Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Историческая проза » Favoritos De La Fortuna
Favoritos De La Fortuna - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
1 ... 218 219 220 221 222 223 224 225 226 ... 273
Перейти на страницу:

– En definitiva, no parece que se hayan ahogado muchos -dijo César a Craso, observando los acontecimientos desde el monte Sila.

– Probablemente, Espartaco lo habrá lamentado -comentó Craso en tono displicente-. Habrían sido menos bocas a alimentar.

– Yo creo que Espartaco quiere a sus gentes a la manera de un rey que se ha nombrado a sí mismo quiere a su pueblo -dijo César.

– Que se ha nombrado a sí mismo.

– A los reyes de nacimiento les importa poco su pueblo -añadió César, que había conocido uno de ellos, señalando la febril actividad allá abajo-. ¡YO te aseguro, Marco Craso, que ese hombre siente afecto hasta por el más ingrato de su horda! Si no fuera así, los habría abandonado a su suerte hace un año. Siento curiosidad por saber cómo es.

– Mandé que hicieran averiguaciones a partir de lo que informó Cayo Casio -dijo Craso, disponiéndose a descender de la atalaya-. Vamos, César; ya hemos visto lo suficiente. ¡Afecto…! Si es cierto, es que está loco.

– Ah, desde luego -dijo César, siguiéndole-. ¿Qué has averiguado?

– Casi todo menos su verdadero nombre. Tal vez nunca se sepa. Algún archivero idiota, pensando que en el Tabularium de Sila se guardarían también los archivos militares, no los puso a buen recaudo de las goteras y son indescifrables. Y Cosconio no recuerda nombres. En este momento estoy haciendo pesquisas entre sus tribunos.

– ¡Que tengas suerte! Tampoco recordarán nombres.

Craso lanzó un gruñido, que tal vez fuese una seca carcajada.

– ¿No sabes esa historia que corre por Roma de que es tracio?

– Todo el mundo sabe que es tracio. Tracio o galo, son las dos variedades -replicó César con una carcajada sonora-. De todos modos, tengo entendido que esa historia la difunden agentes del Senado.

Craso se detuvo, volvió a mirar a César de hito en hito, sorprendido.

– ¡Ah, qué listo eres!

– Soy listo; es cierto.

– Bueno, ¿y no te parece acertado?

– Desde luego que sí -contestó César-. Ya hemos tenido bastantes renegados últimamente y sería una tontería añadir uno más a la lista que incluye luminarias militares como Cayo Mario, Lucio Cornelio Sila y Quinto Sertorio, ¿no crees? Mucho mejor que sea tracio.

Craso respondió con un verdadero gruñido.

– ¡Me encantaría echarle la vista encima!

– Tal vez le veas cuando le demos batalla. Monta un vistoso caballo gris moteado enjaezado con cuero rojo remachado con tachuelas y medallones, que era de Varinio. Además, Varinio y Gelio le vieron de cerca y sabemos cómo es físicamente. Es un hombre fuerte, alto y rubio que llama la atención.

Durante un mes se entabló un porfiado duelo entre los rebeldes y los romanos. Espartaco tratando de abrir brecha en las fortificaciones de Craso y éste rechazándole. Los romanos supieron que en el campamento de los rebeldes tenían que escasear los alimentos cuando todas las tropas de Espartaco -César había calculado un total de setenta mil soldados- atacaron en masa a lo largo de los trece kilómetros de fortificaciones, tratando de dar con un punto débil, y creyeron haberlo encontrado en el centro de la barrera en donde el foso se había deshecho por efecto de un aguacero. Por allí lanzó Espartaco sin denuedo a sus hombres, pero resultó una trampa en la que perecieron doce mil. Los demás se retiraron.

Después de aquello, el tracio que no era tracio torturó a algunos prisioneros que conservaba de las legiones de los cónsules, esparciendo a sus hombres con tenazas y pinchos al rojo vivo por lugares desde los que pensaba llegarían al máximo de soldados romanos los gritos de las atrocidades que sufrían sus compañeros. Pero el horror de la diezma que había llevado a cabo Craso les impresionaba aún más que la compasión por aquellos pobres rajados y quemados, y soportaron la prueba tratando de no mirar y tapándose los oídos con lana. Desesperado, Espartaco sacó a su más prestigioso prisionero, el centurión primus pilus de la segunda legión de Gelio y le crucificó con clavos por muñecas y tobillos sin quebrarle las piernas para que tardara más en morir. Craso ordenó que los mejores arqueros acabaran con el centurión con una lluvia de flechas lanzadas desde lo alto de la barrera.

Al llegar marzo, Espartaco envió a su mujer Aluso a demandar condiciones de rendición. Craso la recibió en el puesto de mando en presencia de sus legados y los tribunos de los soldados.

– ¿Por qué no ha venido Espartaco en persona? -inquirió.

Ella le dirigió una sonrisa despreciativa.

– Porque sin mi esposo, sus seguidores se dispersarían -contestó ella-. Y no se fía de ti ni en una tregua, Marco Craso.

– Ya veo que ahora es más listo que cuando dejó que los piratas le estafasen dos mil talentos.

Pero Aluso no era de las que picara en el anzuelo, y no contestó ni con la mirada. César pensó que su aspecto estaba deliberadamente pensado para impresionar a un comité de recepción civilizado, pues parecía el arquetipo de la barbarie. Su rubísimo pelo le caía alborotado sobre hombros y espalda, llevaba una especie de túnica negruzca de fieltro de mangas largas y debajo pantalones ajustados; y encima de la tela, en brazos y tobillos, brillantes cadenas de oro y pulseras; aparte de que de sus lóbulos pendía aún más oro y tenía cargados de anillos los dedos tintados con alheña. Rodeaban su cuello varias ristras de cráneos de pájaro y del cinturón de oro macizo pendían siniestros trofeos: una mano cortada, que aún conservaba varias uñas y trozos de piel, el cráneo de un niño y la columna vertebral con rabo de un perro o un gato. Completaba su atavío una piel de lobo, con las garras sobre el pecho y con la cabeza del animal -enseñando los dientes y con piedras preciosas a guisa de ojos- a modo de tocado.

Pese a toda aquella parafernalia, no dejaba de resultar atractiva para los silenciosos militares que la contemplaban, aunque ninguno la habría calificado de hermosa, pues su rostro, con aquellos ojos brillantes de loca, resultaba muy extraño.

No obstante, en Craso no logró causar la impresión buscada. Craso estaba a salvo de cualquier impresión que no fuese la del dinero. Así pues, la miró con sus apacibles ojos del mismo modo que lo habría hecho con cualquiera.

– Habla, mujer -dijo.

– He venido a pedirte condiciones para la rendición, Marco Craso. No nos quedan alimentos y las mujeres y niños se mueren de hambre para que los soldados tengan qué comer. Mi esposo no puede ver sufrir a esos desventurados y prefiere entregarse con su ejército. Dime tus condiciones y yo se las transmitiré. Y mañana volveré con la respuesta.

El general volvió la espalda y contestó por encima del hombro en un griego más puro:

– Di a tu esposo que no acepto rendición bajo condiciones. No hay rendición que valga. Él inició esto y ha de sufrir las consecuencias.

Ella contuvo un grito, ante lo inesperado de la respuesta.

– ¡No puedo decirle eso! ¡ Debes aceptar la rendición!

– No -replicó Craso, sin dejar de darle la espalda y haciendo un brusco ademán-. Llévatela, Marco Munio, y acompáñala a través de nuestras lineas.

Transcurrió un buen rato hasta que César pudo hallarse con Craso a solas, pese a que ardía en deseos de comentar con él la entrevista.

– Magistral como la has tratado -dijo-. Ella estaba segura de que iba a impresionarte.

– ¡Estúpida! Según mis informes, es la sacerdotisa de los bessi, aunque para mi que es su bruja. La mayoría de los romanos son supersticiosos -ya he advertido que tú también, César- pero yo no. Yo creo en lo que veo, y lo que he visto ha sido una mujer de escasa inteligencia que se ha ataviado según su concepto de una gorgona -dijo con una carcajada-. Recuerdo que me contaron que, siendo joven, Sila acudió a una fiesta disfrazado de Medusa, con una peluca de serpientes vivas, y sembró el pánico entre los asistentes. Pero tú sabes, igual que yo, que no fueron las serpientes las que causaron el pánico, sino el propio Sila. Si ella hubiese tenido esa cualidad, si que me habría atemorizado.

1 ... 218 219 220 221 222 223 224 225 226 ... 273
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)