Espía de Dios
- Автор: Gomez-Jurado Juan
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Espía de Dios». Краткое содержание книги:
Sr. FANABARZRA: ¿Cuál fue el castigo, Viktor?
#3643: Dolor. Me dolió. Y a él le gustaba, lo se. Me decía que a él también le dolía pero era mentira. Lo decía en polaco. No sabía mentir en inglés, se trabucaba. Siempre hablaba en polaco cuando me castigaba.
Sr. FANABARZRA: ¿Te tocaba?
#3643: Me daba en el trasero. No me dejaba darme la vuelta. Y me metía algo dentro. Algo caliente que dolía.
Sr. FANABARZRA: ¿Eran frecuentes esos castigos?
#3643: Todos los martes. Cuando mamá no estaba. A veces, cuando terminaba, se quedaba dormido encima de mí. Como si estuviera muerto. A veces no podía castigarme y me pegaba.
Sr. FANABARZRA: ¿Cómo te pegaba?
#3643: Me daba con la mano hasta que se cansaba. A veces después de pegarme podía castigarme y otras no.
Sr. FANABARZRA: ¿Y a tus hermanos, Viktor? ¿Tu padre les castigaba?
#3643: Creo que castigó a Beria. A Emil nunca, Emil era bueno, por eso se murió.
Sr. FANABARZRA: ¿Sólo se mueren los buenos, Viktor?
#3643: Sólo los buenos. Los malos nunca.
Palazzo del Governatorato
Ciudad del Vaticano
Miércoles, 6 de abril de 2005. 10:34
Paola esperaba a Dante desgastando la moqueta del pasillo con paseos cortos y nerviosos. El día había empezado mal. Apenas había descansado por la noche, y al llegar a la oficina se encontró con un montón de insufrible papeleo y compromisos. El responsable italiano de Protección Civil, Guido Bertolano, se manifestaba muy preocupado por el creciente número de peregrinos que comenzaban a desbordar la ciudad. Ya habían llenado por completo polideportivos, colegios y toda clase de instituciones municipales con un techo y mucho sitio. Ahora dormían en las calles, los portales, las plazas, los cajeros automáticos. Dicanti le había contactado para solicitarle ayuda en la busca y captura de un sospechoso, y Bertolano prácticamente se rió en su oreja.
—Querida ispettora, aunque ese sospechoso fuera el mismísimo Osama, poco podríamos hacer. Seguro que puede esperar a que termine todo éste barullo.
—No se si es usted consciente de que...
—Ispettora... Dicanti ha dicho que se llamaba usted, ¿verdad? En Fiumicino está aparcado el Air Force One[17]. No hay un hotel de cinco estrellas que no tenga una testa coronada ocupando la suite presidencial. ¿Se da cuenta de la pesadilla que supone proteger a esta gente? Hay indicios de posibles atentados terroristas y falsas amenazas de bomba cada quince minutos. Estoy convocando a los carabinieri de los pueblos doscientos kilómetros a la redonda. Créame, lo suyo puede esperar. Y ahora deje de bloquear mi línea, por favor —dijo colgando bruscamente.
¡Maldita sea! ¿Por qué nadie la tomaba en serio? Aquel caso era un auténtico quebradero de cabeza, y el mutismo por decreto sobre la naturaleza del caso sólo contribuía a que cualquier pretensión por su parte se topara con indiferencia por la de los demás. Se pasó al teléfono un buen rato, pero consiguió poca cosa. Entre llamada y llamada le pidió a Pontiero que se acercara a hablar con el viejo carmelita de Santa María in Traspontina, mientras ella iba a hablar con el cardenal Samalo. Y allí estaba, a las puertas del despacho del Camarlengo, dando vueltas como un tigre atiborrado de café de saldo.
El padre Fowler, cómodamente sentado en un lujoso banco de madera de palisandro, leía su breviario.
—Es en momentos como éste cuando lamento haber dejado de fumar, dottora.
—¿También está nervioso, padre?
—No. Pero usted está esforzándose mucho por conseguirlo.
Paola captó la indirecta del sacerdote y dejó de dar vueltas en círculos. Se sentó junto a él. Fingió leer el informe de Dante acerca del primer crimen, mientras pensaba en la extraña mirada que el superintendente vaticano había lanzado al padre Fowler cuando les presentó en la sede de la UACV por la mañana. Dante había llevado aparte a Paola y le había lanzado un escueto “no se fíe de él”. La inspectora se había quedado inquieta e intrigada. Decidió que en la primera ocasión que tuviera le pediría explicaciones a Dante por aquella frase.
Volvió su atención al informe. Era una pifia absoluta. Era evidente que Dante no realizaba estas tareas asiduamente, lo que por otro lado era una suerte para él. Tendrían que revisar concienzudamente la escena donde murió el cardenal Portini con la esperanza de encontrar algo más. Lo harían esa misma tarde. Al menos las fotos no eran malas del todo. Cerró la carpeta de golpe. No podía concentrarse.
Le costaba reconocer que estaba atemorizada. Estaba en el mismísimo corazón del Vaticano, un edificio aislado del resto en el centro de la Città. Aquella construcción contenía más de 1500 despachos, entre ellos el del Sumo Pontífice. A Paola, la mera profusión de estatuas y cuadros que poblaban los pasillos le turbaba y le distraía. Un resultado buscado por los estadistas del Vaticano a lo largo de siglos, que sabían cuál era el efecto que producía su Ciudad en los visitantes. Pero Paola no podía permitirse distracción alguna en su trabajo.
—Padre Fowler.
—¿Sí?
—¿Puedo hacerle una pregunta?
—Por supuesto.
—Es la primera vez que veo a un cardenal.
—Eso no es verdad.
Paola se quedó pensativa un momento.
—Quiero decir vivo.
—Y ¿cuál es su pregunta?
—¿Cómo se dirige una a un cardenal?
—Normalmente con el término eminencia —Fowler cerró su breviario y la miró a los ojos— Tranquila, dottora. Sólo es una persona, como usted y como yo. Y usted es la inspectora al mando de la investigación, y una gran profesional. Actúe con normalidad.
Dicanti sonrió agradecida. Finalmente Dante abrió la puerta del antedespacho.
—Pasen por aquí, por favor.
En el antedespacho había dos escritorios, con dos sacerdotes jóvenes pegados al teléfono y al correo electrónico. Ambos saludaron con una educada inclinación de cabeza a los visitantes, que pasaron sin más ceremonia al despacho del Camarlengo. Era una estancia sobria, sin cuadros ni alfombras, con una librería a un lado y un sofá con unas mesas al otro. Un crucifijo de palo era la única decoración de las paredes.
En contraste con el vacío de los muros, el escritorio de Eduardo González Samalo, el hombre que llevaría las riendas de la Iglesia hasta la elección de un nuevo Sumo Pontífice, estaba atestado de papeles. Samalo, vestido con la sotana púrpura, se levantó de detrás del sofá y salió a recibirles. Fowler se agachó y le besó el anillo cardenalicio en señal de respeto y obediencia, como hacen todos los católicos al saludar a un cardenal. Paola permanecio detrás, discretamente. Hizo una ligera —y algo avergonzada— inclinación de cabeza. Ella no se consideraba católica desde hacía años.
Samalo se tomo el desplante de la inspectora con naturalidad, pero con el cansancio y el pesar claramente visibles sobre su rostro y sus espaldas. Era la máxima autoridad en el Vaticano durante unos días, pero evidentemente no lo estaba disfrutando.
—Perdonen que les haya hecho esperar. En éstos momentos tenía al teléfono a un delegado de la comisión alemana bastante nervioso. Faltan plazas hoteleras por todas partes, la ciudad es un auténtico caos. Y todo el mundo quiere estar en la primera fila en el funeral de pasado mañana.
Paola asintió, educadamente.
—Me imagino que todo éste follón tiene que ser tremendamente engorroso.
[17] El nombre del avión del presidente de los Estados Unidos.