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Espí­a de Dios

Электронная книга - «Espí­a de Dios». Краткое содержание книги:

Roma, 2 de abril de 2005. El Papa Juan Pablo II acaba de morir y la plaza de San Pedro se llena de fieles dispuestos a darle el último adiós. Al mismo tiempo, se inician los preparativos para el cónclave del que ha de salir el nombre del nuevo Sumo Pontifice. Pero justo entonces los dos cardenales mejor situados del ala liberal de la Iglesia, Enrico Portini y Emilio Robayra, aparecen asesinados siguiendo un mismo y macabro ritual que incluye la mutilación de miembros y mensajes escritos con simbología religiosa. Un asesino en serie anda suelto por las calles de Roma, y la encargada de perseguirlo será la inspectora y psiquiatra criminalista Paola Dicanti. Durante la investigación, la joven detective se adentrará en los más oscuros secretos del Vaticano, aquellos que hablan de conspiraciones nada decorosas y de la existencia de un centro donde se rehabilita a sacerdotes católicos con historial de abusos sexuales. A la cruel astucia del psicópata se unen las trabas que los servicios de seguridad del Vaticano ponen a la investigación: oficialmente las muertes de los cardenales no están ocurriendo y el cónclave debe celebrarse con normalidad. La aparición del padre Fowler, un ex militar norteamericano, supondrá un nuevo desafío para Dicanti, reacia a confiar en el misterioso sacerdote. Pero Fowler conoce el nombre del asesino y guarda un secreto aún más temible: su propio pasado.
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—Al menos sabemos de quién descendemos.

Los dos se quedaron mirándose de hito en hito. Paola les interrumpió.

—Si han acabado ya los comentarios xenófobos, podemos seguir.

Fowler carraspeó antes de continuar.

—Como les decía, “Vexilla regis prodeunt inferni” es una cita de La divina Comedia. De cuando Dante y Virgilio van a entrar en el infierno. Se trata de una paráfrasis de una oración litúrgica cristiana, solo que dedicada al demonio en vez de a Dios. Muchos quisieron ver herejía en ésta frase, pero en realidad lo único que hacía Dante era pretender asustar a sus lectores.

—¿Eso quiere? ¿Asustarnos?

—Nos avisa de que el infierno está cerca. No creo que la interpretación de Karoski vaya más allá. No es un hombre tan culto, aunque le guste aparentarlo. ¿No había más mensajes?

—No en el cuerpo —respondió Paola—. Supo que veníamos y se asustó. Y lo supo por mi culpa, porque yo llamé insistentemente al móvil de Pontiero.

—¿Hemos podido localizar el móvil? —preguntó Dante.

—Han llamado a la compañía telefónica. El sistema de localización por celdas indica que el teléfono está apagado o fuera de cobertura. El último poste al que enganchó la cobertura está encima del Hotel Atlante, a menos de trescientos metros de aquí —respondió Dicanti.

—Es justo donde yo me hospedo —indicó Fowler.

—Vaya, yo le imaginaba en una pensión para sacerdotes. Ya sabe, algo más humilde.

Fowler no se dio por aludido.

—Amigo Dante, a mi edad se aprende a disfrutar de las cosas de la vida. Sobre todo cuando las paga el Tío Sam. Ya he estado en suficientes lugares de mala muerte.

—Me consta, padre. Me consta.

—¿Se puede saber qué está insinuando?

—No insinúo nada. Simplemente estoy convencido de que usted ha dormido en peores sitios por causa de su... ministerio.

Dante estaba mucho más hostil que de costumbre, y parecía que el motivo de su hostilidad era el padre Fowler. La criminalista no comprendía el motivo, pero se dio cuenta de que era algo que tendrían que ellos dos tendrían que resolver solos, cara a cara.

—Basta ya. Salgamos para que nos de a todos el aire.

Ambos siguieron a Dicanti de vuelta a la Iglesia. La ispettora indicó a los enfermeros que ya podían retirar el cuerpo de Pontiero. Uno de los técnicos de la UACV se acercó hasta ella y le comentó algunos de los hallazgos que habían realizado. Paola asintió con la cabeza. Y se volvió hacia Fowler.

—¿Podemos centrarnos un poco, padre?

—Por supuesto, dottora.

—¿Dante?

—Faltaría más.

—De acuerdo, entonces esto es lo que hemos averiguado: En la rectoría había un equipo de maquillaje profesional y unas cenizas sobre una mesa, que creemos correspondían a un pasaporte. Lo quemó con una buena cantidad de alcohol, así que no ha quedado gran cosa. Los de la UACV se han llevado las cenizas, a ver si sacan algo en claro. Las únicas huellas que han encontrado en la rectoría no son de Karoski, así que habrá que buscar a su dueño. Dante, usted tiene trabajo para ésta tarde. Averigüe quién era el padre Francesco y desde cuando lleva aquí. Busque entre los feligreses habituales de la iglesia.

—De acuerdo, ispettora. Haré una inmersión en la tercera edad.

—Déjese de bromas. Karoski nos la ha jugado, pero estará nervioso. Ha corrido a esconderse, y durante un cierto tiempo no sabremos nada de él. Si en las próximas horas conseguimos averiguar dónde ha estado, tal vez consigamos averiguar dónde estará.

Paola cruzaba los dedos en secreto en el bolsillo de la chaqueta, intentando creerse ella misma lo que estaba diciendo. Los demás pusieron cara de palo, y también fingieron que aquella posibilidad era algo más que un sueño remoto.

Dante volvió al cabo de dos horas. Les acompañaba una señora de mediana edad, quien le repitió a Dicanti su historia. Cuando murió el párroco anterior, el hermano Darío, apareció el hermano Francesco. Fue hace unos tres años. Desde aquel día la señora había estado ayudando a limpiar la iglesia y la rectoría. Según la señora el hermano Toma era un ejemplo de humildad y fe cristiana. Había llevado la parroquia con firmeza, y nadie tenía nada que objetar acerca de él.

En conjunto fue una declaración bastante frustrante, pero por lo menos tenían un dato claro. El hermano Basano había fallecido en noviembre de 2001, lo cual situaba al menos la entrada en el país de Karoski.

—Dante, hágame un favor. Averigüe qué saben los Carmelitas de Francesco Toma —pidió Dicanti.

—Haré unas llamadas. Pero sospecho que obtendremos bien poco.

Dante salió por la puerta principal, en dirección a su despacho en la Vigilanza Vaticana. Fowler se despidió de la inspectora.

—Iré al hotel a cambiarme y la veré después.

—Estaré en la morgue.

—No tiene porqué hacerlo, ispettora.

—Si que tengo.

Hubo un incómodo silencio entre ambos, subrayado por una canción religiosa que algún peregrino comenzó a cantar y que corearon varios cientos. El sol se ocultaba tras las colinas y Roma se iba sumiendo en la oscuridad, aunque en sus calles el movimiento era incesante.

—Seguramente uno de estos cánticos fue lo último que escuchó el subinspector.

Paola siguió callada. Fowler había visto demasiadas veces el proceso que la criminalista estaba atravesando en ése momento, el proceso posterior a la muerte de un compañero. Al principio, euforia y deseo de venganza. Poco a poco se deslizaría en el agotamiento y la tristeza a medida que asumía lo ocurrido y el shock pasaba factura a su cuerpo. Y finalmente quedaría un sordo sentimiento, mezcla de ira, culpa y rencor, que solo finalizaría cuando Karoski estuviera entre rejas o muerto. Y tal vez ni siquiera entonces.

El sacerdote fue a poner una mano en el hombro de Dicanti, pero se contuvo en el último instante. A pesar de que la inspectora no lo vio, ya que estaba de espaldas, algo debió intuir. Se giró y miró a Fowler con preocupación.

—Tenga mucho cuidado, padre. Ahora él sabe que usted está aquí, y eso podría cambiarlo todo. Además, aún no estamos muy seguros de qué aspecto tiene. Ha probado ser muy hábil a la hora de camuflarse.

—¿Tanto habrá cambiado en cinco años?

—Padre, yo he visto la foto que usted me mostró de Karoski y he visto al hermano Francesco. No tenían absolutamente nada que ver.

—La iglesia estaba muy oscura y usted no prestó mucha atención a un viejo carmelita.

—Padre, créame. Soy una buena fisonomista. Puede que llevara postizos y una barba que le tapaba la mitad de la cara, pero parecía un auténtico anciano. Sabe esconderse muy bien, y ahora podría ser otra persona.

—Bueno, yo le he mirado a los ojos, dottora. Si se cruza en mi camino sabré quién es. Y no le valdrán sus subterfugios.

—No solo cuenta con subterfugios, padre. Ahora también tiene una 9mm y treinta balas. Faltaban el arma de Pontiero y su cargador de recambio.

Morgue Municipal

Jueves, 7 de abril de 2005. 01:32

Había asistido con gesto pétreo a la autopsia. Desaparecida la adrenalina de los primeros momentos, comenzó a sentirse cada vez más deprimida. Ver cómo el bisturí del forense diseccionaba a su compañero fue una empresa casi superior a sus fuerzas, pero lo consiguió. El forense enunció que Pontiero había sido golpeado cuarenta y tres veces con un objeto romo, probablemente el candelabro ensangrentado que habían encontrado después en la escena del crimen. Sobre qué había causado los cortes de su cuerpo, incluyendo el tajo de la garganta, se reservó hasta que los del laboratorio aportaran moldes de las incisiones.

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