda prisa del despacho del asombrado Camarlengo.
—¡Las gafas! ¡Las gafas del carmelita! —gritó Paola desde el pasillo.
Y entonces el superintendente comprendió.
—¡Vamos, padre!
Pidió apresuradas disculpas al Camarlengo y salió junto con Fowler en pos de Paola.
La inspectora colgó el móvil con rabia. Pontiero no lo cogía. Debía de tenerlo en silencio. Corrió escaleras abajo, hacia la calle. Tenía que recorrer completa la Via del Governatorato. En aquel momento pasaba un utilitario con la matrícula SCV[21]. Tres monjas iban en su interior. Paola les hizo gestos desesperados para que pararan y se colocó delante del coche. El parachoques se detuvo a escasos centímetros de sus rodillas.
—¡Santa Madonna! ¿Está usted loca, señorita?
La criminalista se acercó a la puerta del conductor, enseñando su placa.
—Por favor, no tengo tiempo para explicaciones. Necesito llegar a la puerta de Santa Ana.
Las religiosas le miraron como si estuviera loca. Paola subió al coche por una de las puertas de atrás.
—Desde aquí es imposible, tendría que atravesar a pie el Cortile del Belvedere —le dijo la que conducía—. Si quiere puedo acercarle hasta la Piazza del Sant’Uffizio, es la salida más rápida de la Città en éstos días. La Guardia Suiza está colocando barreras con motivo del Cónclave.
—Lo que sea, pero por favor, dese prisa.
Cuando la monja estaba ya metiendo primera y arrancando clavó de nuevo el coche al suelo.
—¿Pero es que se ha vuelto loco todo el mundo? —gritó la monja.
Fowler y Dante se habían colocado frente al coche, ambos con las manos en el capó. Cuando la monja frenó se apretujaron en la parte de atrás del utilitario. Las religiosas se santiguaron.
—¡Arranque, hermana, por el amor de Dios! —dijo Paola.
El cochecito no tardó ni veinte segundos en recorrer el medio kilómetro que les separaba de su destino. Parecía que la monja tenía prisa por desembarazarse de su extraña, inoportuna y embarazosa carga. Aún no había frenado el coche en la Plaza del Santo Oficio cuando Paola ya corría hacia la cancela de hierro negro que protegía aquella entrada a la Cittá, con el móvil en la mano. Marcó deprisa el número de la jefatura y contestó la operadora.
—Inspectora Paola Dicanti, código de seguridad 13897. Agente en peligro, repito, agente en peligro. El subinspector Pontiero se encuentra en la Via Della Conciliazione, 14. Iglesia de Santa María in Traspontina. Repito: Via Della Conciliazione, 14. Iglesia de Santa María in Traspontina. Envíen tantas unidades como puedan. Posible sospechoso de asesinato en el interior. Procedan con extrema precaución.
Paola corría, con la chaqueta al viento dejando entrever la pistolera y gritando como una posesa por el móvil. Los dos guardias suizos que custodiaban la entrada se asombraron e hicieron ademán de detenerla. Paola intentó evitarles haciendo un quiebro de cintura, pero uno de ellos finalmente le agarró por la chaqueta. La joven echó hacia atrás los brazos. El teléfono cayó al suelo y la chaqueta quedó en manos del guardia. Este iba a salir en su persecución cuando llegó Dante, a toda velocidad. Llevaba en alto su identificación del Corpo de Vigilanza.
—¡Déjala! ¡Es de los nuestros!
Fowler les seguía, aferrado a su maletín. Paola decidió seguir el camino más corto. Atravesaría la Plaza de San Pedro, ya que allí las aglomeraciones eran más pequeñas: la policía había formado una única cola muy estrecha en contraste con el terrible apelotonamiento de las calles que conducían a ella. Mientras corría, la inspectora exhibía la placa en alto para evitar problemas con sus propios compañeros. Tras atravesar la explanada y la columnata de Bernini sin demasiados problemas llegaron a la Via dei Corridori sin aliento. Allí la masa de peregrinos era amenazadoramente compacta. Paola pegó el brazo izquierdo al cuerpo para camuflar en lo posible su pistolera, se arrimó a los edificios e intentó avanzar lo más deprisa posible. El superintendente se colocó delante de ella y sirvió como improvisado pero efectivo ariete, todo codos y antebrazos. Fowler cerraba la formación.
[21] Stato Cittá del Vaticano.