Asesinato en Bardsley Mews
- Автор: Кристи Агата
- Серия: Hércules Poirot #18
- Год: 1937
- Язык: испанский
- Год: Editorial Molino
- ISBN: 8427201303
- Жанр: Классические детективы
Электронная книга - «Asesinato en Bardsley Mews». Краткое содержание книги:
—¿De modo que ignoraba que yo iba a venir, mademoiselle?
—No tenía la menor idea. Y puesto que está aquí, esperaré para ir a buscar mi libro de autógrafos hasta después de cenar.
Las notas de un batintín sonaron en el vestíbulo, y acto seguido el mayordomo, abriendo la puerta, anunció:
—La cena está servida.
Y entonces, casi antes de pronunciarse la última palabra, «servida», ocurrió algo muy curioso. Aquella figura impecable se transformó en un ser humano altamente asombrado...
La metamorfosis fue tan rápida, y el mayordomo recobró tan pronto su máscara de criado, que nadie hubiera notado el cambio de no haberle estado mirando en aquel preciso momento. Poirot, sin embargo, sí le miraba por casualidad y quedó muy extrañado.
El mayordomo vacilaba en la puerta. A pesar de que su rostro volvía a estar correctamente inexpresivo, en su figura advertíase cierta tensión.
Lady Chevenix-Gore dijo, insegura:
—¡Oh, Dios mío! Esto es extraordinario. La verdad yo... una no sabe qué hacer.
Ruth explicó a Poirot:
—Esta consternación singular, señor Poirot, ha sido ocasionada por el hecho de que mi padre, por primera vez en lo menos veinte años, se retrasa para la cena.
—Es extraordinario... —plañía lady Chevenix-Gore—. Gervasio nunca...
Un hombre de edad se acercó a ella riendo.
—¡El bueno de Gervasio! ¡Al fin llega tarde! Palabra que hemos de regañarle. No habrá querido ponerse cuello duro, ¿no le parece? ¿O es que Gervasio está inmunizado y carece de nuestras debilidades humanas?
Lady Chevenix-Gore dijo en voz baja y extrañada:
—Pero Gervasio nunca llega tarde.
Casi resultaba cómica la consternación causada por este simple contratiempo. Y no obstante, a Hércules Poirot no se lo parecía... Tras la consternación, él supo percibir la inquietud, y aun tal vez aprensión. A él también le resultaba extraño que Gervasio Chevenix-Gore no apareciese a saludar al invitado a quien mandó venir de modo tan acuciante.
Entretanto, nadie sabía qué hacer. Al surgir aquella situación sin precedentes, nadie supo cómo resolverla.
Al fin lady Chevenix-Gore tomó la iniciativa, si es que así puede decirse, ya que sus maneras eran extremadamente vagas.
—Snell —dijo— ¿está el señor...?
No terminó la frase, limitándose a mirar al mayordomo en espera de una respuesta.
Snell, que evidentemente estaba acostumbrado al modo de interrogar de su señora, replicó prontamente a la incompleta pregunta.
—Sir Gervasio bajó a las ocho menos cinco, milady, y fue directamente a su despacho.
—¡Oh! ¡Ya...! —Permaneció con la boca abierta y la mirada perdida—. ¿No cree... quiero decir... habrá oído el batintín?
—Creo que sí, milady, ya que fue tocado precisamente delante de la puerta del despacho. Claro que no sabía si sir Gervasio estaba aún en el despacho; de otro modo le hubiera anunciado que la cena estaba servida. ¿Quiere que lo haga ahora, milady?
Lady Chevenix-Gore aceptó la proposición con alivio manifiesto.
—¡Oh! Gracias, Snell. Sí, haga el favor. Sí, desde luego.
Y agregó, mientras el mayordomo abandonaba la estancia:
—Snell es un tesoro. Puedo confiar plenamente en él. La verdad es que no sé lo que haría sin Snell.
Alguien musitó una frase de asentimiento, los demás guardaron silencio. Hércules Poirot, observando con redoblada atención aquella habitación llena de personas, comprendió que todos eran presa de una gran tensión nerviosa. Sus ojos los fueron recorriendo uno por uno: Dos caballeros de edad, el de aspecto militar que acababa de hablar y el otro delgado, el de cabellos grises, que tenía los labios fruncidos. Dos hombres jóvenes... de tipo muy distinto. Uno con bigote y aire de modesta arrogancia, que supuso sería sobrino de sir Gervasio. Al otro, de cabellos lisos peinados hacia atrás, y con evidente atractivo, lo clasificó como perteneciente a una clase social inferior. Había una mujer menuda, de mediana edad, que usaba lentes de pinza, una joven de cabellos color de fuego.
Snell apareció de nuevo en la puerta. Su compostura era perfecta, pero también ahora bajo el perfecto mayordomo aparecía el ser humano inquieto.
—Perdone, milady; la puerta del despacho está cerrada.
—¿Cerrada?
Fue una voz de hombre joven... alerta... con un ligero timbre de excitación la que pronunció aquella palabra, y pertenecía al muchacho de cabellos lisos peinados hacia atrás. Apresuradamente agregó:
—¿Quiere que vaya a ver?
Pero fue Poirot quien se hizo cargo de la situación con tal naturalidad que nadie consideró extraño que una persona desconocida que acababa de llegar tomara el mando de pronto.
—Vamos —dijo—. Iremos al despacho.
Y añadió, dirigiéndose a Snelclass="underline"
—Haga el favor de indicarme el camino.
Snell obedeció. Poirot le siguió de cerca, y todos los demás fueron en grupo tras él como un rebaño de corderos.
El mayordomo atravesó el amplio recibidor, pasó bajo el gran arco de la escalera, ante un enorme reloj y un pequeño recodo donde había un batintín, y enfiló un estrecho pasillo que terminaba ante una puerta.
Una vez allí, Poirot se adelantó a Snell para tratar de abrir aquella puerta. Hizo girar el pomo inútilmente, y llamó con los nudillos. Repitió la llamada con más fuerza. Al fin, desistiendo, se puso de rodillas y aplicó el ojo al de la cerradura.
Muy despacio volvió a ponerse en pie y miró a su alrededor con rostro grave.
—¡Caballeros! —les dijo—. ¡Esta puerta tiene que ser echada abajo inmediatamente!
Bajo su dirección, los dos jóvenes, que eran altos y de constitución robusta, arremetieron contra la puerta. No fue cosa fácil. Las puertas de Hamborough Close estaban sólidamente construidas.
No obstante, al fin saltó la cerradura y la puerta abrióse hacia dentro con un crujido.
Y entonces, por espacio de un minuto, todos permanecieron inmóviles contemplando la escena. Las luces estaban encendidas. Junto a la pared izquierda había una mesa escritorio de caoba maciza, y sentado, no tras de la mesa, sino al lado, de modo que les daba la espalda, hallábase un hombre derrumbado en una butaca. Su cabeza y la parte superior de su cuerpo estaban inclinadas sobre el lado derecho de la butaca, y su brazo derecho pendía a lo largo de su cuerpo, y bajo la mano, sobre la alfombra, veíase una pistola pequeña y reluciente...
No era necesario hacer preguntas. El cuadro hablaba por sí mismo. Sir Gervasio Chevenix-Gore se había suicidado de un balazo.
Capítulo III
Durante unos instantes el grupo de la puerta permaneció contemplando la escena sin hacer el menor movimiento. Al fin Poirot se adelantó.
En aquel mismo momento, Hugo Trent dijo en tono crispado:
—¡Dios santo, el Viejo se ha pegado un tiro!
Se oyó un largo gemido y lady Chevenix-Gore exclamó:
—¡Oh, Gervasio..., Gervasio!
Poirot dijo por encima de su hombro:
—Llévense a lady Chevenix-Gore. Ella no tiene nada que hacer aquí.
El anciano de aspecto militar intervino:
—Vamos, Vanda. Vamos, querida. Tú no puedes hacer nada. Todo ha terminado. Ruth, ven y cuida de tu madre.
Pero Ruth Chevenix-Gore había penetrado en la habitación y permaneció junto a Poirot mientras éste se inclinaba sobre la figura caída en la butaca... la figura hercúlea de un hombre con barba de vikingo. Y preguntó con voz tensa, apagada:
—¿Está seguro de que ha... muerto?
Poirot alzó los ojos.
El rostro de la muchacha reflejaba una emoción contenida y disimulada... que no acababa de comprender. No era pesar... sino más bien una mezcla de temor y excitación.
La mujer de los lentes de pinza murmuró:
—Su madre, querida..., ¿no cree...?
Con voz alta e histérica la muchacha de los cabellos rojos exclamó: